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El ascenso del «Sueño Chino»

El origen de este Sueño es el confucianismo, el maoísmo y el «xiaopingsismo»

El «Sueño Chino», como Xi Jinping llama al proyecto con el que piensa robustecer y expandir el poderío de China, toma el paradigma nacionalista y lo degenera hacia uno «jingoísta» de abierto ataque contra el mundo. Para lograr su primacía, la estrategia que el Partido Comunista de China (PCCh) se plantea impulsar no es de full-contact, pero sí de desestabilización externa, infiltración de países y dominación sincronizada.

En el informe 2020 China Military Power, hecho por el Departamento de Defensa (DoD) de Estados Unidos, se desarrolla todo un análisis sobre cómo China se piensa en el mundo, cómo se considera respecto a este y las respuestas a tales cuestiones… el qué piensa hacer con el mundo.

En un primer apartado titulado Understanding China’s Strategy se lee que el Sueño Chino es una aspiración de larga data de «restaurar» China a una posición de fuerza, prosperidad y liderazgo en la escala mundial. Ahora bien, todo esto es conceptualizado por el PCCh en los términos de «modernización» y «rejuvenecimiento» del gigante asiático, y si bien puede parecer epopéyico en un primer momento, el uso de ambas palabras tiene un peso histórico.

El origen del Sueño Chino

Al hacer un breve flashback nos damos cuenta de que China es una nación antiquísima, milenaria, cuyo mayor enemigo no fue la modernidad en sí —como puede entenderse en Occidente—, sino que fue la Revolución Cultural de Mao Zedong. Mao identificó al pensamiento, la cultura, las costumbres y las tradiciones como los componentes de la historia del país —y como enemigos personales—, a quienes llamó los «Cuatro Viejos». Con su revolución se propuso destruirlos, junto a todo lo que estuvo antes de él para así poder hacer su propio muñeco de la sociedad china, al la cual manipular a su gusto.

En un poema, Mao evoca al emperador Qin Shi Huang, quien quemó el acervo cultural e intelectual de China, diciendo «Tened la bondad de no difamar al emperador Qin Shi Huang, pues hay que considerar de nuevo con detención la quema de libros».

Por otro lado, Henry Kissinger en su libro On China comenta las intenciones reales del líder comunista:

«Mao fue el primer dirigente desde la unificación de China que impulsó la destrucción de las tradiciones chinas en una acción deliberada de la política estatal. Consideraba que rejuvenecía a China al deshacerse, en ocasiones de forma violenta, de su antiguo patrimonio».

Mao incluso habló de «desintegrar China como un átomo» —llevando consigo su antiguo orden— soltando una «energía térmica que tendrá una terrible potencia». Como él, Xi Jinping se plantea textualmente un nuevo rejuvenecimiento.

Sueño Chino
De lo anterior a la «Nueva Era» anunciada por Xi Jinping se obtuvo la fuerza necesaria para la «prosperidad moderada» y con esta, impulsarán esfuerzos para «acabar con las desigualdades en el desarrollo económico». (Foto: Flickr)

El origen de este Sueño, que anhela y que quiere reactivar el PCCh, es uno dividido en tres niveles: el confucianismo como moral política oficial, el maoísmo como el ideario de defensa de la soberanía y el «xiaopingsismo» como consolidación contemporánea económica y civil. El «Sueño Chino» es un sincretismo religioso «armonizado» —utilizando términos confucianos— donde el líder y su burocracia son dios e iglesia, y su prédica la moral absoluta que debe arropar a China.

Ahora, Kissinger aseguraba que si bien China no se interesaba por la validez universal de sus instituciones para otros sistemas políticos (a diferencia de Estados Unidos), su excepcionalidad es cultural. Y lo es —por más que deteste estar de acuerdo con el exsecretario—. La cultura china se funda en una tendencia imperial, una disciplina y resiliencia revolucionarias y un corporativismo depredador como método elástico para adecuarse a las otras dos primeras bases.

