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China Beijing

Asia se agrupa contra las aspiraciones imperialistas de Beijing

La mayor diferencia entre la previa Guerra Fría y la actual sería de naturaleza económica: China logró un papel en el comercio y las finanzas internacionales que el poder soviético no alcanzó jamás.

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Hace años que estamos en la segunda Guerra fría, un conflicto geoestratégico global que tiene tan poco en común con la I Guerra Fría, como la II Guerra Mundial tuvo poco en común con la I Guerra Mundial.

En nuestros tiempos nuevamente emergen dos superpotencias pugnando por la hegemonía global: de un lado la Republica Popular China, un tecno totalitarismo de partido único que adoptó lo indispensable de una economía de mercado para conseguir transformarse en la segunda economía del planeta, pero sin renunciar al control social y el poder dictatorial de un totalitarismo marxista.

Del otro lado, encontramos lo que nuevamente tenemos que denominar “el mundo libre” y a su cabeza la primera potencia económica y militar del planeta: los Estados Unidos de América.

La mayor diferencia entre la previa Guerra Fría y la actual sería de naturaleza económica: China logró un papel en el comercio y las finanzas internacionales que el poder soviético no alcanzó jamás.

Beijing obliga por ley a las corporaciones “privadas” chinas a operar como agentes de su aparato interno y externo de inteligencia. Los negocios con China no son “únicamente negocios”, sino algo mucho más obscuro y peligroso.

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La región clave de esta confrontación es Asia, y su frente más importante el Indo-Pacífico. A esa luz debemos analizar los votos de las naciones asiáticas en la condena a la invasión rusa de Ucrania en las Naciones Unidas. La Asamblea General de la ONU condenó a Rusia por invadir a Ucrania con 141 votos a favor, 4 en contra, 35 abstenciones y 12 países que no votaron. De Asía se abstuvieron –además de China e India– Armenia, Bangladesh, Kazajstán, Kirguistán, Laos, Mongolia, Pakistán y Vietnam, y entre los que no votaron se encontraron Azerbaiyán, Turkmenistán y Uzbekistán.

Rusia sigue siendo una potencia hegemónica en Asia central, por lo que casi toda la región se abstuvo de condenar al Kremlin. Buena parte de los que se abstuvieron son miembros de la Unión Económica Euroasiática, liderada por Moscú, y de la Asociación del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), un pacto militar entre las antiguas republicas soviéticas de Asia central y Moscú; pero la alianza desigual entre Rusia y China apunta hacia un Kremlin cada vez más dependiente de Beijing en el futuro.

El grueso del Sudeste de Asía condenó la invasión rusa desafiando a Beijing. China reclama soberanía sobre el mar de esas naciones e incrementa su presencia militar en el Mar de China meridional para alcanzar la hegemonía sobre el Sudeste de Asia y extenderla a todo el Indo-Pacífico.Vietnam se abstuvo porque Rusia es su principal proveedor de armas.



Pero Hanói ve el peligro de depender de una Rusia cada vez más cercana a China, y al igual que Nueva Delhi, se aproxima a Occidente. Taiwán no vota en la ONU, pero Taipéi colocó fuerzas en alerta máxima temiendo que Xi Jinping invada Taiwán como Putin invadió Ucrania, luego que Beijing incrementase su agresividad en el Mar de la China Meridional. Los países del AUKUS no se han movilizado todavía en dicho mar y nadie está apoyando preventivamente a Taiwán.

Nueva Delhi todavía depende del armamento ruso y teme que la estrecha relación entre Rusia y China se vuelva en su contra en medio de un conflicto fronterizo con una China que apoya a Pakistán contra la India. Por eso se han aproximado a Japón, Australia, el Reino Unido y los Estados Unidos.

Pero en Washington la administración Biden se niega a enfrentar seriamente el desafío de Beijing y en Nueva Delhi el primer ministro Modi se aferra al sueño de un mundo multipolar, donde potencias secundarias como Japón, Australia e India habrían tenido más peso.

En Moscú, Dugin sueña un bloque geopolítico equivalente a la desaparecida Unión Soviética, proyectando el poder ruso sobre toda Eurasia. Putin vende esos sueños imperiales a los nacionalistas rusos para justificar su creciente autoritarismo, pero la economía ya no llega ni a un décimo de lo que hoy es China. Moscú no puede financiar un nuevo sueño imperial. Beijing sí puede y está apostando todo a lograrlo.


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