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China, la larga marcha hacia la conquista de Occidente

El rápido crecimiento de China no ha traído la decadencia del totalitarismo político sino más bien -como todos los días sufren sus ciudadanos- su refuerzo.

Toda revolución tiene su mitología. La de la China del siglo XX se edificó sobre el culto a la personalidad de Mao Zedong, el tiránico dirigente del Partido Comunista. 

En 1949, Mao ya había derrotado a sus adversarios tanto en el Comintern como dentro del propio Partido y era el líder supremo de la nación. Pero no contento con ello, el dirigente comunista puso en marcha numerosos proyectos ideológicos que lo confirmarían como un auténtico ególatra, sádico y autoritario.

Para erradicar a los opositores internos, ideó una campaña de rectificación y persecución contra sus enemigos políticos, y entre 1958 y 1962 llevó a cabo el aberrante proyecto “El Gran Salto Adelante” con el que se propuso transformar la tradicional economía agraria del país mediante un frenético proceso de industrialización masiva y de destrucción de la propiedad privada, con el único propósito de posicionar a China por encima de Occidente como una superpotencia económica y militar. 

De acuerdo con la doctrina marxista, la culpa de la miseria del pueblo era de los terratenientes. Mao señaló a los culpables. Había que asesinarlos en masa u obligarlos a entregar sus fincas y granjas para implementar la propiedad colectiva mediante la creación de “Cooperativas de Producción Agrícola”. La fuerza pujante del campesino chino se encargaría de reemplazar la mentalidad burguesa y de transformar los derechos de propiedad de la antigua clase terrateniente para que su patrimonio pasara a formar parte del Estado chino.

Considerada una de las mayores catástrofes humanas de la historia, el programa conocido como “El Gran Salto Adelante” superó con creces la tragedia llevada a cabo por Stalin en Ucrania entre 1932 y 1933 que ocasionó varios millones de muertos, asesinatos de niños y horribles actos de saqueo y canibalismo.

Premeditada por Mao y su séquito de funcionarios adulones, la tesis utilizada entonces por el líder comunista para justificar su sanguinario plan pone los pelos de punta: “China tiene en su enorme población uno de los recursos renovables más preciados. Hay que pensar en términos estratégicos. Si alcanzar el rango de potencia nos va a costar el 10 o 15% de la población, es un precio más que asequible”.

Pocas experiencias intelectuales del siglo XX resumen mejor los horrores de este Holocausto que la investigación realizada por el historiador holandés, Frank Dikötter bajo el título de “La gran hambruna en la China de Ma”. Pese a los aislados esfuerzos de algunos especialistas en el tema, ha sido ocultada por la censura mediática en el mundo. 

Nada ni nadie podía detener el enloquecido proyecto del Gran Timonel. Las casas debían ser confiscadas y derribadas para utilizar sus despojos como material en la construcción de fábricas o para producir fertilizante. Mao advertía que el partido debía ser “implacable” contra quienes se opusiesen al proyecto que glorificaría a China en el mundo. Los comisarios políticos ametrallaban sin vacilar a los campesinos que se negaban a entregar sus pertenencias y los habitantes de las aldeas huían despavoridos sabiendo que nunca más podrían ver a sus seres queridos. El papel de la policía de Mao consistía en perseguir a los indefensos lugareños, acosarlos y mantenerlos permanentemente intimidados.

Destruida la agricultura, paralizado el comercio, la hambruna impuso sus terribles secuelas: golpizas, enfermedades, robos, deportaciones, violencia, suicidios y canibalismo. Los cadáveres se amontonaban y los supervivientes ni siquiera podían buscarle a los cuerpos una digna sepultura.

China, una tragedia silenciada

Los archivos y las imágenes que reúne Dikötter son espeluznantes. Había personas que mataban a sus familiares para evitar más sufrimientos. Los más desmoralizados se alimentaban con la carne de sus propios hijos. ¿Cuántos murieron a causa de aquel monstruoso experimento? Unos 45 millones de chinos, por lo menos. Pero el verdadero número de muertos tal vez jamás se conozca con exactitud. Según cifras que aporta este historiador, la esperanza de vida, que era de 50 años en 1958, se situó por debajo de 30 en 1960. 

El todopoderoso Departamento de Propaganda impuso una versión oficial para legitimar la tragedia que fue acatada no sólo por la prensa comunista sino también por algunos de los periodistas más influyentes de su tiempo. La cobertura sesgada -o sencillamente el silencio cómplice- que practicaron entonces gran parte de los medios de prensa más importantes del mundo fue de enorme utilidad para el régimen chino. Una herramienta perfecta para mejorar su imagen en el exterior, atendiendo a las prioridades informativas del propio Mao.

