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Trump, cancelación, El American

La cancelación de Trump

El estilo bronco y confrontativo de Trump dista mucho del carácter temperado con el que suele asociarse a los conservadores, pero es el que requería nuestro momento histórico

No es casualidad que haya sido la congresista por Wyoming, Liz Cheney quien lideró la revuelta de un grupo de republicanos en contra de Trump, votando a favor de su segundo impeachment junto con Nancy Pelosi. La hija de Dick Cheney, ex vicepresidente de Bush 43rd y uno de los halcones más agresivos de la historia de Estados Unidos, intenta rehabilitar una ideología desacreditada.

Desoyendo los consejos de quienes le auguraban un puesto de mayor visibilidad en el Senado, Elizabeth Lynne Cheney aspira a convertirse en la primera mujer del GOP en liderar la Cámara de Representantes. Con una discreta trayectoria y sin mayor aval que el de su apellido, a la política hoy le hacen comparacionesrisum teneatis hasta con la Dama de Hierro. Pero, ¿cuáles son exactamente los principios que defiende?

Excepcional: Why the World Needs a Powerful America
Trump, cancelación
“Desde los Cheney hasta Romney, pasando por los miembros del Lincoln Project, el realineamiento ideológico  (marcado por un regreso a la prudencia en la escena internacional de la Old Right) que ocurrió en los últimos cuatros años busca ser borrado. El partido de la guerra vuelve por sus fueros”. (Wikipedia)

Cerca del término de la presidencia de Obama, Dick y Liz Cheney publicaron a cuatro manos un libro que reprueba duramente su política exterior. Se titula “Exceptional: Why the World Needs a Powerful America”. Salpicada de justificaciones a algunos de los aspectos más controversiales de la lucha contra el terrorismo, como las “técnicas de interrogatorio mejoradas”, la obra (sobre todo en su capítulo final) delinea la hoja de ruta que Estados Unidos debe seguir para recuperar la influencia global de la que supuestamente los “apaciguadores” le estarían privando. Su receta, en una palabra, podría resumirse como neoconservadurismo.

Quizá la genealogía más completa del pensamiento neoconservador es la que ofrece el filósofo Paul Gottfried en Leo Strauss and the Conservative Movement in America. El neoconservadurismo —parafraseando a Gottfried— es una imitación progresista del conservadurismo, donde el internacionalismo socialista muta en una suerte de universalismo democrático. Puede sonar a caricatura, pero el neocon rara vez desaprovecha la oportunidad de promover un cambio de régimen o una guerra.

Si hay corrientes políticas que pecan de economicistas, definitivamente el neoconservadurismo peca de intervencionista y militarista. El movimiento surge en los años ’60 del siglo pasado en el seno de una camarilla de intelectuales neoyorkinos (varios de ellos ex militantes trotskistas) que a pesar de apoyar muchas de las reformas sociales del Partido Demócrata (derechos civiles, guerra contra la pobreza, etc), rechazaban su política blanda frente a la URSS.

El momento de mayor influencia del neoconservadurismo ha sido durante la presidencia de George W. Bush, quien se sirvió de la horrenda coyuntura del 11-S para atentar contra las libertades civiles (véase, por ejemplo, el programa de espionaje masivo de la NSA) y acaparar el poder mediante la “Teoría del Ejecutivo Unitario”.

Si la política se juzga por resultados y no por intenciones, la pretensión neoconservadora de “exportar la democracia” sólo puede considerarse como un estrepitoso fracaso. El nation-building que la Administración Bush ensayó en Irak ha costado la vida de más cuatro mil soldados americanos, pero el país mesopotámico no es más que una colección de ruinas castigada por la violencia sectaria. Y es que cuando se trata de política exterior es mejor seguir las prescripciones de Sir Roger Scruton que las de Irving Kristol. En Conservatism: An Invitation to the Great Tradition, el autor británico refuta al americano recordándonos que las naciones no se construyen, menos por un agente externo, sino que son el resultado de largos y complejos procesos históricos.

Una excusa perfecta

El estilo bronco y confrontativo de Trump dista mucho del carácter temperado con el que suele asociarse a los conservadores, pero es el que requería nuestro momento histórico. Sin embargo, y aunque por meses retrasara lo inevitable, no puede decirse que haya hecho llamados insurreccionales. La actuación de un reducido grupo de violentos, que inequívocamente condenó, es la excusa perfecta para demonizar al movimiento MAGA que supo conquistar a más 74 millones de votantes.

El asalto al Capitolio no fue una operación de bandera falsa (a pesar de infiltraciones puntuales), pero sí fue un episodio groseramente magnificado por quienes buscan tanto la inhabilitación política del presidente saliente como su asesinato moral. La progresía que alentó los destrozos de “Antifa” y “BLM” hoy no tiene credibilidad para presentarse como enemiga de la violencia política.

Y lo peor, tristemente, es que el hecho no es explotado sólo desde el bando demócrata. También los neoconservadores, que a pesar de lo que sugiere su nombre no son ni nuevos ni conservadores, quieren usar los eventos del 6 de enero para poner sus ideas nocivas de nuevo en el centro del GOP.

Desde los Cheney hasta Romney, pasando por los miembros del Lincoln Project, el realineamiento ideológico  (marcado por un regreso a la prudencia en la escena internacional de la Old Right) que ocurrió en los últimos cuatros años busca ser borrado. El partido de la guerra vuelve por sus fueros.

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