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2021: Año 1 Post-Brexit

Muchos han caído en el error de subestimar a Boris Johnson, creyendo que su excéntrica personalidad es sinónimo de incompetencia política. Aquellos que al día de hoy siguen subestimando al Primer Ministro lo hacen a su propio riesgo.

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Es 29 de marzo del 2019 y el House Of Commons del parlamento británico vota por tercera vez por el acuerdo de divorcio negociado y renegociado entre Theresa May y la UE. Europa ha sido el dolor de cabeza de la dirigente conservadora desde que tomó las llaves de 10 Downing Street hace tres años, luego del referendo europeo y la posterior renuncia de David Cameron. 

May ha dedicado todos sus esfuerzos en resolver el complicado problema del Brexit, un tema que ha dividido a los Tories por décadas y que hasta causó la caída de Thatcher. Sin embargo, sus esfuerzos han sido en vano. En nombre de resolver el nudo gordiano europeo, May perdió la mayoría parlamentaria de su partido en el 2017, negoció un acuerdo rechazado por el pleno de la oposición, la mitad de su partido y sus vitales aliados en el Norte de Irlanda. 

Una vez terminado los discursos de rigor, los desesperados llamados del gobierno conservador tratando de convencer al Parlamento de votar a favor del acuerdo son desoídos y la votación termina con 344 votos en contra y solo 286 a favor. Con esta nueva derrota, el gobierno de May parece una causa perdida, el parlamento ha caído en disfuncionalidad y el Brexit luce como un desafío imposible de resolver. 

Sin embargo, desde los backbenchers, el instinto político de Boris Johnson está calculando si esta nueva derrota de May le brindará la oportunidad para tomar el poder y resolver el tema que ha causado la caída de sus dos colegas conservadores y ha paralizado la política británica: el Brexit.

Han pasado casi dos años desde ese trascendental voto que sentenció la muerte política de May y el panorama es profundamente diferente. El Partido Conservador alcanzó una aplastante mayoría en las elecciones generales del 2019, llevando al Reino Unido a salir oficialmente de la Unión Europea en enero del año pasado y renegociando en solo un año (en medio de una pandemia) los parámetros de las nuevas relaciones comerciales entre Gran Bretaña y la Unión Europea, una tarea que muchos analistas y comentaristas vaticinaron como casi imposible. ¿Cómo logró Boris Johnson salir del viacrucis político que fue el Brexit? 

Taking back control 

Uno de los slogans más populares durante la campaña a favor del Brexit en 2016 fue el de “Take Back Control” ya que englobaba una de las principales promesas de la campaña euroescéptica: recuperar el poder y la soberanía que habían sido cedidas a Bruselas como el precio a pagar para ser parte del bloque económico más grande del mundo. 

Este fue el dilema al que se enfrentó el establishment político británico cuando ponderaba su nueva relación con la UE: ¿Qué vale más?  ¿La soberanía política o la conveniencia económica? Por un lado, algunos argumentaban que lo que más le convenía al Reino Unido era una completa separación de las regulaciones dictadas por Europa, lo cual pudiera significar un cierre de ese mercado a los productos y servicios británicos. Otros querían que Londres siguiera casi todas las regulaciones europeas, inclusive si ya no tenían una voz en su formulación.

La lucha del Brexit, para los que votaron por él, siempre fue una cuestión que iba más allá de índices macroeconómicos o de balanzas comerciales, era una cuestión de identidad nacional. Boris Johnson entendió esto y tuvo como prioridad que el Reino Unido pudiese “recuperar el control sobre sus leyes, fronteras y dinero”, coqueteando incluso con la posibilidad de no lograr un acuerdo explícito con la UE, lo que forzaría a ambos actores a levantar barreras arancelarias que devastarían ambas economías. 

Incluso, por semanas las conversaciones entre ambos bloques parecían destinadas al fracaso debido a que no había un acuerdo sobre los derechos de pesca de la UE sobre las aguas territoriales británicas. A pesar de que la pesca es menos del 1% del PIB británico, el tema tenía una gran importancia simbólica: la promesa del Brexit de recuperar el control y Boris parecía dispuesto a torpedear todo el proceso por este tema. 

