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¿Adónde va López Obrador?

López Obrador pretende resguardarse en las leyes, pero no existe en México nada menos permanente que nuestras leyes y nada menos seguro que nuestra Constitución

Por Víctor Becerra:

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, cada vez se parece más a esa imagen arquetípica de los líderes bananeros: arbitrario, caprichoso, venal, deseoso de aplausos y reverencias; reinando sobre un grupo de adictos serviles, usando a las instituciones y la legalidad para saciar complejos y venganzas personales en un país donde la suerte de millones de personas depende de con qué humor amaneció el inquilino de Palacio Nacional.

López Obrador ha sido constante y férreo en su propósito de desmontar instituciones y en concentrar poder, desde las primeras escaramuzas contra los organismos autónomos, la ocupación de sus estructuras (siguiendo con la amenaza nada velada contra aquellas instituciones y poderes que se le han resistido) y ahora, con la desaparición de los fideicomisos que garantizaban el funcionamiento de decenas de organismos públicos, centros académicos de investigación y programas gubernamentales, le ha dejado una gruesa bolsa presupuestal para manejar bajo su solo deseo y arbitrio.

Es por ello que mucho se ha hablado del afán centralizador de López Obrador, pero poco se ha preguntado sobre cuál es su intención última. ¿Qué busca López Obrador con todo ese poder hacia el final de su mandato?

Hasta ahora, el propio López Obrador ha admitido que buscaría hacer permanente su proyecto social, evitando la vuelta atrás al “neoliberalismo” mediante su resguardo en la Constitución y las leyes. Pero la verdad es que, como el mandatario se encarga de demostrar, no existe en México nada menos permanente que nuestras leyes y nada menos seguro que nuestra Constitución.

Habla de ello su actual intento de reformar la Constitución para lograr empatar su consulta sobre llevar a juicio a los expresidentes con las elecciones intermedias de 2021 (y de esa manera, intervenir en dichas elecciones a favor de su partido), a pesar de que hace solo unos pocos meses su mayoría en el Congreso aprobó que no estuvieran empatadas. Esto refleja muy bien lo cambiante y frágil de nuestro Estado de Derecho.

Por lo demás, su “proyecto social” es mero clientelismo puro y duro con pocos elementos ideológicos, o ninguno. Realmente no implica una revolución ideológica ni de ningún tipo, sino la mera continuación de nuestras peores prácticas políticas y sociales.

En tal sentido, sigue sin responderse la pregunta: ¿para qué quiere López Obrador tanto poder en sus manos?

Quizá sea la hora de aceptar lo evidente: López Obrador busca la perpetuación de su poder más allá del final de su mandato en 2024. No de otra manera se explica uno de sus afanes de mayor persistencia y que le ha costado gran capital político: su alianza con el Ejército (al que ha entregado dinero, obras, nuevas responsabilidades e impunidades) en un proceso de militarización del país que palidece frente al que intentaron en su momento Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

El caprichoso mandatario favorece así a un Ejército que ya ha demostrado que no es el cuerpo impoluto y abnegado que los mexicanos creen desde la escuela, sino una corporación bajo el mando de generales ambiciosos y corruptos (como parece probar la detención, por la Justicia norteamericana, del general Salvador Cienfuegos, exjefe del Ejército durante el gobierno de Peña Nieto, y que tuvo bajo su mando directo a todos los principales responsables del Ejército de López Obrador).

Al margen, habrá que analizar cómo seguirá funcionando esta alianza, ya con el Gobierno estadounidense, en posesión de numerosos secretos militares mexicanos y con gruesos expedientes contra sus mandos actuales (fruto de una delación premiada) probablemente desembocará la aprehensión del general Cienfuegos.

Pero por ahora, no de otra manera se explica el parejo proceso de acumular poder y, al mismo tiempo, dar mayores beneficios del mismo a los generales del Ejército. Sería muy extraño que no fueran procesos coincidentes en una misma meta: la continuidad transexenal de López Obrador.

Al respecto, y sin descartar su padecimiento cardíaco, tal vez López Obrador crea que sus 66 años de edad no son un obstáculo real a esa pretensión, tan solo considerando que el general Porfirio Díaz gobernó en México hasta los 80 años de edad, en 1911, cuando iniciaba, rejuvenecido, su séptimo mandato en la Presidencia.

E incluso, podría no estar siquiera al mando directo de la Presidencia, sino por encima, como en su momento soñó otro general, Plutarco Elías Calles, que se mantuvo como “Jefe máximo de la Revolución” durante ocho años tras dejar el poder en 1928, siendo el factótum real de poder durante cuatro presidencias. A este período históricamente se le conoció en México como “El maximato” y a Calles como el “dueño de México”.

Tal vez algo así sueña López Obrador: En su “Lopezobradorato”, cuando su arbitrariedad sea respaldada por la fuerza de las armas. No sería un proceso inédito tampoco: algo similar sucedió ya, en Venezuela, con Hugo Chávez y el llamado Ejército bolivariano.

Ojalá la ciudadanía mexicana recapacite y, en 2022, cuando se celebre el proceso de revocación de mandato, aleje incruentamente a López Obrador del poder, librándonos de un nuevo “maximato” y de que México sea mañana como Venezuela hoy: otro manicomio sin salida.


Víctor Becerra es secretario general de México Libertario. Ha contribuido a la formación y el desarrollo de múltiples organizaciones liberales en América Latina.  

1 comment
  1. Completamente de acuerdo, y ni siquiera se va a reelegir porque tal cosa no existe en nuestra constitucion. Solamente hara una maravillosa consulta publica para mantenerse en la silla y por supuesto saldra victorioso

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