Visto con perspectiva, es imposible que los periodistas no tuvieran ningún tipo de información sobre aquel exterminio masivo, pero se prestaron para silenciar los horrendos crímenes cometidos por la dictadura china.

En 2007, el Parlamento Europeo declaró que toda persona o medio de información que negara la matanza de seis millones de judíos en los campos de exterminio a manos de la Alemania de Hitler debía ser penalizado. A pesar de su controvertida naturaleza, ese mismo principio debería aplicarse a los historiadores y periodistas que aún hoy niegan o minimizan el genocidio perpetrado por Mao contra su pueblo.

La verdad, aunque sea dolorosa, es mejor afrontarla. Esconderla o adulterarla es una seña de identidad de las sociedades autoritarias y no de una prensa libre e independiente.

¿Por qué aún en las páginas de The New York Times se sigue calificando a Mao Zedong como una de las grandes figuras revolucionarias de la historia?

Con invenciones, medias verdades y exaltaciones patrióticas, este diario intentó idealizar la figura del líder chino con un artículo firmado en 1961 por Bernard Ullmann bajo el título de “The Long Shadow of Mao Tse-tung; The leader of the Chinese superstate looms ever larger as a challenger to Soviet primacy in the Communist world, and as an enemy of the ‘imperialist’ West. The Long Shadow of Mao Tse-tung”. 

No es la primera vez que el diario estadounidense se inmiscuye de manera directa en los asuntos que conciernen a China, posicionándose a favor de la dictadura totalitaria que gobierna el país.

En un obituario publicado en 1976, The New York Times se refirió a la tragedia ocasionada por “El Gran Salto Adelante” con la siguiente frase: “Después de establecer la República Popular China, Mao lanzó una serie de campañas radicales, a veces convulsivas, para transformar un país semifeudal, en gran parte analfabeto y predominantemente agrícola que abarca casi cuatro millones de millas cuadradas en un estado socialista moderno e industrializado”. La distancia y la simplificación del pasado lo presentaban como un mártir bondadoso.

Lo más grave de esta nota necrológica es todo lo que oculta. Es improbable que las nuevas generaciones de norteamericanos lleguen siquiera a sospechar que durante el maoísmo millones de chinos perecieron sumariamente bajo las torturas, las persecuciones y el hambre en una especie de desenfreno totalitario y demencial que desató el jerarca del partido comunista. 

Entre la libertad y la alevosía

Uno de los pilares básicos de cualquier democracia es la custodia de la libertad de información.

Haría mejor The New York Times en preocuparse por los crímenes contra escritores, periodistas y disidentes que comete todos los días el partido único en China, un país donde no solo se cierran periódicos y se persiguen a los usuarios de las redes sociales sino también se crean sistemas de vigilancia orwellianos de alta tecnología para torturar y asesinar a los opositores, en lugar de servir de plataforma de propaganda de las mentiras de una dictadura que difícilmente admitirá un crimen colectivo como el cometido por Mao Zedong. 

Pero el rol de The New York Times en la consolidación de la influencia china en EE. UU. ha ido más allá de la controversial figura de Mao. Justo esta semana, el diario norteamericano ha publicado un artículo bajo el título de “Cooperative Competition Is Possible Between China and the U.S.”, firmado por Fu Ying, exembajadora y viceministra de Relaciones Exteriores de China y directora del Centro de Estrategia y Seguridad Internacional de China.

El artículo hace un brindis al sol para que tanto China y EE. UU. desde la estrategia del multilateralismo ofrezcan nuevas esperanzas al mejoramiento de la humanidad, aprovechando la confusa coyuntura de la proclamación de Biden como nuevo presidente de EE. UU. 

Sería un error sacar de ello conclusiones optimistas.

No contento con soslayar el pasado de China, el periódico norteamericano coquetea ahora con su futuro. ¿Acaso cree The New York Times que la democracia china comenzará cuando Trump abandone la Casa Blanca? Sería el único caso en la historia de un régimen comunista que renuncia a su control totalitario y elige los mecanismos institucionales del Estado de derecho para dejar de intimidar y extorsionar a su pueblo. 

Lamentablemente, el rápido crecimiento de China no ha traído la decadencia del totalitarismo político sino más bien -como todos los días sufren sus ciudadanos- su refuerzo. 

Al apostar por una línea editorial que da cobijo a los mensajes del Partido Comunista chino, este medio abraza las detestables prácticas utilizadas por Mao, en el pasado, y ahora la de sus herederos políticos, defensores del modelo de medios de comunicación que fabrica “verdades oficiales” bajo el férreo control del Estado.

La transparencia que tanto predica The New York Times es incompatible con el ejercicio de ocultar una verdad histórica.

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