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Oclocracia, big tech

Big Tech y la construcción de una verdad oficial

La carrera polítca de Trump nunca habría despegado sin los medios alternativos y las redes sociales. La supresión disimulada, la desmonetización y el cierre de cuentas han sido piezas claves en la estrategia para acabarla

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«In China you have a State Run Media. In America you have a Media Run State.» —Darren J. Beattie, exredactor de discursos de la Casa Blanca

La ola de censura cibernética ha mostrado una vez más la cara infantilizadora de un progresismo que considera a las personas agentes pasivos y acríticos, incapaces de filtrar la información que se les expone por sí mismas.

La plataforma YouTube informó el pasado diciembre que no permitiría la publicación de videos que discutiesen un “fraude masivo” en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El anuncio llegaba en el marco de una serie de purgas que el sitio web ha venido implementando en los últimos años. Y el 2021 comienza aún con mayores ataques a la libertad de expresión, con el esfuerzo concertado del resto de miembros de Big Tech en expulsar de internet al presidente Donald Trump.

El punto de inflexión

En un 2016 que estuvo marcado por la revuelta populista del referéndum del Brexit, la elección de Trump y el rechazo a los acuerdos de “paz” en Colombia, la guardia pretoriana del orden establecido se propuso evitar que se repitieran las condiciones que le trajeron esos reveses electorales.

Actualmente no existe tal cosa como un “libre mercado de ideas”. En condiciones normales —no digamos idénticas, pero al menos no tan groseramente desiguales— las fuerzas del globalismo pueden perder. Esto es inadmisible para las élites demofóbicas. Según su razonamiento, la gente se equivoca votando y debe ser protegida de sus malas decisiones. La aspiración es una democracia tutelada; una democracia entendida no como un medio para encauzar los conflictos, sino para hacerlos desaparecer en la trituradora del consenso. El primer paso para crear esa forma particular de “democracia” es la construcción de una verdad, y el primer paso para construir dicha verdad es reducir los límites del discurso permitido.

La privatización de la esfera pública

Hemos hecho gran parte de nuestra vida dentro de la web, y unos pocos tienen la capacidad de borrarnos de ella de un plumazo.

Quienes preservan el marco mental de la Guerra Fría y la concepción clásica del totalitarismo como fue aplicado en el siglo pasado son incapaces de advertir los signos del nuevo totalitarismo, más sofisticado y sigiloso. Hoy la ofensiva liberticida que busca imponer la uniformidad de pensamiento proviene menos de los gobiernos que de los órganos de la cultura popular, las grandes corporaciones mediáticas y, por supuesto, de las redes sociales y las plataformas digitales. Al punto de que la cultura de la cancelación (cancel culture), uno de los grandes retrocesos en materia de pluralidad de voces de nuestra época, es un fenómeno casi exclusivamente privado.

La carrera política de Trump nunca habría despegado sin los medios alternativos y las redes sociales. La supresión disimulada, la desmonetización y el cierre de cuentas a conservadores influyentes que lo apoyan han sido pieza clave en la estrategia para acabarla.

El canario en la mina

Hasta Chomsky, que casi nunca parece acertar, tiene razón en una cosa: si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto.

Cuando Alex Jones fue expulsado en 2018 de todas plataformas donde publicaba contenido, la mayor parte de quienes se erigen en paladines de la diversidad de pensamiento calló. El miedo a ser asociado con sus teorías de conspiración se impuso a las consideraciones principistas. La cuestión es que cuando se trata de censura y recortes de libertades, la pendiente resbaladiza es real. Los mismos actores que convirtieron a Jones en un paria digital, hoy hacen lo propio con el supuesto hombre más poderoso del mundo: el presidente americano.

Una estrategia peligrosa y contraproducente

Pero la triste ironía para las Big Tech es que empujar estas figuras hacia los márgenes, arrinconarlas, les confiere la épica de los perseguidos, haciéndolas incluso más seductoras para los jóvenes y los antisistema desnortados. En algunos círculos haber sido “baneado” de Facebook, Twitter o YouTube es un signo de validación.

La manipulación, la mentira y el complotismo deben combatirse con información y datos verificables; no con censura, “patologización de la divergencia” (Finkielkraut dixit) y mucho menos con la creación de delitos de odio, que solo conduce a la judicialización de los debates públicos.

La orden ejecutiva de Trump para “combatir la censura en internet”, que tanta polémica causó dentro de esa derechita temerosa de usar el poder cuando lo tiene, no fue más que un brindis al sol. Viendo en retrospectiva, parece tonto que se perdiera tanto tiempo en think tanks y medios liberal-conservadores discutiendo los supuestos peligros de una iniciativa tan tibia. Lo que ha debido hacer el presidente al principio de su mandato, cuando tenía mayoría en ambas cámaras (porque esto no es nuevo), era reformar las leyes antitrust y explorar los mecanismos que limiten el control de los CEO de Silicon Valley.

La reafirmación de una hegemonía

Difícilmente podemos ver una película, serie, entrega de premios o competencia deportiva sin ser bombardeados con mensajes políticos: desde atletas arrodillados hasta pedidos abiertos de voto. Hoy la propaganda progresista es tan oblicua, que no basta con cambiar el canal. No existe terreno neutral. Una tendencia que dominaba la vieja guardia mediática ha llegado al mundo digital. El adversario, en la embriaguez de su victoria, en la hybris de su triunfo, reafirma su hegemonía.

Sin embargo, hay algo prematuramente derrotista y autoguetizante en migrar por completo hacia plataformas como Parler y BitChute (sucedáneos de Twitter y YouTube, respectivamente), cámaras de eco donde se predica solo a los convencidos. Mientras sea posible, y no se efectúen los cambios legislativos necesarios (que debemos demandar), toca sortear las restricciones y seguir difundiendo nuestro samizdat por las vías regulares, socavando desde dentro la dictadura woke.

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