Sin embargo, parte de esta retórica conflictiva de Johnson parece que fue un elemento de una estrategia para postergar la firma del acuerdo hasta el último momento posible y forzar a la UE a ofrecer mejores términos, un acuerdo que respetase el espíritu del objetivo que Johnson se trazó. Boris, a diferencia de May, creó la amenaza creíble de un escenario indeseable (“No deal”) para llevar las negociaciones a un terreno más favorable para su gobierno, supo aprovechar las pocas ventajas que tenía sobre la UE en la mesa de negociación.  

La pregunta es ¿logró Boris ese objetivo? En términos generales, sí. El Reino Unido ya no está sujeto a la jurisdicción de la Corte Europea de Justicia, está en total libertad de negociar otros acuerdos comerciales con el resto del mundo, puede divergir de las regulaciones europeas si así lo desea (aunque esto cause conflictos y posibles respuestas de la UE) y este año entrará en vigencia un nuevo sistema migratorio que va a sustituir a la libertad de movimiento que caracteriza al mercado común europeo. 

En el complejo tema de los derechos de pesca, Boris acordó un punto medio con los europeos, dándoles acceso a los mares británicos durante un periodo de transición de cinco años en el que gradualmente los barcos británicos irán teniendo una mayoría de las cuotas de pesca anuales. Luego del 2026, el gobierno británico podrá decidir si excluir completamente o no a los barcos europeos del acceso a sus aguas territoriales. 

Johnson logró todo esto sin la necesidad de imponer draconianas barreras arancelarias a Europa. El Reino Unido acordó acceso al mercado europeo libre de aranceles y cuotas anuales, lo cual es, sin duda, un gran logro político. Ahora bien, Boris logró todo esto pagando un precio: Irlanda del Norte.  

A Dis-United Kingdom: Tensiones en Irlanda del Norte y Escocia

Uno de los principales problemas en el proceso de negociación del Brexit fue el tema de la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, la única frontera terrestre entre UK y la UE y el hogar de uno de los conflictos sectarios más sangrientos de la Europa Occidental de la posguerra. Recordemos que fue en estos territorios de Irlanda (Ulster) donde el IRA y milicias unionistas libraron una violenta guerra de guerrillas urbana, unos por la reunificación irlandesa y otros por mantenerse leales al gobierno londinense, en un conflicto que dejó 3500 muertos.  

Si el Reino Unido quería divergir de las normas y leyes europeas, entonces era necesario implementar algunos controles fronterizos entre ambas regiones de la isla para mantener la integridad del mercado común europeo, lo cual despertaba miedos de que se reactivaran las tensiones entre las comunidades protestantes y católicas de una región que todavía vive bajo el espectro de la violencia sectaria. Por otra parte, si el Reino Unido quería mantener el status quo en la frontera irlandesa (abierta y sin controles) entonces tenía que aceptar algún tipo de alineación regulatoria con el continente. 

En vista de que pocos políticos estaban dispuestos a arriesgar violencia en el Norte de Irlanda imponiendo una férrea frontera entre ambos países, la pregunta residía en donde dibujar la línea que delimitaba ambas uniones o si se debía trazar dicha línea en absoluto. 

Este dilema probó ser un obstáculo insuperable para May, quien prácticamente decidió mantener al Reino Unido dentro de la Unión Aduanera Europea con el fin de no introducir una frontera entre Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido, algo que disgustó a aquellos que eran los mayores propulsores del Brexit, ya que obligaba a Londres a seguir las regulaciones europeas y les impedía negociar acuerdos comerciales bilaterales con otros países.  

Boris Johnson tomó una difícil decisión que fue duramente criticada por los unionistas irlandeses: dibujar una línea fronteriza regulatoria en el mar que separa a Irlanda del Norte de Gran Bretaña. Irlanda del Norte sigue siendo parte de la Unión, pero seguirá varias regulaciones europeas, por lo que los bienes del resto del país tendrán que ser chequeados antes de llegar a las costas norirlandesas. 

