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Biden regresó tras una gira por Israel y Arabia sin proposiciones originales

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El presidente americano, Joe Biden, regresó a la Casa Blanca tras cuatro días por Medio Oriente. Es interesante subrayar que sus posiciones se asemejaron en mucho a las de Donald Trump, quizás porque la realidad no deja espacio a los ingenuos. La diplomacia regional siempre fue compleja y son muchos los países mantienen viejos conflictos y ni siquiera tienen relaciones diplomáticas.

Biden prometió que Estados Unidos no abandonará la zona. La Casa Blanca intentó calmar a gobernantes que llevan años organizando sus propias vías de acción, ante el expansionismo de Teherán. Antes de encontrarse con el príncipe heredero saudita, el presidente se reunió con el dirigente egipcio Abdel-Fatah Sisi; con el premier iraquí Mustafa Kadhimi; y con el líder de Emiratos Árabes Unidos (EAU), jeque Mohammed bin Zayed. Tal actividad, en una gira donde también participaron representantes de Jordania, Bahrein, Qatar, Kuwait y Omán, demuestra lo mucho que se espera de Washington.

 En su discurso previo a la cumbre, Bin Salman conminó a los iraníes a ser “cooperativos y no interferir en asuntos regionales”. Biden, que venía de firmar en Jerusalén un compromiso para usar “todos los recursos” para evitar un arma atómica iraní, volvió a esbozar una suerte de nuevo “eje del mal”. Irán ha negado durante años que busque armas nucleares —nadie les cree— afirmando que refina uranio para usos de energía civil. Afirma que sus violaciones del acuerdo nuclear de 2015 son reversibles si Estados Unidos no levanta las sanciones y retorna al acuerdo.

 Las conversaciones indirectas entre Irán y la administración Biden, que tienen como objetivo volver a cumplir con el pacto, están estancadas desde marzo. Teherán afirmó que nunca negociará su programa de misiles ni su política regional, como le exigen Occidente y sus aliados.

El acuerdo entre Estados Unidos e Israel —la Declaración de Jerusalén— la semana pasada, incluye una postura conjunta contra el programa nuclear de persa y la agresión regional, afirmando que utilizarán “todos los elementos del poder” para evitar que Irán obtenga una bomba atómica.

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El sábado, Washington y Riad acordaron la importancia de evitar que Irán “adquiera un arma nuclear”, según una declaración conjunta difundida por la agencia estatal de noticias saudí (SPA).

“No nos iremos”

“No nos iremos dejando un hueco que puedan rellenar China, Rusia o Irán”, destacó el presidente americano durante la cumbre. “Permítanme decir con claridad que vamos a seguir siendo un socio activo, involucrado en Medio Oriente. Con el mundo volviéndose más competitivo y ante retos cada vez más complejos, es claro para mí cuán estrechamente entrelazados están los intereses de Estados Unidos con la estabilidad regional”, destacó Biden.

Con estas palabras, la Casa Blanca intentó calmar y recuperar la confianza de dirigentes que han pasado los últimos años abriendo sus propias vías diplomáticas, algunas al margen de Washington y contrarias a sus intereses. Para estos líderes, la señal de alarma fue la retirada caótica de tropas en Afganistán, junto con repliegues parciales en Irak y Siria. La elección de Biden y su promesa de defender los Derechos Humanos también inquietaron a los dictadores del desierto.

Así, al margen de Estados Unidos, los saudíes evitaron condenar a Rusia por la invasión de Ucrania; los emiratíes han abierto a los oligarcas sus puertas de par en par; Riad se ha apoyado en China para una incipiente carrera nuclear y ha forjado con el movimiento huzí, apoyado por los iraníes, una tregua en Yemen. Según el Pentágono, Moscú quiere que Irán le venda drones de combate, mientras las opciones de resucitar el pacto nuclear disminuyen cada día.

Joe Biden acudió a Oriente Próximo a mostrar una vía alternativa. Esta estrategia pasa por armar, junto con Israel, un frente político y militar anti Irán, reforzando los Acuerdos de Abraham que creó Trump. Riad anunció que permitirá a los aviones israelíes volar sin límites por su espacio aéreo. El responsable de la política exterior saudí, Faisal bin Farhan, subrayó que tal gesto no implica por ahora una alianza defensiva con Jerusalén.

 Si bien la razón clave para disminuir la presión humanitaria a Riad es exigir que aumente la producción de crudo, lo que se logró fue menos de lo esperado. El anuncio afirmó que Arabia Saudí aumentará su “capacidad a 13 millones” de barriles diarios. El mayor productor mundial no se comprometió a extraer una cantidad concreta para bajar los precios, disparados por la guerra en Ucrania y las sanciones a Moscú. No obstante, la Casa Blanca aseguró que se verán pasos para estabilizar los mercados “en las próximas semanas”.

Si Arabia decide incrementar el ritmo de producción, lo más posible es que este anuncio sea durante la reunión de la OPEC+ —el 3 de agosto—, que incluye a la OPEP y varios países liderados por Rusia.

Riad también se acerca —lentamente— a Israel

 Otro de los puntos donde se observan resultados pronto es la aproximación entre Israel y Arabia. Tras meses de negociaciones entre bambalinas, Biden hizo dos anuncios durante el viaje: Riad abrirá su espacio aéreo a los vuelos civiles israelíes y, además, permitirá que barcos del Estado hebreo sigan gozando de libertad de navegación en las aguas que rodean dos estratégicas islas del Mar Rojo. 

 “Se trata de movimientos muy significativos. Son históricos”, afirmó el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby. Washington quiere ver cómo sus dos principales aliados regionales establecen relaciones diplomáticas, pero podría llevar tiempo, incluso tras los Acuerdos de Abraham, con los que Israel normalizó relaciones con EAU, Bahréin y Marruecos.

A la dictadura palestina de Ramallah, Biden le prometió U$S 315 millones en ayuda. Deben destinarse a la red de hospitales y a la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA). Esta organización, acusada de fomentar el odio y apoyar el terrorismo, perdió el apoyo americano bajo la Administración Trump (2017-2021). De todos modos, cien de los millones no han sido aprobados por el Congreso. 

Un tema en duda es si la solución de dos estados para el conflicto palestino-israelí recuperó fuerza, tras casi desaparecer. El apoyo de Trump a Israel incluyó reconocer Jerusalén como su capital y la soberanía hebrea en el Golán. Biden, que mantuvo ambas medidas, reiteró su compromiso con aquella meta. No obstante, no realizó ninguna propuesta concreta porque el terreno “no es fértil”, algo evidente dada la inoperancia de Ramallah, su financiación a familias de terroristas y el dominio del grupo islámico Hamás en Gaza.

Pese a la necesidad de reparar relaciones, básicamente por la necesidad de petróleo, Biden mencionó el asesinato de Khashoggi durante su reunión con el príncipe heredero Bin Salmán. Intentó dejar claro que Washington siempre defenderá los derechos humanos, aunque deba cuidar también otros intereses.  “Guardar silencio para un presidente americano es algo inconsistente con quiénes somos y con quién soy. Yo siempre defiendo nuestros valores”, afirmó Biden ante las críticas por reunirse con Bin Salmán. La CIA lo culpó de ordenar el asesinato en 2018 del periodista opositor Jamal Khashoggi, en el interior del propio consulado saudita en Turquía.

La gira mostró cierta diferencia entre Estados Unidos e Israel sobre el programa nuclear persa. Biden defendió la diplomacia, aunque avisó de que se le está acabando la paciencia. El premier israelí, Yair Lapid, defendió poner sobre la mesa una amenaza militar creíble para detener a la teocracia islámica.

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