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3 mitos ambientales apocalípticos, desmentidos

El cambio climático es real, pero no es el fin del mundo

Por Jack Elbaum

Para muchos, pensar en el futuro de nuestro planeta es aterrador. Según una encuesta mundial publicada por la BBC, el 56 % de los jóvenes cree que la humanidad está condenada a causa del cambio climático y el 45 % afirma que su ansiedad por el clima afecta su vida cotidiana. Aquí, en Estados Unidos, la historia es muy parecida: tres cuartas partes de los americanos creen que el cambio climático provocará la extinción del hombre y uno de cada cinco millennials cree que esa extinción se producirá durante su vida.

Una estudiante universitaria recientemente escribió lo siguiente en un periódico del campo universitario sobre su ansiedad por el clima:

Me quedo despierta hasta la madrugada, buscando en Google alguna variación de “¿Hay esperanza para el cambio climático?” y “¿Es bueno el plan de Biden sobre el cambio climático?”. (…) Me preocupo por cada residuo que encuentro, preguntándome si debo tirarlo a la basura o lavarlo y esperar que sea apto para el contenedor de reciclaje. ¿Y si lavo el papel de aluminio en el que he calentado las sobras de lasaña, se convierte entonces en reciclable? La ansiedad es agobiante.

Está claro que muchos jóvenes sufren una intensa ansiedad climática. ¿Y quién puede culparlos? Dado que gran parte de la información que consumen sobre el tema —tanto de los medios de comunicación como de las redes sociales— es de naturaleza apocalíptica, es un resultado inevitable.

Pero, ¿es cierto el mensaje que reciben? ¿Está justificada la ansiedad que sienten?

Un examen sobrio de los hechos y la ciencia sugeriría que no.

Esta es la verdad: el cambio climático es real y tiene efectos negativos en su mayoría; sin embargo, el cambio climático no es el fin del mundo.

Así que, en un esfuerzo por aclarar los hechos y quizás proporcionar una alternativa más reconfortante a la narrativa dominante entre mis compañeros, aquí están algunos de los mitos más comunes sobre el medio ambiente, desmentidos.

El origen de mucha ansiedad sobre el cambio climático es la creencia de que los seres humanos probablemente se extinguirán en algún momento en un futuro cercano debido a sus efectos. Pero esa creencia no es cierta.

Incluso los científicos más preocupados por el cambio climático refutan esta afirmación. Michael Mann, quien es profesor de ciencias atmosféricas en Penn State y una superestrella del movimiento de lucha contra el cambio climático, escribió que “no hay pruebas de escenarios de cambio climático que hagan que los seres humanos se extingan”.

En el libro de Michael Shellenberger, No hay Apocalipsis, señala que el científico atmosférico de la Universidad de Stanford Ken Caldeira también dijo que “el cambio climático no amenaza la extinción humana”.

Parte del miedo sobre la extinción humana comenzó, sin duda, después de que la diputada Alexandria Ocasio-Cortez declarara, en 2019, que “el mundo se va a acabar en doce años si no abordamos el cambio climático.” Pero, como documenta Shellenberger en su libro, los científicos del clima de la NASA dijeron que “todos los marcos temporales son una mie*da”, y un investigador del paleoclima de la Universidad de Wisconsin-Madison dijo que su declaración era una “caracterización errónea.”

En resumen, prácticamente no hay científicos que crean, y no hay ciencia que apoye, la idea de que los humanos se extinguirán por el cambio climático.

De la creencia de que los seres humanos se extinguirán a causa del cambio climático suele derivarse la percepción de que éste está haciendo la vida sustancialmente más peligrosa para los seres humanos. Pero, en realidad, los seres humanos están mucho más protegidos de las catástrofes relacionadas con el clima que hace apenas 100 años.

Bjorn Lomborg, profesor visitante de la Escuela de Negocios de Copenhague y miembro visitante de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, demostró, a partir de los resultados de la Base de Datos Internacional de Catástrofes, que el riesgo individual de muerte relacionada con el clima (es decir, por huracanes, sequías, temperaturas extremas, etc.) disminuyó en un 98.9 % desde 1920.

Es cierto que los modelos prevén que las tormentas y otros fenómenos relacionados con el clima serán más intensos en el futuro. Pero (aparte del hecho de que los modelos han fallado históricamente a la hora de predecir la evolución del clima en el futuro) eso no significa necesariamente que la tendencia positiva de los últimos 100 años vaya a invertirse.

Sí, hay peligro climático. Pero también hay resistencia climática. La razón de la drástica reducción de las muertes relacionadas con el clima en los últimos 100 años ha sido el rápido desarrollo económico y tecnológico que ha caracterizado a Estados Unidos durante ese tiempo. Ya sea una infraestructura más fiable, el acceso a energía barata o una mayor capacidad para prever fenómenos meteorológicos graves antes de que se produzcan, todo ello ha permitido aumentar la seguridad humana incluso frente al cambio climático. Y esto no sólo se ha observado en Estados Unidos, sino en países de todo el mundo.

Saul Zimet, de la Fundación para la Educación Económica (FEE), lo resumió bien cuando escribió

El lado de la ecuación de la resiliencia climática, a pesar de ser al menos tan importante como el lado del peligro climático, a menudo se ignora en los modelos de impacto climático futuro. Esto se debe a que, si bien es difícil poner en modelo un clima cambiante, es imposible modelar el futuro del ingenio humano, que estará compuesto por decisiones y percepciones que sólo las personas del futuro podrán conocer.

Cada vez que se produce un huracán, una sequía, una ola de calor o un incendio forestal devastador, es de esperarse que los titulares de los medios de comunicación, desde el New York Times hasta CNN, insinúen que estas catástrofes no sólo son más frecuentes, sino también más graves, debido al cambio climático.

