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Brasil: frente a un criminal, no hay dilema posible

Llegamos al final de esta serie de artículos sobre América Latina. Luego de hacer una revisión parcial de algunas realidades de la región e intentar entender el modus operandi de la izquierda criminal en el continente, nos detenemos en Brasil, que supone el próximo mayor desafío. 

A escasos días de saber el futuro que le depara a Colombia, Brasil representa la otra gran tarea pendiente para una región que pareciera estar premiando a los que no merecen nada y la acabaron, como señal de castigo frente a quienes pudieron hacer más y se conformaron con poco, entre miedo y corrección política. Eso, de por sí, ya es una tragedia.

Brasil, el gigante de América Latina, aunque muchos no lo perciban como parte de la región, se enfrenta a un aparente dilema entre dos opciones que para muchos son equiparables e igualmente malas: Lula da Silva y Jair Bolsonaro. En ellos dos parece recaer la preferencia de los brasileros para la primera vuelta presidencial, el próximo 2 de octubre, sin que exista una opción que pueda romper esa tendencia. Es decir, la probabilidad de que la segunda vuelta presidencial sea entre ambos es muy alta.

Y se dice dilema aparente porque se debe ser muy cuidadoso a la hora de pretender igualar cualidades por el simple hecho de que ninguna guste. De hecho, son muchas las cosas por las que Jair Bolsonaro podría ser criticado, comenzando por su cercanía a Rusia y China, su populismo, su discurso y gestión que se aleja de las libertades individuales, entre otras, pero de allí a suponer que es igual o hasta peor que Lula da Silva, sería un despropósito que solo ayuda al segundo. 

Si algo debe tenerse en cuenta y nunca olvidarse es que Lula da Silva fue procesado por corrupción, siendo operador y cómplice de las peores operaciones criminales en la historia del continente, con tentáculos en toda Latinoamérica, que le costó muchos gobiernos a la región y que, además, instauró, como uno de sus pioneros, el modelo que ha servido para destruir todo a su paso: el socialismo del siglo XXI. Es decir, Lula da Silva es un exconvicto que busca nuevamente el poder. Es un criminal.

Con una economía creciente y proyectada a crecer luego de la pandemia, con una política de privatizaciones que incluyó recientemente a Eletrobras, la gigante compañía eléctrica del país y la más grande privatización desde 1998, con una bajada de impuestos sin precedentes y otros importantes resultados, Brasil hoy goza de una estabilidad y una buena posición en el mundo, en medio de una lucha férrea contra la corrupción que está tan enquistada en las instituciones del país y que fue exacerbada mientras la izquierda gobernó. Pese a eso, y repitiendo lo que ya hemos dicho sobre que gobernar bien no es suficiente y sobre que una economía libre tampoco basta, hoy una buena parte de la sociedad brasilera cree que es mejor volver a la era del exconvicto Lula. Sí, se dispara al pie.

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Recientemente tuve la oportunidad de estar en Brasil y conversar con algunas personas, muchas de ellas ligadas al movimiento liberal. En su mayoría coinciden en que los próximos cuatro años serán difíciles, gane quien gane, pero que, sin duda, Bolsonaro haría las cosas mucho menos difíciles a si gana Lula. También creen que la regeneración del liderazgo, a todo nivel, es necesaria para que en cuatro años pueda haber una candidatura mucho más sensata que tome lo bueno de lo que vive Brasil hoy, pero que también se ocupe de lo pendiente por hacer. Aun así, la mayoría coincide en que, entre Lula y Bolsonaro, el segundo es mejor por muchas razones, pero, sobre todo, porque no es un criminal, incluso teniendo muchas cosas malas.

De hecho, un amigo en política me decía que el problema que tienen muchos que quisieran votar a Lula es que en el momento en que recuerdan todo lo que hizo y que consideran bueno, también recuerdan que estuvo preso por corrupto, y automáticamente les viene un rechazo a su figura. Esa marca en su frente nadie la puede borrar y le juega en contra, aunque pretenda victimizarse.

