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92 años de Thomas Sowell: “El filósofo político más importante de la historia moderna de los Estados Unidos”

Thomas Sowell

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Por: Joaquín Núñez

Este 30 de junio de 2022, cumple 92 años un hombre que ha sido definido como “el filósofo político más importante de la historia moderna de los Estados Unidos” y como “a donde quiera que fuera, la persona más inteligente del lugar”. Se trata del economista Thomas Sowell, autor decenas de libros y una eminencia para todos aquellos que celebran la propiedad, un gobierno limitado, los mercados libres y, por sobre todas las cosas, el sentido común.

La vida de Thomas Sowell

Comenzó su camino como un niño afroamericano sureño sin muchos recursos, quedó huérfano, se mudó a Nueva York, se convirtió en un ferviente marxista y consiguió títulos en la universidad de Harvard y Chicago.

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Su mente sufrió un golpe de timón cuando consiguió un empleo en el Ministerio de Trabajo de los Estados Unidos, puesto que lo llevó a repensar sus convicciones ideológicas y a convertirse en un referente de todo aquello que, en su anterior hogar ideológico, era destructivo.

Sus estudios sobre la brecha salarial, discriminación positiva, raza y muchos otros temas, a menudo lo han llevado a encontrarse del lado “políticamente incorrecto” del debate.

Sin embargo, según comentó Victor Davis Hanson en un documental en su honor, “a él no le importa alegrar o hacer enojar a la gente, sino contarles qué dicen los datos. Eso lo ha llevado a ser impopular en temáticas populares pero plagadas de desinformación. (…) Sowell busca evidencia, hace un diagnóstico con base a esa evidencia y luego ofrece una solución para resolver ese problema”.

Con 92 años de vida hay mucha tela para cortar, por lo que no es necesario alargar más la introducción y vamos a meternos de lleno en la historia de este empirista digno de una Medalla Presidencial de la Libertad.

Primeros pasos y su obsesión con la educación

Thomas Sowell nació el 30 de junio de 1930 en la ciudad de Gastonia, Carolina del Norte, y como muchas familias afroamericanas del momento, la suya no tenía electricidad, calefacción, ni agua caliente. Su padre falleció antes de que naciera y su madre solo pudo compartir con él los primeros años, ya que también perdió la vida debido a una enfermedad.

Tras quedar huérfano, fue adoptado por su tía abuela, quien lo crio junto a sus dos hijas. Mientras crecía, nadie que estuviese cerca suyo había egresado de la secundaria, situación compleja, pero a la que el propio Sowell le atribuye parte del éxito que cosechó a lo largo de los años.

Cuando cumplió 8 años se mudaron a la “gran manzana”, particularmente al barrio Harlem, a la Avenida San Nicolás 720. Allí, sus capacidades le permitieron acceder a una educación muy superior a la que hubiese recibido en lo profundo del sur, todavía segregacionista.

En dicho lugar se empapó de lo que es “la calle” y encontró un amigo en Eddie Mad, otro niño que, si bien vivía en el vecindario, podríamos decir que era tan parecido a Sowell como un queso de campo lo es a una ciruela. Venía de una familia extremadamente educada y fue él quien lo introdujo en un mundo que nuestro protagonista no podría dejar jamás: los libros.

“Si no me hubiese cruzado con Eddie, la historia hubiese sido muy diferente. Cuando uno adquiere el hábito de leer a los 8 años es un juego completamente distinto, ya que, si me hubieran acercado un libro en la adolescencia, habría sido demasiado tarde”, confesó Sowell años después.

Tiempo después, llegó la hora de la escuela secundaria. No obstante, la que le tocó al “pequeño Tom”, como lo apodaban los vecinos, era un tanto decadente. Por fortuna, solicitó ser transferido y así fue, aunque no muchos otros niños pudieron hacerlo.

Este episodio lo convirtió en un férreo defensor del “School Choice”, una política que busca permitir que los padres decidan a qué escuela enviar a sus hijos. Curiosamente, de esto se trata su último libro, “La Escuela Autónoma y sus Enemigos”, el cual publicó en el 2020.

Ejército y universidad

Antes de comenzar la universidad fue reclutado por el Ejército, donde sirvió en la Guerra de Corea y debido a su habilidad con la cámara, fue asignado en Marine Corps Combat Camera Division.

Una vez que terminó su estadía allí, consiguió una beca en la Universidad de Harvard debido a sus excelentes puntuaciones en los exámenes pertinentes y en cartas de recomendación de varios docentes. Todo esto a pesar de que nunca terminó el colegio secundario por problemas en su hogar. En 1958 obtuvo un grado en Artes con especialidad en Economía y, luego de esta experiencia, encaró para la Universidad de Stanford, donde realizó una maestría. No contento con esto, profundizó sus estudios en la Universidad de Chicago de la mano de Milton Friedman. Se doctoró en esta materia en 1968.

