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La bicicleta: por qué despenalizar el aborto

La bicicleta: por qué despenalizar el aborto

Aunque el aborto no es deseable, su despenalización es la vía más sensata

Despenalizar el aborto (o no) es sin dudas uno de los temas que más polémica desata, y no sin motivos. Para empezar —y sepa el lector que las preguntas tienen de mi parte un profundo cuestionamiento filosófico que trasciende, o pretende trascender, lo jurídico— ¿es moralmente aceptable acabar deliberadamente con la vida de un ser humano?

Aunque muchos se obstinarán en la negativa, lo cierto es que la respuesta, por mucho miedo y rechazo que nos cause, es “depende”. Si yo estuviera, a modo de ejemplo, en las fauces de un tiburón blanco de siete metros, probablemente agradecería si un eventual pescador, testigo accidental de mi destino, me disparara y acelerara el proceso. Cualquier intento de rescate, en una situación tan extrema, es fútil.

En el caso de un no-nato estas no son las condiciones. No hay, evidentemente, voluntad por parte del ser humano en cuestión que se manifieste (no voy a entrar en el debate de si un feto es un ser humano —o una “persona”— o no, porque desde lo filosófico no aporta mucho. Además, ¿qué voy a estar engendrando en mi vientre en tanto hembra homo sapiens? ¿Un elefante?). Sin esa voluntad explícita, la misma que se requiere, por ejemplo, para implementar en toda legalidad la eutanasia, lisa y llanamente estamos incurriendo en asesinato.

¿Es necesario, además, despenalizar el aborto, cuando en la mayoría de los países occidentales, el acceso a métodos contraceptivos es gratuito o de muy bajo costo? En varias naciones, tanto del mundo desarrollado como en vías de desarrollo, basta acercarse a un hospital y pedir un preservativo. Nadie cobrará nada. En Francia, las pastillas anticonceptivas son cubiertas por la seguridad social hasta los 25 años (siempre y cuando se presente un certificado médico).

Contamos, además, en la mayoría de estos países, con una educación sexual sólida, normalmente en algún momento de la secundaria, que nos advierte de los peligros de mantener relaciones sexuales sin protección.

La pregunta, entonces, se repite: ¿es deseable, a pesar de todo los aspectos explicados (y ni siquiera los he cubierto todos), despenalizar el aborto?

Sí.

En primer lugar, nadie en su sano juicio está a favor del aborto per se (y aquí vale remitirse a la conclusión del tercer párrafo de este texto). Lo que tantos defendemos es su despenalización, la habilitación por parte del Estado a que las mujeres no seamos penalmente perseguidas por haber estado en una situación tan desesperante que la única salida haya sido una decisión absolutamente radical y con inmensas secuelas emocionales.

En segundo lugar, eso del “¿por qué abortar cuando un niño se puede dar en adopción y se salvan así ‘las dos vidas’?” sucede solamente en el más ideal de los mundos, ese en el que el comunismo jamás habría sido escuchado y celebrado por más de dos individuos de dudosa capacidad crítica.

Ese mundo en el que, evidentemente, todos querríamos vivir, no existe. Y esta segunda “solución ideal” (la de la eventual adopción) es particularmente problemática porque asume una mentira numerosas veces repetida: que “lo difícil” llega pura y exclusivamente después del parto.

Por un lado, un feto puede presentar complicaciones de salud que amenacen directamente la integridad física de la madre. Por otro, incluso cuando este no sea el caso, esos nueve meses con un bebé no deseado en el vientre pueden ser una verdadera pesadilla.

Contrariamente a la creencia de quienes se oponen a despenalizar el aborto, no hablamos aquí exclusivamente de mujeres que, después de un one-night stand, descubren de repente que sus actos tienen consecuencias que afectan, a saber, no solo a su cuerpo. En la mayoría de los casos, el aborto es una decisión infinitamente difícil que compete a mujeres en situaciones de extrema vulnerabilidad. 

Y de eso yo debería saber alguna cosa.

A los doce años, fui víctima de una violación, como es lamentablemente el caso de tantas personas. Recuerdo vívidamente cada situación, cada sensación, cada intento de defensa. Recuerdo el golpe de mis omóplatos y mis caderas en aquel piso frío, frío como la indiferencia. Recuerdo el peso, sobre mí, de un individuo más alto y fuerte que yo. Recuerdo que, una vez que me di cuenta de que nada lograría a golpes, vi una bicicleta contra la pared frente a mí. Durante todo el acto, después incluso de la penetración, intenté con mi pie hacer caer la bicicleta sobre mi violador. “Le dolerá —pensé— y tendrá que parar”. No fue así. Se salió con la suya. 