Durante la ocupación japonesa en China entre las décadas 30 y 40, el PCCh exiliado en Yan’an, se propuso bajo las directrices de Mao desarrollar una «cultura de masas» que sin quererlo repitió el mismo fenómeno que los bolcheviques provocaron en Rusia: tomar las viejas estructuras y la cultura imperial, desembarazarlas de todo matiz «burgués» y «tradicionalista» y moldearlas a las necesidades revolucionarias.

Esas necesidades revolucionarias hoy demandan una mayor disciplina y mayor agresividad ante el aumento de las amenazas a la proyección que China se ha trazado.

La realpolitik del Sueño Chino

El Sueño Chino tiene su propio dogma hallado en la «línea básica» del PCCh e indica que:

« en la primera fase del socialismo debe liderar todo el pueblo de China unido en un esfuerzo autosuficiente y pionero, haciendo del desarrollo económico la tarea central, manteniendo los Cuatro Principios Cardinales y manteniéndose comprometido a la reforma y a la apertura, para ver a China convertirse en un gran país socialista moderno que es próspero, democrático, avanzado culturalmente, armonioso y bello».

Estos «Cuatro Principios Cardinales» establecidos por Den Xiaoping son:

  • el principio de defender el camino socialista,
  • el principio de defensa de la dictadura democrática popular,
  • el principio de defender el liderazgo del PCCh y
  • el principio de defender el pensamiento de Mao Zedong y el marxismo-leninismo.

Con su dogma y sus mandamientos comunistas, el potencial económico de China ha hecho de la globalización su arma preferida para la avanzada por el poder y la primacía política. Un artículo de Matt Schrader para Foreign Policy afirma que la forma de juego de Beijing es fundamentalmente económica, amigable y paternal con los aliados, a quienes premia con lucro o puestos de mando, y altamente agresiva y disruptiva con los enemigos (comerciales y políticos), a quienes cerca y pulveriza.

En este sentido, las ambiciones externas destacadas por el informe del DoD son la creación de un «ambiente internacional favorable» y «liderar la reforma del sistema de gobernanza mundial». Por eso el PCCh lleva adelante la estrategia de desestabilización externa (guerra comercial, interferencia en asuntos políticos, etc.), infiltración en los asuntos domésticos (control de industrias, financiamiento de medios de comunicación, movimientos o políticos, asesoramiento ideológico) y dominación sincronizada (el alineamiento de líderes y partidos leales al PCCh y los intereses de este).

Otras ambiciones externas reportadas son la unificación con Taiwán y Hong Kong —en los términos de Beijing— para 2049. Para la «situación» de Hong Kong, China no se ha detenido en el debate sobre las densidades de los derechos humanos o de las libertades civiles, y aprobó una nueva ley de seguridad que limita libertades y legaliza extradición a la Mainland. Con esto, académicos pro-PCCh aseguran con vehemencia que esta ley es una forma de experimentar la inminente retomada de Taiwán. Ante esto, Taiwán está armándose hasta los dientes con ayuda de los Estados Unidos.

Pero estas ambiciones internas pasan —para amargura de la memoria de Mao— por una armonización confuciana de fuerzas internas y externas, de movimientos centrífugos y centrípetos. De lo anterior a la «Nueva Era» anunciada por Xi Jinping se obtuvo la fuerza necesaria para la «prosperidad moderada», y con esta impulsarán esfuerzos no para acelerar el crecimiento, sino para «acabar con las desigualdades en el desarrollo económico» y las economías de los chinos. Estos movimientos hacia adentro acumularán la fuerza suficiente para convertirse en un «líder global en innovación» y para «básicamente» completar su modernización militar. El informe del DoD también asegura que China «buscará fortalecer su soft power internacional».

El «Sueño Chino» es la primacía irrebatible que Xi Jinping quiere lograr por encima de un Estados Unidos atribulado y una Rusia titubeante. En 2013 Xi preguntó en un discurso «el sistema ideológico que un país implemente depende de un asunto crucial: ¿puede esta ideología resolver los problemas históricos que enfrenta el país?», y para efectos de poder y hegemonía, la ruta comunista a-la-China ha funcionado para el gigante asiático. Las ventajas de su modelo comercial y el proyecto One Belt, One Road (OBOR) inclina las voluntades regionales hacia Beijing y las aleja de la utopía de libertad universal de Estados Unidos.

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