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Superpotencia, El American

¿Cómo se transformó China en una “superpotencia” que desafía a USA?

Esa sangrienta fórmula elevó a China como la nueva superpotencia totalitaria que emergió calladamente ante un displicente y confiando Occidente que la miraba con desprecio

Washington, mal que le pese a la administración Biden-Harris, se ve obligado por la presión de sus aliados en Asia-Pacífico a tratar de contener en lo posible la expansiva amenaza de la ascendente nueva superpotencia totalitaria de China en un arco entre Afganistán y Corea del Sur, pasando por India, Tailandia, Filipinas y Taiwán, apoyado en Diego García, Guam, Australia y Japón. 

China presiona para romper esa no tan firme contención proyectándose en satélites o aliados que por su posición geográfica le resultan útiles para ello, especialmente Pakistán, Sri Lanka, Malasia y en menor grado Myanmar y Laos. Pero también directamente, mediante la creación de islas artificiales, bases militares y el rápido crecimiento de su poder naval. 

Todos los esfuerzos de Beijing apuntan hacia una creciente influencia comercial y política global, por lo que la clave de la segunda guerra fría no está tanto en la primera línea de frente, sino en la iniciativa de la ruta de la seda que desde 2013 apuesta Beijing a lograr una creciente influencia económica, financiera, comercial y política a larga distancia en África y Eurasia para lo que busca hacer de Rusia su mayor satélite e incluso Sudamérica.

La finalidad de China es garantizarse rutas comerciales seguras, acceso a materias primas y recursos estratégicos, además de mercados abiertos a sus productos e inversiones mientras cierra su mercado interno a productos e inversiones foráneas, y limita las estrechas ventanas de apertura a condiciones que le garanticen el robo de tecnología foránea.

Así que el objetivo estratégico de Beijing es garantizarse un acceso sin restricciones o en todo caso recibiendo un mínimo de restricciones mientras cierra su propio mercado interno a mercados desarrollados en los cuales vender productos y robar tecnología el espionaje es más barato que la investigación y desarrollo y lo que se ahorra bien sirve para sobornar políticos en Occidente y el tercer mundo, haciéndolos complacientes y dependientes de Beijing a través de una red de inversiones en rutas comerciales a través del tercer mundo, o potencias de segundo o tercer orden, que aceptan transformarse en satélites en la órbita de Beijing.

Aunque Biden, su vicepresidente y medio Partido Demócrata actual entregarían de buena gana Taiwán a Beijing destruyendo el arco que la administración Obama en su momento debilitó gravemente, no pueden. Y no pueden porque la industria de semiconductores de Taiwán es estratégica a nivel económico y militar. Además, antes de que Beijing sojuzga brutalmente a Hong Kong, pudieron esos políticos, intelectuales, empresarios y periodistas de Occidente con turbios negocios con Beijing y sus satélites fingir creer en lo de “un país dos sistemas” como ofrecimiento a Taiwán para su reintegración a China. 

Aplastadas ya brutalmente las libertades de Hong Kong no pueden seguir fingiendo. Pueden, eso sí, mirar a otro lado ante los genocidios que adelanta Beijing hoy, como pudieron antes cerrar los ojos ante la violación de los tratados entre Londres y Beijing para la entrega de un Hong Kong con Estado de derecho y la economía más libre del mundo a un totalitarismo feroz. La realidad siempre fue “una sola china” pero el PCCh aguardó al momento oportuno para lanzar el zarpazo sin consecuencias. Y el día llegó, ante la creciente indiferencia del “mundo libre”. 

Los Estados Unidos elevaron legalmente aunque medio país está convencido que no fue electo  limpiamente algo que luce como un “candidato de Manchuria” a la Casa Blanca, pero incluso esa abiertamente socialista “democrática” administración está obligada a intentar –o al menos pretender que intenta– una alianza occidental para contener a China.

Pero la realidad es que la Iniciativa de la Franja y Ruta de China BRI, generalmente denominada por los medios “Nueva Ruta de la Seda” es un proyecto de infraestructura multimillonario que involucra a cerca de 100 países para garantizar que Beijing obtenga acceso a mercados y recursos en todo el mundo, garantizando su influencia geopolítica y comercial en toda la masa continental euroasiática y africana, proyectándose en el Pacífico e influyendo financiera, comercial y políticamente hasta en Sudamérica. 

Beijing adelanta un neoimperialismo competitivo muy práctico, es complaciente con cualquier régimen autoritario y acepta de buena gana el juego de la corrupción para meter en su bolsillo a políticos y empresarios del tercer mundo y del occidente desarrollado incluyente a los propios Estados Unidos y aunque proyecta su propio modelo nacional-socialista, ese modelo no incluye imponer una chocante agenda ideológica neocolonial woke, sino un neocolonialismo muy conveniente y complaciente como aliado de elites corruptas y  poderes autoritarios. Mientras tanto Occidente “responde” con promesas vagas, neoimperialismo ideológico woke y un cártel fiscal anticompetitivo.

El Partido Comunista chino (PCCh) logró pasar del más primitivo e irracional socialismo marxista a un nuevo nacional-socialismo sobre el que el aparato totalitario del Partido Comunista rige una potencia económica ascendente. Eso le hizo capaz de proyectar poder global sobre una base económica a la que jamás se aproximaron los soviéticos.

Como notable reinterpretación totalitaria del viejo mercantilismo, el nacional-socialismo le dió a Beijing la fórmula para mantener la gestión semi-independiente de empresas privadas privilegiadas que hicieran una economía mucho más productiva que la soviética, mientras un moderado crecimiento económico para sus bases poblacionales empobrecidas legitimaba al PCCh que adopta un feroz discurso racial patriótico con una grosera reescritura revanchista de la historia abundante en mitificaciones tan absurdas como la de pretender negar la realidad histórica del imperio mongol y recrudecía la persecución genocida de minorías. 

Esa sangrienta fórmula elevó a China como la nueva superpotencia totalitaria que emergió calladamente ante un displicente y confiando Occidente que la miraba con desprecio, como una eterna fuente de mano de obra barata que equivocadamente no consideraba capaz de replicar y superar la tecnología que le robaba ávidamente. Mientras políticos, intelectuales y empresarios corruptos de Occidente y el tercer mundo llenaban sus bolsillos con los sobornos manchados de sangre que tan generosamente entregaba y sigue entregando Beijing para garantizar su influencia política en todo el mundo.   

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