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A portrait (C) of US President-elect Joe Biden, created by Kenyan artist Joseph Njoroge, also known by his artist name 'Josey Arts,' stands amongst other artworks in Ruiru, Kiambu, Kenya, 09 November 2020. Biden defeated incumbent US President Donald J. Trump in the US 2020 Presidential Election. (Elecciones, Kenia, Estados Unidos) EFE/EPA/Daniel Irungu

Biden y Black Lives Matter, dar es lo que aniquila

Prometer no empobrece, dar es lo que aniquila. Las promesas de Biden hacia la izquierda radical pueden ser letales para el éxito de su posible gobierno

Estimado Joe Biden, acuérdese que “prometer no empobrece, dar es lo que aniquila”. Así lo proclama la sabiduría popular y en pocos lugares es más cierto que en la política. Durante la campaña, los candidatos tienen la tentación y los incentivos para promover reformas radicales y emocionar a los grupos más fanáticos dentro de su propio electorado, sabiendo que estos movilizan las redes sociales, generan una sensación de potencia para el partido e impulsan el voto en forma auténtica e incluso gratuita.

Sin embargo, llegado el momento de estar en el gobierno, los candidatos triunfadores se topan con la dificultad de que esa agenda, que era tan atractiva para emocionar simpatizantes en los mítines, resulta políticamente tóxica e incluso potencialmente letal cuando se convierte en parte de la administración pública.

Por lo tanto, lo normal es que aquellas promesas de modificaciones drásticas al marco legal se diluyan en matices y “avances incrementales”. El problema es que, mientras para algunos activistas este viraje hacia el centro político forma parte del natural del proceso democrático, para otros puede constituir una traición directa.

Ello coloca al candidato ganador en una situación precaria: respaldar la agenda radical, a costa de alienar a los mucho más numerosos votantes moderados, poniendo en riesgo su reelección y la de cientos de candidatos del partido en los estados, o virar hacia el centro y asumir el riesgo que la furia de los radicales a quienes él mismo alimentó se dirija en su contra y acabe perdiendo tanto a los moderados como los emocionados.

Biden y las exigencias de la izquierda

Aunque todavía no es seguro que Joseph Robinette Biden Jr. sea el próximo presidente de los Estados Unidos, lo que queda claro es que incluso antes de que ponga pie en la casa con el número 1600 de la avenida Pensilvania, tendrá que enfrentar la decisión más complicada de su vida política. Si se equivoca, aniquila su administración.

Ya el 7 de noviembre, al anunciarse como ganador, Biden pareció optar por el camino de la moderación, al comprometerse a ser un presidente que busque unificar y afirmó que “es momento de dejar de lado la retórica estridente, bajar la temperatura, escuchar y mirar nuevamente al otro”, reconociendo que quienes votaron por Trump “no son nuestros enemigos, son americanos.”

Sin embargo, ese mismo día, la izquierda radical le recordó que tiene deudas y que se las van a cobrar. La “red global” de “Black Lives Matter” (BLM) le envió una carta a Joe Biden y a Kamala Harris en la que les felicitan por ser electos a la presidencia y vicepresidencia de los Estados Unidos y, de inmediato, solicitan una reunión con ambos políticos, para “discutir las expectativas” que BLM tiene respecto a su administración y los compromisos que esta debe asumir.

La carta continúa a medio camino entre la felicitación y la amenaza, afirmando que “los afroamericanos ganaron la elección” y específicamente “Black Lives Matter invirtió mucho en esta elección” por lo que, a cambio de su voto quieren que su agenda sea priorizada por el nuevo gobierno y que tanto Biden como Harris “reciban las indicaciones de los organizadores de los movimientos sociales afroamericanos”.

Ese sentimiento resuena en el resto de los activistas de BLM, sintetizado en los señalamientos de Mary Hooks, fundadora de “Black Lives Matter” en Atlanta, quien apunta que “más allá de un barato «gracias»” quieren que el nuevo gobierno cambie las políticas públicas para pagar su deuda con los afroamericanos. Un grupo de activistas optó por enviar el mismo mensaje en forma más dramática, vandalizando las oficinas del Partido Demócrata en el condado de Multnomah (Portland) y adornándolas con pintas al son de  “F**k Biden”, “No presidents” y “BLM”.

Los activistas quieren resultados. ¿Biden se los dará?

No se puede quedar bien con todos

El problema para Biden es que la agenda de “Black Lives Matter”, más allá del componente racial, tiene elementos abiertamente marxistas y está aderezada con exigencias, como la de “desfinanciar a la policía” que son abiertamente rechazadas hasta por los simpatizantes naturales del Partido Demócrata. Asumir como propias las propuestas de BLM no solo incrementaría la polarización y la violencia, sino que aniquila los avances y esperanzas electorales del partido en buena parte del país, y ellos lo saben.

Ya desde el 5 de noviembre, James E. Clyburn, uno de los demócratas más influyentes en la Cámara de Representantes, señaló que, para ganar la mayoría en el Senado, su partido debería alejarse de las posiciones de extrema izquierda antes de las elecciones emergentes para elegir a los dos senadores del estado de Georgia (a realizarse el 5 de enero de 2021). Y no es el único.

El 11 de noviembre, el senador Joe Manchin (D-West Virginia) fue incluso más contundente, tuiteando: “¿Desfinanciar a la policía? Desfinanciar mi trasero. Soy un orgulloso demócrata de Virginia Occidental. Somos el partido de los hombres y las mujeres trabajadoras. Queremos proteger los empleos y la salud de los estadounidenses. No tenemos una loca agenda socialista, y no creemos en desfinanciar a la policía.” En respuesta recibió un tuit con la mirada reprochadora de la influyente Alexandria Ocasio-Cortez.

Dar es lo que aniquila

El punto clave es que, incluso si ganan la Casa Blanca, los demócratas tuvieron una noche bastante mala en las últimas elecciones: no lograron una victoria contundente en la elección presidencial, parece que no equilibrarán el Senado, cedieron posiciones a nivel local y perdieron al menos 9 curules en la Cámara de Representantes (aunque recuperaron 3).

Más aun, los demócratas suelen sufrir mucho en la primer elección intermedia de sus presidentes, y los comicios del 2022 pintan para ser una cuesta arriba incluso peor que la del 2010 para Barack Obama, o la del ’94 para Bill Clinton.

En este escenario, apostarle a los radicales le ganará a Biden la batalla de Twitter, pero le perderá la de las elecciones, así que lo que veremos en los próximos meses será la incómoda y complicada danza del establishment demócrata bailando desde sus posturas radicales hacia un terreno más cercano al centro, mientras abren brechas de conflicto directo con el ala más radical del partido y enfrentan a un Partido Republicano vigorizado por los aprendizajes de la era Trump y por los avances que Donald logró en el voto hispano, afroamericano y asiático.

Ciertamente Biden no será el primer presidente que se vea obligado a contener la furia de los radicales a quienes fomentó en campaña. Ya desde los primeros días de la república, Thomas Jefferson tuvo que moderar desde la Casa Blanca al bando favorable a la revolución francesa, que lo había impulsado durante sus años como opositor al gobierno de John Adams, y al final todo salió bien.

La diferencia es que Biden no tiene ni la fuerza física, ni el prestigio personal de Jefferson. Incluso si realmente gana la presidencia, Joe podría confirmar en carne propia que prometer no empobrece, dar es lo que aniquila.

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