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Censura, Educación, EEUU

La censura de libros cuestiona el sistema educativo de EEUU

No hay mejor retrato de una sociedad enferma que cuando en las escuelas se comienza a censurar libros, al estilo de la Alemania nazi o de la Rusia de Stalin

La ola de censura llega también a las aulas de California. Después de 60 años de haber sido publicado, ha trascendido que las escuelas públicas de la ciudad de Burbank no podrán enseñar a sus alumnos el libro “Matar a un ruiseñor”, considerado un clásico de la literatura norteamericana y por el que su autora, Harper Lee, ganó el premio “Pulitzer”.

El Distrito Escolar Unificado de Burbank pidió a todos los profesores de secundaria que dejaran de utilizar también “Las aventuras de Huckleberry Finn”, de Mark Twain; “Of mice and men”, de John Steinbeck; “The Cay”, de Theodore Taylor y “Roll of Thunder, Hear My Cry”, de Mildred D. Taylor.

Según publica Newsweek, la Junta Escolar recibió quejas de cuatro padres que exigieron retirar estas obras de los planes de estudios por considerarlas un “supuesto daño potencial a los aproximadamente 400 estudiantes negros del distrito”.

Con fervor lingüístico, Carmenita Helligar ha advertido que el problema surgió cuando su hija Destinity fue insultada por un estudiante blanco en la clase de matemáticas tras usar una burla racial que incluía la letra “N” -ni siquiera se refirió a la palabra completa “nigger”-, considerada por la cultura de lo políticamente correcto un término denigratorio para la minoría negra en EE.UU. Según Helligar, el alumno habría aprendido esta palabra tabú con el libro “Roll of Thunder, Hear My Cry”, cuando ambos asistían juntos al instituto.

Desde hace algunos años, el discurso político de la izquierda ha hecho de las palabras un arma afilada, y la batalla semántica que se genera con ellas -especialmente las que pueden prestarse como arma arrojadiza para reivindicaciones raciales- comienza a afectar el estilo de vida tradicional de los estadounidenses.

En 2016, el condado de Accomac, en Virginia, decidió retirar de los colegios la obra “Matar a un ruiseñor”, alegando las mismas razones. Un año después, la Junta Escolar de la ciudad de Biloxi (Misisipi), tomó la misma medida tras recibir quejas de los padres porque “el lenguaje incomodaba a los estudiantes de octavo grado -entre 13 y 14 años-“.

La Coalición Nacional Contra la Censura (NCAC) puso el grito en el cielo señalando que su prohibición hacia “un flaco favor a los estudiantes” al tratarse de una de las mejores defensas de la igualdad que hay en la literatura.

A su entender, la NCAC consideró que en lugar de prohibir los educadores deberían crear espacios para un diálogo abierto que les enseñe a los estudiantes a enfrentar los vestigios del racismo y la opresión de las personas de color. “El aula es donde la historia, el uso y la destructividad de este lenguaje deben ser examinados y discutidos. Es allí donde las complejidades de los libros se pueden contextualizar y se puede entender su mensaje antirracista”, puntualizó la NCAC.

En 2018, el distrito escolar de Duluth, en el estado de Minnesota se sumó al movimiento nacional de proscribir libros en los colegios. El director de los programas de estudio de Duluth, Michael Cary, aseguró entonces que su departamento, en aras de la igualdad racial, había decidido reemplazar las novelas “Matar a un ruiseñor” y “Las aventuras de Huckleberry Finn” por otras opciones literarias que “enseñan las mismas lecciones” sin contener calumnias raciales.

La censura de estas obras de arte, que en muchos casos son grandes alegatos a favor de la igualdad racial y social, también forma parte del autoritario proceso liderado por los sectores marxistas radicales para sembrar el odio entre los norteamericanos, so pretexto de liberar al país de los símbolos y afirmaciones racistas del pasado.

No hay mejor retrato de una sociedad enferma que cuando en las escuelas se comienza a censurar libros, al estilo de la Alemania nazi o de la Rusia de Stalin. En estos regímenes totalitarios, cuando la libertad se veía amenazada, las novelas pasaban a ser un arma clandestina para luchar contra el poder establecido, a pesar de que los sistemas de censura trataban de impedirlo.

