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Cancelación, Cultura, El American

Antigüedad, “cultura” de cancelación y edición de la verdad

Los fenómenos que creemos recientes no lo son realmente. Lo que sí es nuevo es la justificación de la censura en nombre del “bien común”

Detesto el neologismo “cultura de cancelación”, casi tanto como su práctica. La cultura, por definición (la suma de conocimientos comunes) se opone a la anulación. Para referirme a tan extendida costumbre, prefiero términos más elocuentes y precisos, como lo son “boicot” o “censura”.

La “edición” de la verdad (asumiendo que tal cosa existe, algo poco probable) ha sido parte de nuestra historia común (es decir, de nuestra cultura).
Es altamente factible que Calígula, por ejemplo, harto de discutir con sus cónsules, haya dicho algo como “si siguen así, los reemplazaré por mi caballo”, haciendo uso no solo de un sarcasmo retorcido sino además de sus temerarias prerrogativas imperiales. Fue Suetonio, entonces, quien se encargó de inmortalizar lo que fue apenas un malentendido o una broma de mal gusto.

El sobrino de Calígula, Nerón, ni siquiera estaba en Roma cuando el gran incendio del 64 se apoderó de la capital imperial. En el hipotético caso de que sí hubiese estado, Nerón no sabía tocar el violín. El historiador Tácito, que no sin razones, odiaba a Nerón, tuvo la honestidad de dejar constancia de estos hechos. Esa imagen, tantas veces repetida a lo largo de los veinte siglos que nos separan de aquel evento, de Nerón tocando el violín mientras Roma se reducía a cenizas y que se ha plasmado en bellísimas obras de arte, no es nada más que fake news.

No es mi intención defender tiranos que aterrorizaron a todos sus contemporáneos, sino que intento apenas ilustrar cómo la distorsión de nuestra interpretación de los hechos ha formado parte de nuestra forma de hacer política. Las fake news no son un fenómeno reciente, debemos dejar de tratarlas como tales, haciendo interminables análisis pseudo-intelectuales en medios de comunicación que acusan a las redes sociales de todo mal moderno. 

Lo que sí es nuevo, y es altamente peligroso, es que, hasta hace relativamente poco, para que hubiera fake news debía haber un hecho disparador. Para continuar con los ejemplos mencionados, Calígula era emperador, amaba a su caballo, y en Roma había cónsules. Nerón, por su parte, fue emperador durante un incendio sin paralelo hasta entonces. Lo que sucede hoy, y es una verdadera amenaza a la libertad, es que las opiniones personales están siendo catalogadas de “noticia falsa”. Una opinión no es un evento, no puede jamás ser falsa, incluso en el más acérrimo de los desacuerdos.

Tristemente para nosotros, la censura tampoco es nueva. Platón, padre de la filosofía que moldeó Occidente, hizo propuestas para “modificar” La Ilíada, el poema épico más influyente de la historia, que rozaban lo ridículo. Si Platón hubiese tenido éxito, La Ilíada sería un cuarto de su extensión y básicamente sería incomprensible. Siempre ha habido personas que, creyéndose más listos (o más “puros”) que los otros, han argumentado vehementemente en favor de la censura. Sus razones son siempre “el bien común”, por supuesto.

Platón no fue el primer censurador; es el que elijo porque posa un problema pertinente que nos afecta directamente: ¿y si los atenienses, ofendidos con la soberbia y caprichos de Platón, lo hubiesen “cancelado”? Pues bien, no tendríamos las bases del cristianismo, ni a Aristóteles, y por lo tanto, tampoco al método científico. Las intenciones de Platón eran execrables, sí, pero “cancelarlo” nos hubiese costado nuestra civilización actual.

Este artículo no pretende justificar la manipulación de la información bajo la excusa de que “siempre ha existido”. No ambiciona perdonar tampoco la arrogancia de quienes se sienten tan por encima de nosotros que proponen una edición masiva de lo que consideran impoluto, inoportuno o incorrecto según sus estándares (absolutamente subjetivos, por supuesto). Lo que buscan estas palabras es que nos preguntemos qué hacemos con el disentimiento, qué hacemos con el desacuerdo, qué hacemos con lo que no nos gusta.

De eso depende la libertad, de eso depende la calidad de nuestra academia, de eso dependen los valores republicanos y sus instituciones. Si esto no nos invita a rebelarnos contra la “cultura de cancelación”, no seremos héroes “luchando por el bien común”. Seremos cómplices.

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