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Ni ángeles ni demonios, seres humanos. Imagen: Hasan Almasi vía Unsplash

Ni ángeles, fascistas o demonios, dejemos de satanizar al rival

La política no es una lucha de ángeles contra demonios, sino una interacción de seres humanos. Necesitamos redescubrir nuestra propia humanidad (y la del rival)

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Cuando la política se entiende como una lucha de ángeles contra demonios, eventualmente todos acaban asfixiados bajo los humos del infierno, y se nota. Lo vemos en América y en el resto del mundo: la política se ha vuelto más tóxica en los últimos años y ello se refleja tanto en las estrategias electorales como en la creciente cultura de la cancelación e, incluso, en la justificación de la violencia como instrumento para conseguir objetivos políticos.

Así quedó claro en América durante los meses de disturbios, asesinatos y destrucción cometidos bajo el mando de las supuestas luchas justicieras de “Black Lives Matter”. Así lo vimos también, el 6 de enero con el absurdo ataque al Capitolio por parte de algunos seguidores de Donald Trump, y así lo vimos en España, con los violentos ataques en contra de Vox durante las campañas regionales en Cataluña, por plantear sólo algunos ejemplos. En todos estos casos la ira partió del mismo origen: la satanización del rival.

Especial (pero no exclusivamente), la izquierda y la progresía han convertido ese bajo recurso político en el centro de su estrategia. Acusan de “fascista” a cualquiera que se les suponga, lo comparan con Hitler y acompañan esa acusación con la proclamas de que “con el fascismo no se dialoga”, usando referencias trasnochadas a la “paradoja de la tolerancia” de Popper, para justificar que pueden censurar, golpear y destruir a quienes ellos consideren fascistas, y todo en nombre de la democracia.

Ángeles y demonios en América

Ese discurso de satanización se ha vuelto absurdamente evidente en América. La prensa industrializada y los voceros de la progresía en las redes sociales llevan años acusando de fascistas a los republicanos, y luego se hicieron los tontos cuando ese enviciamiento del discurso político derivó en agresiones físicas en contra de cientos de simpatizantes de Trump, muchas veces como castigo por el “pecado” de llevar una gorra con las siglas de Make America Great Again (MAGA).

De forma similar, en España la prensa industrializada y los voceros de la progresía llevan años acusando absurdamente a Vox de ser un partido fascista y de extrema derecha, calentando los ánimos y generando el caldo de cultivo para que los violentos se sientan justificados a apedrear a los simpatizantes de dicho partido.

Del lado de la derecha, estas campañas de demonización del rival, no han resultado en tantos actos de violencia como las lanzadas por los “progres”, pero también existen. Quizás la más evidente y absurda es la teoría conspirativa de QAnon, que literalmente califica a los rivales como demonios pedófilos, denunciados por el enigmático “Q”. En ambos casos estamos ante un absurdo, y un absurdo muy peligroso.

Ángeles contra fascistas, eso es nomás en la tele

No, ni Trump ni Bolsonaro son fascistas, y es momento de dejar bien en claro que el recurso barato de calificar como fascista a todo político que no nos gusta es indigno y contraproducente para la propia democracia a la que dicen defender los supuestos antifascistas. El fascismo fue un movimiento político específico, surgido en determinadas condiciones históricas específicas y con una agenda totalitaria, racista y genocida que no se encuentra representada en ninguno de los grandes movimientos políticos actuales, ni de izquierda ni de derecha. Es cierto que aún hay radicales, pero ellos (los de a de veras), no están ni de lejos en una situación similar a la que existía en la Italia o Alemania en los 1920’s.

Hoy, 24 de febrero del 2021, no hay a la vista ningún potencial Hitler que tenga posibilidades reales de ganar elecciones e imponer su agenda (al menos en Occidente), así que los izquierdistas que han asumido el manto del antifascismo harían bien en bajarle 3 rayitas a la histeria y entender que llegaron 70 años tarde a la Segunda Guerra Mundial. Tanto los antifascistas como los fascistas ya están enterrados, mientras Jimmy, estudiante de sociología y Keosha, de antropología, pelean en sus mentes una guerra que concluyó en 1945, con la derrota del fascismo.

También del lado de la derecha hay que calmar a algunos ángeles autopercibidos y distinguir entre los reales esfuerzos coordinados de la progresía para imponer su punto de vista (de los que hemos hablado en otros artículos) y las conspiraciones absurdas. No, no hay una cabal de reptiles gay y transexuales que quiere obligarnos a todos a pecar y que sólo pueden ser detenidos compartiendo “el vídeo que el gobierno no quiere que veas”, pero que por supuesto, corre libre por YouTube.

A ver, señores. Sí, la izquierda y la progresía ciertamente impulsan agendas e ideas que a nosotros no nos gustan, pero ello no los vuelve necesariamente monstruos demoníacos, sino simplemente personas con las que no estamos de acuerdo.

QAnon, ángeles contra demonios, desde la derecha. Imagen: Anthony Crider
QAnon, ángeles contra demonios, desde la derecha. Imagen: Anthony Crider

Que el apocalipsis no sea ahora

El gran peligro no es que surja un Hitler a la vuelta de la esquina. El gran peligro es que el lenguaje de ángeles y demonios siga debilitando los consensos que sostiene la vida democrática, el primero de los cuales consiste en la simple pero extraordinaria idea de que quienes opinan distinto a nosotros tienen derecho a existir y a competir.

La retórica apocalíptica es tentadora, porque facilita la movilización y las donaciones en el corto plazo, pero a mediano y largo plazo terminará por destruir el consenso de coexistencia que sostiene la democracia y nos arrojará a todos de regreso al abismo de los gobiernos totalitarios y de las sociedades intolerantes, ese infierno del que apenas y con muchos esfuerzos pudimos salir en las últimas generaciones.

El político mexicano Carlos Castillo Peraza explicó alguna vez que la política no es una lucha de ángeles contra demonios, sino que debe partir de la convicción de que nuestro adversario es un ser humano, algo que tanto derecha e izquierda necesitan entender, pues si nos hundimos en la retórica del bien absoluto contra el mal absoluto, eventualmente, la violencia volverá a ser el principal instrumento de acción política, como lo fue en la mayor parte de la historia humana.

Será entonces cuando nos tomemos un respiro en nuestra violenta lucha contra los monstruos del otro bando, que nos encontraremos en el espejo para descubrir que nos hemos vuelto igualmente monstruosos, pues cuando hacemos de la política un juegos de ángeles contra demonios, todos acabamos en medio del infierno, ardiendo de odio y llorando de dolor.

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