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dummies, El American

Capitalismo para dummies

Una oferta abruptamente interrumpida por la pandemia ha disparado los precios de los bienes y de la energía lo que ha corrompido, por si fuera poco, los ya tibios ingresos de los más humildes

En ocasiones nos tiene que sobrevenir una tragedia aunque solo sea para poner orden al sinfín de destartaladas ocurrencias que los hombres celebran sin el menor atisbo de certeza y con el mayor grado de entusiasmo. No le ha faltado al hombre refinado, culto, con un toque de perspicacia forzada apuntarse a todos aquellos consuelos que forjen en el capitalismo la huella de los males que afloran a su alrededor.

La imaginación que es provecho para un hombre sabio se hace inútil en manos de un hombre estúpido. Solo el segundo cree ver en ella la solución a todos sus disparates y cuando siente tambalear su debilitada conciencia, que solo saber gastar peso en su cabeza, es capaz de estirar primero, y aplicar después, cualquier tipo de salida vaya o no en gracia con la realidad. El socialismo ha sido fiel a la estupidez a prueba de balas y ahora que debemos rumiar una segunda fase de confinamientos blandos, aprovecho la circunstancia para ilustrar aquí el ridículo de sus tesis a través de las más fantasiosas acusaciones vertidas a nuestro querido capitalismo.

Tan fácil que no tengo más que arrimarme sin esfuerzo para levantar las páginas de obras como la de Jean Tirole —francés e intelectual con eso está todo dicho— Chomsky o Andrew Charlton para adelantar el tufo apocalíptico que airean sus falacias. Uno, que si el capitalismo es el responsable de la miseria que golpea a los más desgraciados; y todo esto ensalzado por el salvaje libre comercio. Otro que si el bien común pasa por un mal individual al servicio de un supuesto socialismo integrador y sostenible —pongan acá todos los adjetivos que le vengan en gana—. Y ya el tercero en discordia, por no hacer el feo al resto de invitados, aviva aún más si cabe la llama del alarmismo —no sea que vea crecer la sospecha entre los otros de ser un espía enemigo— y atiza al capitalismo con el sambenito de señor dominador cuando no de diabólico encantador de serpientes. Lástima para ellos ahora que el mundo se ha torcido y el capitalismo ha visto derretida, para nuestra desgracia, su influencia por un hipocondriaquismo social que ha cerrado filas en favor de una pandemia que nunca salió de nuestra imaginación. Y por querer salvar la vida -a toda costa- han matado la vergüenza, o al menos, han dejado a la vista del cortejo la torpeza de sus denuncias anticapitalistas.

Para confirmar nuestra tesis vamos a agarrar a Aristóteles versión dummies y desde un elemental silogismo —¡no se me asusten universitarios!— llegaremos a lo que andamos buscando. Dice así: si el capitalismo es el responsable de los males que nos azotan, ahora que el capitalismo ha visto reducida su influencia, deberían por este mismo camino verse los males disminuida en la suya. De otro modo, el desaire de algún duende travieso estaría burlando las prerrogativas socialistas, y por qué no, quizás estaríamos iluminando casi sin querer los frutos ocultos del noble arte de hacer dinero. Ahora sí, vayamos a ver qué nos dice la realidad de todo esto.

Me viene a la memoria como el rayo a la tormenta el inicio de la pandemia y de cómo muchos de esos intelectuales de cuño postizo pasaban los días congraciados por lo que de mejor-estar supondría para los humanos la malograda marcha del capitalista. Haciendo de sus ideales un mapa de carretera no podían deducir otra cosa que no fuera una reducción radical de la pobreza. Ahora que el maléfico ha recibido un golpe mortal —dirán entusiasmados— el mundo regará de solidaridad lo que el egoísmo mantenía secuestrado. Vaya por donde que nada de lo esperado se ha cumplido.

