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Kamala Harris

Crisis migratoria: ¿es que a Kamala acaso le importa?

Kamala Harris no ha iniciado, ya sea por indiferencia, incompetencia o falta de apoyo, ningún plan real para afrontar la crisis migratoria

La vicepresidente Kamala Harris llegó a la Casa Blanca como incontables políticos antes que ella: llena de promesas y bosquejos administrativos de difícil materialización. En este sentido, poco se ha diferenciado de sus pares masculinos, esos cuya profusión le causa tanto descontento.

Harris tuvo, desde sus comienzos, una tarea exigente que muchos de sus partisanos habrían preferido (y en efecto, así lo han hecho) evitar: lidiar con la crisis migratoria que azota el sur del país. Tal fue el desafío que el presidente Biden puso sobre sus hombros.

Estados Unidos no es ajeno a masivas olas migratorias. Los cimientos de este país se construyeron y robustecieron gracias al input insustituible de inmigrantes de un abanico de orígenes que, con trabajo duro y ansias de libertad, lo convirtieron en la nación más próspera del globo. 

La problemática del sur, no obstante, es más compleja. Entre estafas, abusos inimaginables, contrabando humano, paupérrimas condiciones y escaso control, esta frontera porosa es terreno fértil para el crimen organizado y la impunidad.

Las caravanas de migrantes son un fenómeno relativamente reciente. Iniciadas en 2018, estos éxodos se caracterizan por su organización (los migrantes suelen compartir información en redes sociales, en las que se disponen y establecen las bases para la caminata y eventual cruce) y las nacionalidades que las constituyen (predominantemente, se trata de individuos provenientes del “triángulo norte”, El Salvador, Guatemala y Honduras). 

Yo no manejo información confidencial. No soy candidata a nada y como tal, no he hecho promesas al público que ha depositado su confianza en mí. Tampoco la persona más poderosa del mundo me ha designado como responsable frente a una de las crisis más candentes de la actualidad. Pero Kamala Harris es todo eso que yo no soy, y es enrevesado, entonces, entender por qué la vicepresidente parece tan reacia a hacer algo al respecto.

Harris no se ha comunicado con nadie de la administración de Alejandro Giammattei, presidente de Guatemala; ni con ningún oficial de Nayib Bukele, presidente de El Salvador (que llegó incluso a denunciar esta omisión en Twitter).

¿Cómo piensa Harris, por lo tanto, solucionar o abordar, al menos, la crisis migratoria? ¿Cree acaso la vicepresidente que si envía, cada seis meses, a Alexandria Ocasio-Cortez a llorar frente a un campamento vestida de impoluto blanco (no vaya a ser que a uno se le olvide que ella es “de los buenos”) va a resolver el problema inmenso que es responsabilidad de su administración? ¿Cree Harris que basta con emprender una gira minimalista al grito de “do not come”? ¿O imagina que esa visita tan breve como improvisada será suficiente? ¿O se cree la vicepresidente tan poderosa que puede prescindir de un diálogo con sus homólogos? 

A casi un año de su asunción, a Harris (hija, por cierto, de inmigrantes) no parece importarle la crisis migratoria que estalla en el sur. Quizás esos niños abandonados en la frontera no merecen romper el “techo de cristal” en los ojos de la vicepresidente.

Por lo pronto, lo único que separa a Harris de sus partisanos y predecesores es que, en vez de próstata, nació con un útero.

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