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Ética, El American

La amenaza de la apropiación colectivista de la ética

Vale la pena, pues, ver siempre más allá de esa cubierta por desagradable que resulte descubrir lo feo que oculta, incluso en nosotros mismos. Porque no olvidemos que es en nosotros mismos donde más —y primero— necesitamos ver el mal y derrotarlo

Vano sería discutir en esta columna la libertad humana en un sentido metafísico trascendente, cuando lo que nos ocupa en nuestros tiempos son amenazas inmediatas, crecientes y terribles a la libertad en la parte del orbe que sigue siendo razonable denominar: mundo libre. 

En los Estados Unidos de América, —que sigue siendo la primera potencia y la única superpotencia de ese mundo libre— la república pasa por una crisis política e ideológica de una gravedad que no se había visto desde los años previos a la Guerra Civil. Gran parte de la intelectualidad americana, el grueso de la academia, la casi totalidad de la prensa, el grueso de la industria del entretenimiento y las grandes tecnológicas son hoy una maquinaria ideológica profundamente hostil a los principios y valores sobre los que fundó —y por los que alcanzó la grandeza— esa extraordinaria nación. 

Y no se limita a los Estados Unidos de América, las bases de la civilización occidental —la única civilización en que se ha alcanzado la libertad individual y establecido la tolerancia como norma moral y principio político— está siendo atacada desde dentro con efectividad pasmosa.

Así que de escasa utilidad sería aquí ocuparnos, más de lo estrictamente necesario, en las interesadas confusiones de quienes se empeñan en definir la libertad como forzado sinónimo de poder ante la naturaleza de la realidad misma, que es tanto como definirla, a priori, como un imposible en la realidad natural y social. Y no porque el tema no sea importante, que lo es y mucho, sino porque nos sobran amenazas a la libertad del hombre en la sociedad occidental, y si algo necesitamos entender es todas y cada una de esas amenazas son a su vez, amenazas a la existencia misma de la sociedad civilizada y, por consecuencia, de la propia especie humana. 

Y, sin embargo, vale la pena ir a la raíz de los problemas que nos ocupan, buscar los orígenes menos obvios y más lejanos de las malas ideas que avanzan contra la civilización misma. Porque entre las mayores  amenazas a la libertad en nuestro tiempo, se destacan los errores y confusiones de sus más convencidos defensores; menos por la diversidad de opiniones, o el diferenciado acento que cada cual ponga y proponga, en diferentes aspectos, sino por claros pero inadvertidos errores de hecho, ampliamente compartidos por muchos de los más influyentes defensores de la libertad, la propiedad y la república.

Siempre he pensado que la apropiación de la ética por la intelectualidad izquierdista, descrita brillantemente por Armando Rivas en su libro de 2004, Entre La Libertad y La Servidumbre, se completa en la medida que los propios conservadores y libertarios comparten, consciente o inconscientemente, precisamente aquella ética farisaica de sus enemigos como si fuera, no digamos la única posible —mentira que deben hacer dogma quienes pretenden completar tal apropiación por el expediente de imponer su monopolio moral mediante la propaganda— sino, la que de manera obvia sustentase la visión de justicia en el orden social civilizado de los propios defensores de la libertad. 

Ahora, el error de compartir una falsa ética enemiga, no está tanto en que sea el soporte moral del socialismo —aunque no deja de ser un signo de alerta que algo sirva de soporte “moral” coherente a un sistema criminal por definición— porque aunque se sustenta en una ética falaz, también habría podido el socialismo haberse soportado en una ética verdadera y torcer su razonamiento moral para llegar a conclusiones falaces. Pero el asunto es que la ética que tanto defienden los intelectuales, políticos y activistas de izquierda para los demás —y que no se aplican a ellos mismos jamás— simplemente está construida sobre un error de hecho acerca de la naturaleza humana y en tal sentido es, a todo evento, sencillamente impracticable. 

La ética del personal perjuicio auto-infligido en favor del colectivo bien ajeno es el sustento del socialismo en sentido amplio, si se rechaza tal ética, no le quedará al socialismo sustento último para justificar repetidamente los crímenes de su interminable serie de experimentos sociales.

Para quienes se empeñan en creer que la historia puede en alguna manera ofrecer comprobaciones empíricas, debería ser ilustrativo que todos los esfuerzos serios por imponer coherentemente la ética del altruismo en el orden social condujesen a totalitarismos criminales e infernales, para ser en poco tiempo fácilmente borrados por enemigos externos, o a largo plazo colapsar bajo el peso de su intrínseca inviabilidad evolutiva, pero no lo será en la medida que se conceda, activa o tácitamente, validez de premisa moral universal al auto-sacrificio individual al colectivo. 

Hay, sin embargo, un argumento teórico muy simple de entender para ver lo absurdo de todo el asunto: los fines de las personas son subjetivos y nadie actúa voluntariamente sino para intentar —con o sin éxito— pasar de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria, así que lo que se denomina sacrificio altruista es un imposible en el campo de la acción voluntaria, quien se sacrifica voluntariamente por otros simplemente valora más lo que subjetivamente obtiene —o cree obtener— de su acción que aquello que sacrifica. 

Una vez que se entiende eso se descubre que todo el discurso del altruismo no es sino hipocresía o incoherencia. Pero claro, es un discurso que suena bien y que sirve demasiado de cubierta, hermosa y aparentemente bondadosa, a los peores fines totalitarios. 

Vale la pena, pues, ver siempre más allá de esa cubierta por desagradable que resulte descubrir lo feo que oculta, incluso en nosotros mismos. Porque no olvidemos que es en nosotros mismos  donde más —y primero— necesitamos ver el mal y derrotarlo.

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