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BLM: la revolución silenciosa para llevar el socialismo a la Casa Blanca (parte 3)

Con un fuerte ideario marxista y en línea con un Nuevo Orden Mundial que promueva el aborto y la ideología de género, sus tácticas se relacionan más con el alegato histórico de la izquierda tradicional que con grupos anarquistas

¿Qué más se sabe de “Black Live Matter” (BLM), una organización que recibe donaciones del Partido Comunista chino en EE.UU?

El verdadero ascenso de BLM arrancó entre 2014 y 2016 con la creación de más 30 agrupaciones municipales, repartidas entre Canadá y EE.UU., donde reciben millonarias donaciones públicas y privadas.

El uso de las redes sociales para transmitir su mensaje también es altamente representativo del estilo político de la organización. A través de estas plataformas, la dirección de BLM llega directamente a sus seguidores, predominantemente jóvenes, con un lenguaje reivindicativo, centrando su discurso en las muertes de personas negras a manos de policías blancos y lanzando burlas a la élite política republicana.

Con un fuerte ideario marxista y en línea con un Nuevo Orden Mundial que promueva el aborto y la ideología de género, sus tácticas se relacionan más con el alegato histórico de la izquierda tradicional que con grupos anarquistas.

Según un sondeo de la Universidad de Princeton y el “Armed Conflict Location and Event Data Project” (Acled), organización especializada en estudiar el origen y el alcance de los movimientos sociales en todo el mundo, desde la muerte el 25 de mayo en Minneapolis del afroamericano George Floyd a manos de la policía, han tenido lugar al menos 7,750 protestas asociadas con el movimiento “Black Lives Matter” en 2,000 localidades de los 50 estados del país y en el distrito de Columbia.

Una de sus tácticas de intimidación ha sido relacionarse o dejarse ver con dirigentes de las principales dictaduras comunistas en el mundo.

El vínculo de BLM con regímenes totalitarios viene de lejos y entronca directamente con los principales líderes subversivos que han intentado desestabilizar la democracia norteamericana en las últimas décadas.

A modo de ejemplo, la relación de BLM con el régimen cubano es tal que, en 2016, tras la muerte del Fidel Castro, la directiva de la organización escribió un elogioso editorial bajo el título de “Lecciones de Fidel: Black Lives Matter y la transición de El Comandante”, calificando al dictador cubano como un ejemplo de paz y libertad en el mundo.

Hace tiempo que dejó de ser noticia la pretensión de los regímenes comunistas de desestabilizar las democracias de la región. Sin embargo, esa ofensiva ahora parece mucho más dañina porque dictaduras integrales como de Cuba y Venezuela han visto la ocasión propicia para encandilar a sectores importantes de la izquierda norteamericana con el pretexto del patrioterismo victimista y sentimental que utilizan a través de la teoría de la reivindicación histórica y del racismo.

Por tanto, el ecosistema del comunismo latinoamericano es el espejo en el que de manera recurrente se ha querido reflejar la facción más combativa de BLM, personificada en las decisiones de sus fundadores.

De hecho, algunos expertos estiman que el régimen de Nicolás Maduro destina enormes cantidades de dinero para sostener la enorme superestructura de estas entidades. Para corresponder este franquiciado, BLM ofrece cobertura mediática e institucional a la dictadura venezolana. En 2015, Tometi viajó personalmente a Venezuela para “supervisar” el recuento de votos en las elecciones parlamentarias.

BLM, punta de lanza de la subversión
BLM, Antifa, PCch
Con un fuerte ideario marxista y en línea con un Nuevo Orden Mundial que promueva el aborto y la ideología de género, sus tácticas se relacionan más con el alegato histórico de la izquierda tradicional que con grupos anarquistas. (Twitter @MrAndyNgo)

Con una mano tendida a Beijing y con la otra agitando los pilares más esenciales del estado de Derecho, “Black Futures Lab”, una de las tantas ramificaciones del emporio de BLM, es un proyecto que, como reza en su sitio web, es “patrocinado fiscalmente por la Asociación Progresista China”.

Black Futures Lab aboga por convertir a las comunidades negras en distritos electorales que cambian la forma en que opera el poder, a nivel local, estatal y nacional. Y para ello cuenta con el apoyo de esta opaca Asociación que tiene probado vínculos con el Partido Comunista chino.

La Asociación Progresista china ha intentado desvincularse de los postulados comunistas para dar una imagen moderada que atraiga más simpatizantes. Sin embargo, en su web recoge muchos de los principios del marxismo cultural. No sólo simpatizan con un modelo anticapitalista -donde impere el sector público de propiedad colectiva y el cooperativismo como forma de economía social al servicio de los intereses de las clases populares-, sino también apuesta por una agenda que priorice el cambio climático y la apertura de las fronteras.

El Partido Demócrata, tradicionalmente percibido como de centroizquierda, y sin ninguna duda la agrupación política más perjudicada por la irrupción de estos grupos radicales también parece dispuesta a bailar al son de BLM.

A través de su organización “ActBlu” -en la que milita el aspirante a la presidencia, Joe Biden-, la dirección del partido dio su autorización para financiar a la plataforma que dirige Alicia Garza. Biden también ha utilizado a ActBlu para recaudar fondos durante su campaña.