La bicicleta: por qué despenalizar el aborto
Hay casos de extrema vulnerabilidad. (Flickr)

Mis recuerdos no terminan ahí. Al día siguiente, los moretones en mi cuerpo, en mi espalda. Tuve que poner tres espejos en una posición específica para verlos en su totalidad. Recuerdo las uñas astilladas, la cara de vergüenza. Recuerdo el sentimiento de culpa porque, según razoné, “esto no le pasa a todo el mundo, y si me pasa a mí es por algo que hice”. Recuerdo los llantos que quebraban las noches, el aislamiento. Recuerdo haber pensado que lo mejor sería desaparecer de todos los sitios, de todos los tiempos, para siempre.

No quedé embarazada, afortunadamente. Pero ¿y si sí? ¿Cómo enfrentaría al mundo durante esos eternos nueve meses? ¿Qué haría ese bebé, inocente hasta la médula (estamos de acuerdo), con mi cuerpo de niña? Yo empezaba el secundario, ¿qué haría de mis estudios, de mi vida social? Todavía tenía, en mi dormitorio, Barbies. Yo habría tomado esa decisión radical, y sé que habría contado con el apoyo de mis padres. 

Creo que despenalizar el aborto es la respuesta más sensata no porque el aborto sea algo deseable, claramente no lo es. Creo en ella porque a veces, y esto es duro de reconocer, es simplemente el menor de los males. En estas circunstancias es necesario contar con legitimidad dentro del sistema de salud. La víctima no puede ser equiparada al victimario, no puede seguir siendo bastardeada por él.

En lo personal, sané. Sané porque vengo de una familia que me lo dio todo y porque estoy hecha de titanio. Sané y mis relaciones también sanaron. Jamás vi a los hombres como predadores sexuales ni creo que sean todos potenciales violadores, tales son los eslóganes del fanatismo que siembra odio con ánimos de división en lo que no es más que una tonta lucha de poder.

Pero de haber quedado embarazada no habría sanado. Aunque abortar me hubiese afectado psicológicamente, esa opción hipotética se acercaba más a la sanación que su opuesto.

Nadie debería querer abortar. Pero enfrentados al horror, a la incertidumbre, al miedo y a la culpa, esa opción debería ser legal. Y este último recurso debería ser objeto de más comprensión por parte de los libres.

1 comment
  1. Muy triste su historia y lamentable, pero el aborto el aborto aún debe ser penalizado, por el simple razón de que se trata de un asesinato y otra cosa sería legitimizar el crimen y declarar el aborto moralmente aceptable. Yo vivo en Cuba, el primer país de Latinoamérica en despenalizar el aborto, una gran parte de las mujeres lo práctica sin ningún remordimiento, como si de un tumor se tratara, dado que es socialmente aceptado. La hipótesis de que las mujeres solo abortarían en casos extremos, solo es real en mujeres instruidas y virtuosas, no en mujeres ignorantes, inmaduras y malas. En Cuba ahora el aborto está permitido solo en casos muy peculiares, no porque el gobierno ame la vida, sino porque entre la emigración, las muertes, y los millones de abortos practicados, la población cubana está diezmada tremendamente. El aborto es un error como política de país.
    Por otra parte, imagínese que el desgraciado que abusó de usted siendo una niña inocente e indefensa, quedara libre y sin cargos. Imagínese que despenalizaran las violaciones. ¿Cuántos criminales podrían violar a niñas indefensas? Pues lo mismo ¿a cuántos niños niños indefensos se les quitaría lo más sagrado que tiene una persona, la vida? Usted se sintió indefensa ante el violador, sufrió pero tuvo la oportunidad de levantarse.
    ¿Cuando niños descuartizados en vientre de su madre, no han tenido la oportunidad de ello? Ni siquiera han tenido la oportunidad de empujar una bicicleta para herir simbólicamente a sus agresores.
    Señora, no todos estamos de acuerdo en que nos mate el pescador, algunos preferimos luchar contra el tiburón, a lo mejor salimos sin un brazo pero con vida. El problema es que bajo el agua no se puede hablar, solo el pescador puede decidir.
    Su artículo es sentimentalista e irresponsable.

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