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El ascenso del neocolonialismo chino en África que todos ignoran

El rápido ascenso del neocolonialismo chino en África

Las prácticas abusivas de China en África dejan ver no solo las ambiciones del país asiático, sino la ausencia de quienes dicen actuar en nombre de la libertad

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Las naciones suelen tener relaciones pacíficas cuando desarrollan acuerdos comerciales que beneficien a todas las partes involucradas. Este, de hecho, es uno de los grandes argumentos en pos del libre mercado internacional (el otro, a saber, es el más evidente: la prosperidad).

Esto no significa que no existan quienes construyan instancias de abuso. Tal es el caso de China que, desde la implementación de la política “Go out” (una estrategia que fomenta la inversión de empresas locales, en su mayoría estatales, en el extranjero) en 1999, pretende reivindicarse como nación líder en el mundo.

Fue el comercio (y, obviamente, no el comunismo) el que sacó a millones de ciudadanos chinos de la pobreza. Aunque la práctica china se acerca más al mercantilismo que al capitalismo y al libre mercado, este solo hecho es motivo de festejo. Sin embargo, además de la naturaleza profundamente totalitaria del Partido Comunista, China se ha convertido, a nivel internacional, en una especie de bully todopoderoso al que nadie se atreve a detener.

Esta realidad es particularmente visible en África, donde el impulso extranjero ostenta tintes ideológicos y confunde “inversión” con “colonialismo”. Es más, China reemplazó hace más de diez años a Estados Unidos como el principal socio comercial de África.

La académica Mary Edel Madeleine Wan Yan Chan explica que los intereses de China en África son principalmente tres: recursos naturales (petróleo y minerales imprescindibles para el país asiático); el nicho de mercado que África representa (al que China puede seducir con bienes manufacturados de bajo costo) y, por último, influencia política a través de un “modelo de desarrollo alternativo” al de Washington.

En África, prácticamente toda nueva obra masiva recibe financiación a través del BRI (Belt and Road Initiative en inglés, o Nueva Ruta de la Seda en español), el proyecto a través del cual China formará un conjunto de vías ferroviarias y marítimas en una primera instancia con Europa, pero que afecta 60 países, el 75 % de las reservas energéticas del mundo y al 70 % de la población mundial.

China celebra los 100 años del Partido Comunista. África ha sido uno de los continentes que ha visto crecer el neocolonialismo chino en su territorio. (EFE)

Existe, además, una política de préstamos (que no necesariamente cae bajo la categoría BRI) que crea inmensas deudas por parte de los distintos países africanos para con China. Como explicó el exsecretario de Estado Rex Tillerson «las inversiones chinas tienen el potencial de resolver el déficit de infraestructuras de África, pero su enfoque ha conducido a una deuda creciente y a pocos o ningún empleo en la mayoría de los países. Cuando se une a la presión política y fiscal, esto pone en peligro los recursos naturales de África y su estabilidad económica y política a largo plazo». De hecho, China posee al menos el 21 % de la deuda africana, y los pagos representan casi el 30 % del servicio de deuda de 2021.

Estas inversiones no son anodinas ni meramente comerciales. No hay certeza en cuanto a la rentabilidad de algunos proyectos. Al día de hoy, no se sabe si generarán suficiente actividad económica para devolver esos préstamos. El interés, entonces, está en otro lado.

Al propiciar una red de países dependientes de sus inversiones, China asegura que ciertas naciones, notoriamente en vías de desarrollo, miren para otro lado cuando el mundo libre condena su autoritarismo en Hong Kong o sus campos de concentración para uigures.

Según Eric Olander, cofundador del China Africa Project, la política exterior africana a menudo se reduce a no ofender a China. «Como países pobres y en vías de desarrollo —muchos de los cuales también están muy endeudados con Pekín y dependen de China para la mayor parte de su comercio— no están en condiciones de resistir el golpe inmediato que supondría molestar a China», agregó.

Gordon Chang, especialista en Asia, dijo que «una vez que [China] encierra a los países, los hace dependientes. Pekín consigue su apoyo para objetivos geopolíticos, y uno de estos objetivos es socavar la democracia».

And along came COVID. Desde el estallido de la pandemia del nuevo coronavirus, la expansión de China en el continente africano se ha magnificado.  La “diplomacia de vacunas” se ha expandido por 13 países en forma de compra o donaciones (cifra que Occidente no ha sido capaz de igualar. Cabe señalar aquí que China también forma parte, junto con varios países occidentales, del mecanismo Covax).

Antony Blinken, secretario de Estado de la actual administración, dijo en este sentido que «no pedimos a nadie que elija entre Estados Unidos o China, pero les animo a que hagan esas preguntas difíciles, a que escarben bajo la superficie, a que exijan transparencia y a que tomen decisiones con conocimiento de causa».

Esta problemática no es exclusiva de África. Las prácticas abusivas de China se ven en América Latina e incluso en Europa. China financió en Montenegro una autopista que el país no podrá pagar, ya que su costo supone más del 100 % de su PBI. Ayudar a Montenegro, explica Stefan Vladisavljev, coordinador del think-tank Belgrade Fund for Political Excellence, «es la forma más fácil de establecer una esfera de influencia en la vecindad inmediata de la Unión Europea».

Las comparaciones entre China y la Unión Soviética abundan al punto de convertirse en redundancia. La “guerra fría contra el dragón” ha sido objeto de estudio de economistas, funcionarios, militares, historiadores y analistas políticos. Una cosa, no obstante, es cierta: un mundo endeudado con China no es el mundo próspero y libre al que el comercio beneficia; es un mundo endeudado con el totalitarismo, la barbarie y, a fin de cuentas, con la muerte.

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