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Boris Johnson, la irrelevancia de la supervivencia

Boris Johnson - El American

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BORIS JOHNSON ES uno de los operadores políticos más eficaces de nuestros tiempos. Detrás de su aparente tontería, la apariencia de recién despertado y el constante material de memes, se esconde un animal político. Construyó una carrera desde las páginas de The Spectator pasando por la alcaldía de Londres y una inesperada victoria en el Brexit que acabó con su traslado a Downing Street y proporcionando al Partido Conservador su mayor victoria en unas elecciones generales en casi 40 años.

Y también es un superviviente político. Pareció pasar escándalo a escándalo y crisis a crisis casi ileso, pero sus tácticas camaleónicas acabaron por dar la impresión de que era un hombre sin convicciones propias.

Pero no muchos esperaban lo inútil que sería su supervivencia.

Boris Johnson tuvo la oportunidad de dar forma al Partido Conservador moderno, en cambio, será un asterisco en la historia tory. Su ya icónica imagen atascado en una cuerda promocionando los Juegos Olímpicos de Londres de 2012 es una buena alegoría de su efímero liderazgo: divertido, lleno de orgullo nacional hueco y siempre pendiendo de un hilo.

Hay una gran diferencia entre un operador político y un estadista. Y parece que, a pesar de que Johnson se creía una combinación moderna de Churchill y Thatcher que iba a disfrutar de liderar el gobierno en tres décadas, apenas superó a su poco memorable predecesora.

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Después de utilizar toda su personalidad de ‘memística’ y su talento político para sacar adelante el Brexit y llegar a ser primer ministro, como dijo mi colega Ben Kew, la broma se volvió cansona.

Boris Johnson parecía aburrido como primer ministro. Parecía como si sintiera que Downing Street era una camisa de fuerza donde no podía explotar su talento político e intelectual ni su personalidad. En una ocasión dijo a Dominic Cummings que ser PM [primer ministro] era “como levantarse cada mañana a manejar un camión por la autopista”. Parecía cansado. Incluso empezó a peinarse para parecer otro burócrata aburrido, que al final es lo que era.

Esto no quiere decir que Boris no tuviera sus momentos. Consiguió la victoria más importante para la soberanía británica desde la Segunda Guerra Mundial con el Brexit, se mantuvo firme junto a los manifestantes de Hong Kong y fue el líder inquebrantable de Europa en la defensa de Ucrania contra la invasión rusa.

Pero nunca cumplió. Como de costumbre, la coalición que lo llevó al poder fue una mezcla de conservadores que nadie sabe qué conservan, los que secretamente, y no tan secretamente, odian la Revolución Gloriosa, y los tories nacionalconservadores (red tories).

Mantener una coalición tan poco natural sería un esfuerzo titánico incluso en tiempos normales. Durante un tiempo, parecía que Boris podría lograrlo. Pero llegó el COVID. No mató a Boris, pero sí a su carrera política, porque el canibalismo es la mayor tradición de los tories.

Así, bastaron un par de escándalos para derribarlo definitivamente.

Su base electoral siempre fue gente de clase trabajadora alienada que sentía que no era escuchada por unas élites más preocupadas por su experimento multicultural. Y tenía el instinto de que el futuro del toryismo era su pasado, es decir, un Partido Conservador post-Thatcher que diera la batalla cultural, que luchara contra los burócratas europeos, el liberalismo económico desbocado y la migración incontrolada.

Pero todo se quedó en un instinto sin sustancia. Todo lo que aportó fue una subida de impuestos, aumento de los alquileres, una política COVID incomprensible y un escándalo insignificante tras otro.

Al final, todo fue un aburrido despropósito, “un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y furia, que no tiene ningún sentido”.

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