A pesar de seguir siendo marxista, aprendió quizás una de las lecciones más importantes de su vida: los datos duros, la necesidad de buscar fuentes y de hablar siempre con un respaldo empírico. En aquella institución y más con los docentes que había, uno tenía que defender su postura a capa y espada.

Despejando las dudas sobre si aprendió o no la lección, eligió la siguiente frase de John Adams para comenzar su libro, “Economía: hechos y falacias”: “los hechos son objetos inflexibles y cualesquiera puedan ser nuestros deseos, inclinaciones o el dictado de nuestras pasiones, no pueden alterar el estado de los hechos ni la evidencia”.

“Yo soy el señor Sowell”

En 1965 comenzó a enseñar en la Universidad de Cornell, pero se fue rápidamente desencantado por los efectos de la discriminación positiva en los estudiantes afroamericanos, lo que muchos años más tarde lo motivó para escribir “La Discriminación Positiva en el Mundo”.

Sam Peltzman, profesor emérito de la Universidad de Chicago, lo conoce desde hace más de 40 años, cuando “yo era un estudiante de grado y él estaba terminando su doctorado. Compartíamos el mismo asesor: George Stigler”. Además, lo describió como “un clásico neoyorquino, muy directo”.

Tras dejar Cornell, se mudó de institución educativa a la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde aconteció una de las anécdotas preferidas de Peltzman. “Yo estaba sentado en mi oficina cuando la delegación de la Asociación de Estudiantes Negros marchó a su despacho. Yo lo escuché todo. Entraron y uno de ellos le dijo ‘¿cómo va todo, hermano?’. Tom golpeó su escritorio y le respondió, ‘solo un minuto. Yo no soy tu hermano, soy el señor Sowell y te dirigirás a mí de esa manera’”.

“Dios mío no saben la sorpresa que se pegaron esos muchachos. En aquel contexto estadounidense se habría esperado que él reconociera una conexión especial con la Asociación de Estudiantes Negros, que buscaba privilegios especiales para los estudiantes afroamericanos. Él rechazó por completo ese planteamiento”, señaló Peltzman.

Del marxismo a la libertad

A medida que fue creciendo, Sowell se transformó en un devoto marxista, ansioso por la revolución. Para darnos cuenta de lo abrazado que estaba al manifiesto que redactaron a Karl Marx y Friedrich Engels, ni siquiera su paso por la Universidad de Chicago lo hizo cambiar de opinión. Es decir, tomó clases con Milton Friedman y luego de eso siguió profesando a estos dos autores. Esto sería equivalente a cabecear una pared, experimentar el dolor y segundos después volver a cabecearla aún con más fuerza.

A pesar de ser una persona pública y muy reconocida en su país, prefiere resguardarse. Es famoso por no dar entrevistas y por tener a los periodistas esperando por años para hablar con él. Sin embargo, no hace mucho decidió hacer una excepción a la regla. A sus 88 años, se sentó una hora para hablar con Dave Rubin en su programa “The Rubin Report”. El conductor declaró que estuvo 4 años intentando conseguir esa nota.

Allí, recordó en primera persona su marxismo inicial y explicó que “no es tan inusual, muchos de los más grandes pensadores comenzaron siendo marxistas. Milton Friedman era un keynesiano izquierdista, Hayek era socialista e incluso Ronald Reagan estaba tan a la izquierda que el FBI lo investigaba por comunista”.

“¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión?”, preguntó Rubin, a lo que Sowell dio una respuesta un tanto más corta y concisa de la que se esperaba: “los hechos”. “La visión de la izquierda es la más atractiva. La única razón para no comprarla es porque no funciona, pero uno no ve eso desde afuera”, añadió ante las risas de todo el estudio.

Si buceamos un poco más en este cambio tan brusco, nos encontramos con que el factor desencadenante no fue otro que su trabajo en el Estado. En sus propias palabras, “un verano dentro del gobierno fue suficiente para darme cuenta de que más gobierno no era la solución.  Eso fue lo que me curó, así que nunca digan que el Gobierno Federal no sirve para nada”.

Muchos de los amigos lectores se preguntarán qué le sucedió allí para que quede tan traumado. Resulta que fue pasante en el Ministerio de Trabajo y, gracias a sus estudios en economía y a su fascinación por los datos, le alcanzó a sus superiores un estudio que concluía que las leyes de salario mínimo no ayudaban a la gente a conseguir trabajo, sino todo lo contrario.

Por supuesto que él pensó que lo iban a ovacionar de pie, que le iban a proponer un aumento e incluso a colocar sutilmente una estrellita dorada en la frente. Sin embargo, y, para su sorpresa, nada más lejos de la realidad.

Este organismo obtenía casi un tercio de sus fondos gracias a este tipo de leyes, por lo que no les importaba mucho si era útil o no. “Ellos estaban enojados y decían, ‘este idiota está hablando de algo que nos puede arruinar’. Ahí me di cuenta de que el Departamento de Trabajo tenía su propia agenda y que no necesariamente se trataba de que la gente de bajos recursos consiguiera empleo”, recordó Sowell en un reportaje.