A todo lo contrario apunta el último informe del Banco Mundial y el penúltimo, y el antepenúltimo también. Oigan bien, hasta en un cuarenta por ciento -40%- se ha disparado la pobreza de los más miserables desde que el capitalismo ha perdido fuelle, exhausto por el peso de los confinamientos. No solo con eso, la pobreza de los más de abajo ha hinchado como un globo la desigualdad entre países y en los países. Si nuestros amigos socialistas esperaban acá mejores noticias temo haberlos defraudado. Los más de arriba (quinto quintil) atesoran ahora hasta el setenta y seis por ciento -76%- de la riqueza del planeta. Y no porque los más afortunados se hayan visto impulsados por la avaricia y el afán de lucro, sino más bien, porque los más de abajo han visto apretarse sus bolsillos.

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Al fin y al cabo, nuestro amigo socialista hará que creas que todas estas desgracias son obra del enemigo mientras que la realidad resulta ser otra muy distinta. Para eso divagará si fuera necesario, hará ruido con datos para confundir tu concentración o peor aún fantaseará con un problema mayor con tal de que la realidad se vea oscurecida. Como así hace. Incapaz de doblegar las cifras de la pobreza y de la desigualdad hace por disimular sus efectos apelando al más de los vagos deseos; el mejoramiento del bienestar de las clases populares. Qué cosa se conciba por bienestar, y peor aún, qué cosa ellos mismos entienden, solo alimentará la confusión que les permita esquivar las embestidas de la realidad. Sin embargo, tampoco aquí la suerte está de su lado.

Una oferta abruptamente interrumpida por la pandemia ha disparado los precios de los bienes y de la energía lo que ha corrompido, por si fuera poco, los ya tibios ingresos de los más humildes. Deben recordar, queridos dummies, que un hombre con billetera es un hombre angustiado por las penurias pues la riqueza se sirve de métodos más elegantes para salvaguardarse de la futilidad del papel y de las desventuras de los bancos centrales.

Por si todo esto fuera poco, el miedo a la pandemia ha distorsionado la asignación eficiente de los recursos económicos. He conocido ahorradores escrupulosos —de rigurosa misa diaria— que la pandemia los ha precipitado al consumo impulsivo de las celebrities. Y si así hace un pobre hombre que se reconocía para sus adentros austero y febril que hará cuando disfrazado de político tome las riendas de las cuentas nacionales. ¡Ay, amigo! La deuda del país se disparará, la confianza se erosionará, el precio por pedir hinchado y los impuestos llamados a fila en otro golpetazo a la salud de las rentas medias y más bajas.



Otra vez el desgraciado nadando en su desgracia. Y, sin embargo, no bajará tan fácilmente los brazos nuestro amigo socialista. Hará por apartar tu atención de los problemas reales para venderte alguna otra promesa. Ya que no puede hacer nada mejor de lo que ya lo hace el capitalismo te hará creer, si no puede acallar el ruido de tu estómago, que existe algo más elevado y noble que tus vísceras: el medioambiente. Y así por un tiempo pensarás que todo el sacrificio de hoy lo merece aunque solo sea por el noble sentimiento de ternura intergeneracional. ¡Arreglemos el futuro de nuestros hijos, ya que no sabemos cómo desenredar el nuestro! Se harán con ciertas proclamas llamativas y quizás también de algunos libros oportunamente escogidos para que apartes tu mirada de los datos y tu cerebro de lo que importa.

¿Y qué nos dicen estos? Que el verdadero enemigo del medioambiente no son las chimeneas humeantes de Dickens sino la pobreza. La naturaleza es una entidad peligrosa para el hombre sin recursos, y no porque aquella se vea interferida en su destino o haga insistencia en el dolor de los humanos, sino porque los cataclismos naturales se ceban con la falta de ingresos. La naturaleza golpea por igual, pero deja secuelas por distinto. Apúntese el hecho de que nadie le llamará catástrofe a una tormenta que no deja víctimas; y el Banco Mundial nuevamente nos recuerda que hasta ciento treinta y dos millones de nuevos pobres —no habla de ricos— sufrirán de frente o de costado las inclemencias del cielo.

Ya está bien por hoy. Regreso feliz a mis libros después del desahogo, pero no lo hago sin antes dejaros un feliz recadito; amigos socialistas hagan fila en una de esas tiendas de tatuajes e inscríbanse sobre la piel que cubre su corazón: hay algo peor que el capitalismo: su ausencia.

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