Esto presenta un desafío a largo plazo para el estado de la unión británica. Si las provincias norteñas de Irlanda van a seguir diferentes regulaciones que el resto del Reino, muchos se preguntarán si seguirá valiendo la pena mantenerse leales al gobierno de Westminster o si será mejor integrarse a la República de Irlanda o independizarse de lleno. 

La integridad del Reino Unido no solo será puesta a prueba en los territorios del Ulster. El Brexit le da más fuerzas al movimiento político que amenaza con disolver la unión establecida en 1707, el separatismo escocés representado por el Partido Nacional Escocés (SNP). 

En el 2014, Escocia tuvo un referéndum independista y la población decidió mantener su apoyo a la Unión por un margen de 10 puntos de diferencia, en un aparente golpe mortal a la causa nacionalista escocesa. Sin embargo, la caja de pandora del independentismo ya había sido abierta y el Brexit inflamó aún más la delicada situación entre Londres y Edimburgo. 

No solo el SNP se ha convertido en el partido dominante en Escocia, otrora feudo del Labour, sino que esta región votó abrumadoramente en contra del Brexit; aproximadamente 2/3 del electorado escoces votó ‘Remain’. Esta combinación de factores ha servido como la punta de lanza retórica del SNP para presionar a Londres para alcanzar un segundo referendo independentista, argumentando que Escocia está siendo expulsada de la UE en contra de su voluntad. Este año hay elecciones para el gobierno local escocés y el SNP de Nicola Sturgeon espera que un buen resultado sea el inicio de una inexorable marcha hacia la independencia.  

Brexit done, now what?

La firma del tratado comercial entre el Reino Unido y la Unión Europea ha sido, sin duda, el mayor logro político de la carrera de Johnson y ha traído un momentáneo respiro ante el aluvión de malas noticias y titulares que ha sido el manejo de su gobierno ante la pandemia del COVID-19, de la cual el mismo gobernante cayó víctima a mediados del año pasado. 

Boris Johnson logró lo imposible: cortó el nudo gordiano europeo. Incluso el Labour Party, liderado ahora por Sir Keir Starmer y no por el impresentable Jeremy Corbyn, votó a favor de su acuerdo final. Mientras que May nunca logró más de 300 votos a favor, Boris alcanzó una votación de 521 MPs. Muchos comentaristas y rivales políticos han caído en el error de subestimar a Johnson, creyendo que su excéntrica personalidad es sinónimo de incompetencia política. Aquellos que al día de hoy siguen subestimando al Primer Ministro lo hacen a su propio riesgo. 

Aunque todavía quedan algunos detalles importantes que finalizar, como el acceso a mercados europeos de las firmas financieras británicas, la realidad es que el Brexit finalizó y los “brexiteers” ganaron esa pelea. Sin embargo, ahora está en manos del gobierno redefinir el rol de Gran Bretaña en el mundo. ¿Podrá Johnson transformar al Reino Unido en una Global Britain o el Brexit terminará convirtiendo al país en una sombra de lo que fue, una Little England

La tarea que tiene Boris Johnson es titánica. Necesita redefinir el rol del Reino Unido en la economía global mientras que trata de mantener la integridad de la Unión frente a las poderosas fuerzas nacionalistas en Escocia e Irlanda del Norte. Parece algo imposible, al igual que el Brexit hace un par de años.


Daniel Chang es estudiante de ciencias políticas y economía en la Universidad del Sur de la Florida. Es jefe de análisis internacional de Politiks y fue pasante legislativo en la Cámara de Representantes de EEUU. @DanielEChangC

1 comment
  1. Wooow esto llama poderosamente mi atención, es decir, el entendimiento de la mentalidad y cultura de reino para Reino Unido se está viendo afectada… Ojalá entiendan que ese modelo trae más beneficios que cualquier otra cosa…

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