The New York Times ha publicado la prueba definitiva para acreditar que el partido político de Biden, Kamala Harris y Ocasio Cortez, mediante la tapadera de ActBlu, ingresó al menos 40 millones de dólares en las cuentas de “Black Lives Matter”. La fundación de los demócratas habría sufragado también las campañas presidenciales de Bernie Sanders de 2016 y 2020.

Por su parte, multimillonarios de ideología liberal y organizaciones próximas al Partido Demócrata destinan grandes sumas de dinero a garantizar los fondos del entorno de estas organizaciones extremistas. En su condición de brazo ejecutor, su objetivo es crear pactos y estrategias revolucionarias comunes de fuerzas políticas y movimientos sociales, propiciando en EE.UU. cambios políticos aún más afines a la agenda global.

De momento, las protestas no cuentan con una jerarquía clara, aunque en el caso de BLM si posee una especie de comité central liderado por Garza, Cullors y Tometi. Un partido sin estructuras democráticas que basa su liderazgo en la dictadura de masas. Según los expertos, las agencias de inteligencia temen que mientras pase el tiempo y las acciones se multipliquen con el apoyo irresponsable de un partido mayoritario como es el de los demócratas, se puedan reorganizar mejor convirtiéndose en una seria amenaza para la seguridad.

De hecho, BLM no es una organización creada desde la base, con una militancia muy activa en los barrios afroamericanos. Al contrario. Es un proyecto de laboratorio tecnológico, concebido por ideólogos marxistas en línea con la agenda global y el Foro de Sao Paolo, el organismo que reúne a activistas, dirigentes, militantes y a reconocidos representantes de las escuelas de pensamiento de izquierda, especialmente de América Latina, sin excluir a líderes de movimientos subversivos armados.

Los medios afines a la izquierda aseguran que estos grupos radicales son muy efectivos en dar visibilidad y exigencia a los temas controversiales. Pero en realidad, los cambios en políticas concretas lo consiguen presionando en las ciudades y Estados gobernados por políticos demócratas.

Línea roja de la violencia
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A supporter of US President Donald Trump lying on the floor is kicked as he is attacked by anti-Trump demonstrators in Black Lives Matter Plaza in Washington, DC on November 14, 2020. (Photo by Roberto SCHMIDT / AFP)

Algunos analistas de los sectores de la izquierda creen que con organizaciones como BLM, el molde del sistema democrático actual se ha roto y sus líderes no aceptarán un regreso del status quo. Pero otros más moderados se niegan a conceder un plus de impunidad a testimonios muy tóxicos contra la democracia, y advierten que su método de lucha puede afectar más a la ya molesta sociedad norteamericana conduciendo a un aumento de la violencia y al odio étnico, que podría salirse de control.

La Declaración de Independencia recoge que “todos los hombres son creados iguales (…), que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos (…)”. Pero algunos expertos temen que una aspiración constitucional tan valorada se pierda, como consecuencia de que en los últimos años ha crecido en EE.UU. una vertiente muy extrema que apunta al nacionalismo negro revolucionario ligado a las tensiones actuales, que empuja al radicalismo de los hombres blancos a tener comportamientos similares y a organizarse casi de la misma forma.

Ambos, simplemente conspiran contra el principio de tolerancia y de libertad de conciencia.

Difícilmente el régimen matonesco y sin escrúpulos de “Antifa” y BLM se sentirá disuadido de continuar con la violencia si el mensaje de las fuerzas políticas y de las instituciones no es suficientemente claro. De hecho, muchas de las investigaciones apuntan a que algunos líderes radicales han llegado a la convicción de que para alcanzar sus demandas deben promover acciones más contundentes.

En cualquier caso, su existencia pone a prueba la forma de entender las sociedades plurales y abiertas.

A principios de año, cuando la atención de los medios de comunicación se volcaba hacia el fenómeno, las protestas eran vistas como una ola pacífica de cambios que apuntaba a reformas importantes de la justicia penal. Sin embargo, cada vez más ese mismo poder tecnológico y mediático -con la venia del Partido Demócrata- ha cubierto con un manto de silencio los métodos violentos utilizados por los radicales que perfectamente podría ser entendido como una humillación para el estado de Derecho.

De ningún modo una sociedad sólidamente democrática como la norteamericana debería aceptar que se le intimide con violencia, ni que se invoque para ello una visión fundamentalista de la defensa de los derechos de la raza desde posiciones sectarias e integristas.

La sociedad civil no puede matarse entre ella cada vez que un policía asesine injustamente a una persona negra o blanca o que se publique algo que nos disgusta o no coincida con nuestros principios. Y esa es la línea roja que los violentos (y los que les incitan a ello) se han saltado con la manipulación de estas protestas.

Es inaceptable la escalada del odio con el pretexto de visibilizar la discriminación racista y la violencia policial en EE.UU. En línea con el documento firmado por los 150 intelectuales y artistas, importa más la convivencia en las sociedades plurales que compartir la filosofía de un movimiento contrario a las normas del debate abierto.

Y en ese desafío el pueblo estadounidense no se juega el próximo gobierno, sino la continuidad de la ponderada arquitectura constitucional que ha procurado el mayor periodo de libertad y de progreso de la historia del país.

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