Roger Pielke Jr., profesor de Estudios Ambientales de la Universidad de Colorado, ha estudiado tanto la frecuencia como el impacto de diversos desastres naturales. En lo que respecta al número de huracanes grandes en el territorio continental de Estados Unidos desde 1900, no encontró un aumento dramático, sino más bien una ligera disminución.

El Laboratorio de Dinámica de Fluidos Geofísicos —que opera dentro de la Oficina de Investigación Oceánica y Atmosférica de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica— escribe que “no hay pruebas sólidas de tendencias crecientes en los huracanes que tocan tierra en Estados Unidos o en los grandes huracanes, o en los huracanes de toda la cuenca del Atlántico o en los huracanes importantes desde finales de 1800″.

Aparte de la frecuencia, también está la cuestión de la intensidad, de la que hay dos aspectos. El primero es la intensidad de la tormenta en sí y el segundo es la cantidad de daños que se producen como consecuencia de la misma. En cuanto a la primera cuestión, las pruebas son contradictorias. En cuanto a la segunda cuestión, es cierto pero engañoso decir que los costos económicos de las catástrofes naturales, incluidos los huracanes, han empeorado.

Cuando Pielke Jr. examinó los daños económicos de las catástrofes naturales a lo largo del tiempo como porcentaje del PIB, descubrió que en realidad han disminuido.

Aun así, el aumento de la cifra en dólares con respecto a los daños se cita a menudo como prueba de que los huracanes están empeorando. En la carta de los congresistas demócratas que abogan por un nuevo Cuerpo Civil del Clima (CCC), por ejemplo, justifican su afirmación de una “temporada de ciclones sin precedentes” escribiendo lo siguiente

Estados Unidos experimentó 22 catástrofes meteorológicas y climáticas de mil millones de dólares en 2020, pulverizando el anterior récord anual de 16 eventos. 2020 fue la peor temporada de incendios registrada, quemando más de 10.2 millones de acres y costando más de $16 mil millones de dólares en daños y $3 mil millones de dólares en costos de supresión. Los Estados Unidos experimentaron un récord de 30 ciclones tropicales con nombre, 7 de los cuales se convirtieron en desastres de mil millones de dólares, también un nuevo récord.

Pero medir la gravedad de los huracanes en función de los daños económicos que causan es erróneo porque, como explica Bjorn Lomborg en su libro False Alarm, no tiene en cuenta un fenómeno conocido como “efecto de objetivo en expansión”. Escribe:

Los impactos climáticos similares darán lugar a catástrofes más costosas porque un número cada vez mayor de personas con bienes cada vez más valiosos está en riesgo. El efecto de objetivo en expansión puede considerarse como una blanco de tiro con arco, en la que los anillos (que muestran la densidad de población) nos indican cuántas personas y bienes corren el riesgo de ser alcanzados por una flecha imaginaria o un desastre natural.

A medida que la población humana aumenta y el desarrollo ocupa una mayor proporción del terreno total —especialmente en las zonas de alto riesgo— más catástrofes naturales golpearán inevitablemente en algún lugar dentro del objetivo, causando así más daños económicos que si no hubiera desarrollo en ese lugar. En los últimos 100 años, este tipo de desarrollo y el aumento de la población han sido generalizados en Estados Unidos. En consecuencia, es de esperarse que haya más personas que ocupen espacio dentro del blanco.

Del mismo modo, en lo que respecta a los incendios forestales, el número de hectáreas quemadas anualmente ha disminuido drásticamente con el tiempo. En 2014, investigadores de la Universidad de Auburn y del Instituto de Tecnología de Georgia descubrieron “una importante tendencia a la baja” de la superficie mundial quemada desde 1900. Basándose en este estudio, Lomborg escribe que “la cantidad global de área quemada ha disminuido en más de 540,000 millas cuadradas, de 1.9 millones de millas cuadradas a principios del siglo pasado a 1.4 millones de millas cuadradas en la actualidad”.

También ha recopilado, basándose en datos públicos, sus propias cifras sobre la superficie quemada en Estados Unidos desde 1900 como consecuencia de los incendios forestales. Sus datos muestran una tendencia similar, con una superficie quemada que se reduce drásticamente con el tiempo.

Además, un estudio de 2017 publicado en Science descubrió que “el área quemada global se redujo en ∼25 % en los últimos 18 años”.

A pesar de estos datos, también está claro que en la actualidad hay más hogares sometidos a los efectos de los incendios forestales que nunca antes. Sin embargo, la razón de esto también puede explicarse por el efecto de objetivo en expansión. En False Alarm, Lomborg señala que en 1940 sólo había unas 500,000 viviendas en zonas de alto riesgo para incendios, pero que en 2010 eran casi 7 millones. Para ponerlo en perspectiva, el ritmo en el aumento de las viviendas en zonas de alto riesgo para incendios fue más de 3 veces superior al del país en general. Por lo tanto, no debería sorprender que las viviendas de más familias estén en riesgo hoy en día que en el pasado.

En los próximos 100 años cabe esperarse que las temperaturas sigan aumentando, al igual que en la historia reciente. Además, debemos esperar que continúen algunos de los efectos negativos del cambio climático.

Sin embargo, esto no significa que el mundo se esté acabando; no significa que debamos quedarnos despiertos por la noche, paralizados por la ansiedad sobre el clima; no significa que debamos entrar en pánico. Más bien, debemos entender por qué la humanidad ha sido capaz de adaptarse a un clima cambiante hasta ahora y qué medidas son necesarias para garantizar el florecimiento humano para las generaciones venideras.

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