Imagínense el impacto que le causó, fue como un martillazo en la cabeza que, lejos de tumbarlo, lo llevó a repensar su cosmovisión. A partir de entonces, comenzó a cambiar sus ideas sobre un Estado grande y protagonista, para pasar a defender el mercado, la libertad, la importancia de las decisiones individuales y, de más está decir, los datos.

Salto a la fama

Su popularidad llegó en los años 80, cuando comenzó a comentar una serie películas de su antiguo profesor, Milton Friedman, “Free to Choose” (Libre para elegir). Esto derivó en su presencia en diversos programas de televisión, donde se enfrentaba a preguntas de la audiencia y de los propios conductores. Los datos, la sabiduría y la articulación de Sowell siempre lo hicieron destacar en estos intercambios.

Para muestra un botón, había tan pocos afroamericanos que expresaran estos valores con tanto fervor, que fue William Buckley, ícono del conservadurismo en el siglo XX, quien alguna vez aseguró que “La Agencia de Protección Ambiental no debería permitir que Thomas Sowell y Walter Williams viajen juntos en el mismo avión”.

Durante esa década, el autor de “Un Conflicto de Visiones”, desembarcó en la Institución Hoover de la Universidad de Stanford, lugar que le permitió dejar la docencia y dedicarse a la publicación de artículos, libros y a la investigación. En otras palabras, le pagaban por ser Thomas Sowell. Por ese entonces comenzó a escribir su columna semanal, que llegó a distribuirse a más de 300 periódicos, entre ellos Forbes, The Wall Street Journal, Fortuna y el New York Times, aunque seguramente hoy no se sentiría muy orgulloso de aparecer en este último.

Finalizó esta costumbre el 27 de diciembre del 2016, para muchos una fecha que amerita una cinta negra en el brazo. Sin embargo, cada tanto se vuelve a tentar y escribe sobre la actualidad, como sucedió el pasado mes de octubre con las elecciones a gobernador de Virginia.

A partir de entonces, los libros de Sowell comenzaron a subir como la espuma en cuanto a popularidad, lo que lo llevó a convertirse en uno de los economistas y filósofos políticos más importantes del país. Por ejemplo, en 1987, el propio Congreso de los Estados Unidos lo convocó como experto para declarar frente al comité judicial del Senado, en el marco de la nominación del juez Robert Bork a la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos (SCOTUS). Allí dio su opinión sobre los efectos negativos de la discriminación positiva e incluso tuvo un interesante intercambio con el actual presidente, Joe Biden.

Un conflicto de visiones

Quizás sea su obra más destacada y laureada sea “Un conflicto de visiones”. Publicada por primera vez en 1987 y luego relanzada en 2007, intenta explicar de donde surgen los razonamientos de la izquierda y la derecha en los Estados Unidos. Aparentemente, mal no le fue en su intento, puesto que el psicólogo y profesor de Harvard, Steven Pinker, aseguró que se trataba de la mejor explicación del tema.

Esta obra también marcó la vida de Daniel Rodríguez Herrera, colaborador del Instituto Juan de Mariana y subdirector del medio Libertad Digital. “Me resultó tremendamente esclarecedor, porque me ayudó a entender mi propia forma de pensar, a entenderme a mí mismo, que no es lo que te esperas de la obra un economista. También me ayudó a entender a los demás y a ver por qué dicen lo que dicen. Sigue siendo mi favorito y es el libro que más recomiendo, dado que puede aprovecharlo una persona por fuera de la ideología”, comentó.

92 primaveras

A junio del 2022, las obras y enseñanzas de Sowell no pierden vigencia y no parecen tener ganas de hacerlo. A pesar de su avanzada edad, su mente se mantiene intacta y, para dejarlo bien claro, desde que cumplió 80 se dio el lujo de publicar 10 libros (me tomo el atrevimiento, uno mejor que otro).

A pesar de esto, otra de sus obras clásicas resulta tener más 20 de años y, aunque su título pueda pecar de ‘simplón’, su contenido es un poco más complejo y carnoso. Estamos hablando de “Economía Básica”.

Fiel a su estilo, en la actualidad lleva un perfil muy bajo, aunque su popularidad en Youtube y otras redes sociales hace que sea una celebridad internacional. Aparece cada tanto en el programa de Peter Robinson, Uncomoun Knowledge, donde comenta sus libros y un jugoso abanico de temas controversiales.

¿Cómo definirías a Thomas Sowell?

Finalizar con esta pregunta es complejo, ya que se le hizo a muchos economistas, políticos y pensadores. A su vez, la mejor respuesta que encontré fue una que recibió el propio Robinson por parte de un oyente que lo paró en la calle. “La mejor definición me la dio una de las personas que mira Uncomoun Knowledge, era un chico joven. Me frenó y me dijo, ‘parece un hombre que sabe cómo pensar’”.


Joaquín Núñez es licenciado en Comunicación Periodística por la Universidad Católica Argentina y es responsable de pequeños donantes para la Fundación Libertad y Progreso de Argentina. 

 

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