Lamentablemente, la política latinoamericana se ha convertido en mucho de eso: votar el mal menor, preferir al menos malo o simplemente apostar a que dentro de unos años se pueda mejorar la oferta política tan limitada que existe hoy. Todo es cierto, pero esos desafíos tampoco deben hacer olvidar que el presente es consecuencia, en gran medida, del pasado que le precedió y no será escogiendo criminales que nuestros países mejorarán.

La izquierda es lo suficientemente hábil para hacer creer que sus políticos, incluso habiendo tenido el poder y habiendo delinquido, son tan buenos como para volver. De hecho, aplica perfectamente la idea de que rompen las rodillas para luego dar muletas y que les agradezcan por permitir caminar de nuevo. Así funcionan y se valen de la memoria corta —y a veces cómplice— de los ciudadanos que, por hastío o por creatividad, deciden apostar a opciones suicidas de las que se arrepienten muy, muy pronto. Es así como la izquierda pretende blanquear la imagen de criminales para el mundo se olvide de quiénes son en realidad.

Por eso hay que evitar las banalidades y simplicidades. Decir que Bolsonaro es tan igual que Lula o, peor aún, que Maduro, es blanquear a los segundos y borrar las cosas por las que verdaderamente se puede cuestionar al primero, privilegiando ese discurso en el que todo se vale o en el que no vale nada. Bolsonaro no es un genocida ni un criminal de lesa humanidad, tampoco es terrorista o narcotraficante y tampoco ha sido procesado por corrupción. Puede ser muchas cosas malas, pero no es ninguna por las que una sociedad debería estar avergonzada de apoyar como uno de los favoritos para la contienda de octubre. 

No hay dilema posible cuando hay un criminal en la contienda, porque apoyarlo a él sería apoyar sus crímenes y convertirse en cómplices. Darle trato político a quien no lo es, es una enorme ayuda que solo favorece la impunidad y envía un peligroso mensaje a la sociedad, en particular a los más jóvenes. Bolsonaro, con todo lo cuestionable de su gobierno, es mucho más limitable por el propio poder que lo que es Lula y eso es suficiente razón para saber quién le conviene a Brasil entre ambos.

La derecha tiene que asumir, sin complejos, sus desafíos. Tiene que renovar sus discursos, conectarlos con la gente, hacerse visible y real. Los liberales deben presionar e impulsar para que una agenda basada en las libertades impere en Brasil, pero no gobernando con criminales ni haciéndole el juego útil a la izquierda que bastante hemos padecido. 

No es diciendo que lo mejor es no apoyar a ninguno, que se podrá salvar Brasil o cualquier otro país, como tampoco es copiando la agenda de la izquierda para intentar convencer a quien nunca los apoyará, abandonando a su base natural de apoyo, porque nadie prefiere las malas copias. Hay que saber hacer las alianzas y empujar en la dirección correcta, siempre asumiendo el enemigo del momento y su continua amenaza. 

Si algo nos deja esta serie de artículos es que vivimos en una región enferma. Una región que ha satanizado la democracia por culpa de los propios políticos que la han debilitado y que han hecho que incluso las sociedades de países referencia prefieran la incertidumbre de la aventura antes que la certeza de sus logros. Urgen liderazgos sin complejos, que abracen la libertad como un todo y que tomen el camino de la política con probidad, con sinceridad y con una narrativa propia y acertada. 

También académicos e intelectuales valientes, más pegados a la realidad y menos a los libros que venden, así como más medios libres que digan las cosas sin temor al qué dirán. En definitiva, urge una sociedad civil consciente de que su propia existencia está en riesgo si sigue callando o buscando peros. 

La izquierda criminal no descansa en su proyecto continental, aliándose con todos los enemigos conocidos y desconocidos de la democracia y la libertad. Son proactivos y organizados porque lo único que han encontrado es reacción y desorganización por parte de quienes creemos en la libertad. La lucha que muchos estamos dando es seria y no es por “likes” en redes ni por popularidad, sino por existencia propia. El guion es claro, el plan es evidente y sus intenciones son notorias, como se mostró en el primer artículo de esta serie.

La tarea es enorme, pero hay que hacerla sin demora. Se trata siempre de la libertad.

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