Algo perecido podría pasar a partir de ahora en las escuelas arribas señaladas en las que sus estudiantes -blancos, negros, latinos o asiáticos-, como buenos lectores compartirán de manera furtiva anécdotas sobre las travesuras de Finn y Jim, en un intento de no dejarse manipular por los funcionarios extremistas.

Censura, Huckleberry Finn, Mark Twain
La componenda de esta decisión tomada por los diferentes distritos escolares tiene causas concretas: la aspiración de convertir las aulas en centros de revisionismo histórico y adoctrinamiento ideológico. (Flickr)
Identidad vs. conocimiento

Esta operación de acoso y derribo es alarmante y resulta peligrosa para el sostenimiento del sistema de libertades, cuya base es precisamente el sistema educativo. Flaco favor le hacen los legisladores y los medios de prensa al sistema educativo que, en lugar de cuestionar este alarmante método para destruir la diversidad de la creación intelectual, miran hacia otro lado.

La censura mediática en Estados Unidos, marcada por la agenda izquierdista, impide apenas recabar los datos oficiales sobre las escuelas en las que los padres de raza negra no aceptan este discurso excluyente del racismo sistémico. El problema de fondo no es el racismo sino el victimismo de corte racial que ha inoculado la clase política demócrata en las minorías negras.

La izquierda ha conseguido esa confusión mental que impide, sobre todo en las comunidades pobres, aprovechar las enormes posibilidades que tienen los negros para prosperar en una sociedad competitiva como la estadounidense, a cambio de convertirlos en rehenes de la tesis victimista del igualitarismo, promovida por líderes demagogos como Obama o Kamala Harris.

¿Cuál es el verdadero problema que enfrenta las minorías negras en EE.UU.? El acreditado investigador del Instituto Hoover, Thomas Sowell, ha sacado una relevante conclusión: “En un mundo en el que una gran mayoría de niños negros nacen y crecen en hogares sin padre, donde la mayoría de los chicos negros no llega a terminar el instituto y en el que el índice de delincuencia entre los negros es varias veces la media nacional, ciertamente tiene que haber prioridades más urgentes que la preservación de una identidad y de un estilo de vida”.

Sowell sostiene que millones de personas negras seguirán inmersas en la pobreza mientras sigan creyendo que llevar pantalones y calzoncillos a la vista forma parte de su ilusoria identidad. Y que escuchar música rap les garantizará a los jóvenes el mismo beneficio que aprender matemáticas y computación en las escuelas. Es decir, en EE.UU. la noción exaltada de la identidad prima sobre el valor del conocimiento.

Adoctrinamiento ideológico

Es ahí donde reside el problema. ¿Por qué el modelo de las libertades individuales que valora el trabajo, la emprendeduría, el servicio a la comunidad, el amor a la patria y, sobre todo, que considera a las personas por su condición humana y no por su origen racial, está siendo sustituida por una ideología multicultural basada en la falacia, el engaño, el odio y la autoindulgencia?

Los intelectuales de izquierda y los farsantes políticos no sólo han desenterrado el fantasma de la esclavitud para su estrategia de guerracivilismo. También están utilizando la historia, la cultura y los valores de la identidad para generar resentimiento ideológico en contra de quienes no comulgan con su agenda extremista.

Un chantaje en toda regla. Y lo peor es que culpan a los sectores conservadores de la pobreza y discriminación histórica en la que viven los negros, siendo ellos cómplices de la decadencia socioeconómica y moral de un sistema residual que durante años han alimentado.

La componenda de esta decisión tomada por los diferentes distritos escolares tiene causas concretas: la aspiración de convertir las aulas en centros de revisionismo histórico y adoctrinamiento ideológico.

Se trata, ni más ni menos, de imponer una visión sesgada de los planes de estudio de cara al futuro. Por eso la sociedad civil no tiene tiempo que perder. Los valores de la democracia están en riesgo por la irresponsabilidad de políticos antisistema que quieren sacrificar los partidos constitucionalistas y sustituirlos por un modelo de comunismo, vengativo y fratricida.

El pueblo norteamericano aprendió muchas lecciones de la Guerra Civil y las intuiciones democráticas tienen la obligación de hacer lo imposible para que no se repita algo así.

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