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El colapso de Afganistán deja miles de millones de dólares de equipo en manos del Talibán. Imagen: EFE/EPA/STRINGER

El colapso de Afganistán desnuda la arrogante incompetencia de Biden y los tecnócratas

20 años de presencia americana terminan en medio del fracaso

El colapso de Afganistán, sellado con la caída de Kabul en manos del Talibán, ha marcado la noche del 15 de agosto del 2021 en la lista de los fracasos más vergonzosos del Gobierno americano, justo al ladito de aquel 30 de abril de 1975, cuando cayó Saigón, entonces capital de Vietnam del Sur.

En menos de una semana, los talibanes controlaron casi todo el país, aplastando sin resistencia al régimen “afgano” construido como parte de un proyecto geopolítico en el que Washington invirtió 20 años, más de $822,000 millones de dólares y un aproximado de 200,000 vidas entre civiles y militares (incluyendo miles de soldados americanos).

Todo para nada. Todo para que el Talibán reconquistara Afganistán sin enfrentar una resistencia real de parte del flamante ejército afgano de 300,000 personas (armado entrenado y construido con cargo a los impuestos americanos) que básicamente se entregó, mientras el “presidente” afgano, Ashraf Ghani, salía corriendo —o, mejor, dicho, volando— a Tayikistán, en uno de los últimos aviones.

Detrás de la auténtica tragedia humana, militar y geopolítica que representa el vergonzoso colapso de Afganistán podemos observar tanto un culpable directo como un problema mucho más profundo.

La causa inmediata del colapso de Afganistán

El responsable inmediato es Joe Biden, cuyo desastroso gobierno y evidente… digamos… “deterioro” intelectual le ha enviado a todo el mundo la señal de que América es débil y por lo tanto este es el momento de que sus rivales aprovechen para reposicionarse y recuperar el espacio que habían perdido en años anteriores.

Tanto los talibanes como Pekín escucharon fuerte y claro ese mensaje y actuaron en consecuencia. Los talibanes se tomaron una foto con el ministro de Relaciones Exteriores de la República Popular China. La imagen recorrió el mundo y se convirtió en el golpe propagandístico final que desmoronó cualquier esperanza de resistencia por parte del gobierno y ejército afgano.

Ahora, el problema no es la retirada americana en sí. La salida del ejército de los Estados Unidos se había acordado con los talibanes desde el año pasado. Sin embargo, la administración Biden la ejecutó con una torpeza y una arrogancia burocrática que bordean entre lo incompetente y lo maligno.

En una mezcla de optimismo y lavado de manos estilo Pilatos, Biden presumía (hace poco más de un mes) que el ejército de Afganistán tenía fuerza aérea y 300,000 tropas bien equipadas, contra apenas 75,000 soldados del Talibán. En tono similar, hace 3 semanas, el general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto afirmaba que “las fuerzas de seguridad afganas tienen la suficiente capacidad para pelear y defender su país”, aunque “el impulso estratégico parece, más o menos, estar del lado Talibán”.

Sí, los talibanes habían logrado avances locales durante meses, y (como evidencia la declaración de Milley) los altos mandos de Washington sabían que “el momento estratégico” estaba del lado de los talibanes, pero aun así la administración Biden tramitó con burocrática indolencia el escape de los miles de traductores y colaboradores afganos que habían confiado durante esos 20 años en el Ejército americano e hicieron posible el éxito de sus operaciones.

Miles de ellos ahora están varados en Kabul, junto con quizá miles de ciudadanos extranjeros que no fueron evacuados a tiempo, porque la Casa Blanca estaba muy ocupada perdiendo el tiempo en frivolidades.

El colapso de Afganistán deja al país en manos del Talibán, 20 años y 822 mil millones de dólares después. Imagen: EFE/EPA/STRINGER
El colapso de Afganistán deja al país en manos del Talibán, 20 años y 822 mil millones de dólares después. Imagen: (EFE)

La causa subyacente del colapso de Afganistán

El colapso de Afganistán exhibe en forma contundente el fracaso del proyecto neoconservador, cuyo intervencionismo, impulsado principalmente por las administraciones de George W. Bush y Barack Obama, prometía “exportar la democracia” a países que ni la pidieron, ni la quieren, ni la entienden.

Por eso, en las fogatas que iluminaron la noche de Kabul este 15 de agosto, no solo ardieron los archivos del gobierno afgano, sino que también se convirtieron en cenizas la arrogancia tecnocrática de los intelectuales y gobiernos occidentales, que desperdiciaron montañas de dinero y vidas para que Afganistán regresará básicamente a donde estaba antes de la llegada del primer soldado americano en 2001.

Mientras tanto, resuenan en mi mente las palabras de Kery James en su indispensable “Lettre à la République”: Mais pensiez-vous qu’avec le temps Les négros muteraient et finiraient par devenir blancs ? Mais la nature humaine a balayé vos projets, que grosso modo se traducen como: “Pensaron que con el tiempo los negros cambiarían para convertirse en blancos, pero la naturaleza humana barrió con sus proyectos.”

El rapero francés tiene toda la razón. La naturaleza humana no es un protocolo que pueda modificarse por decreto y la cultura no es un simple disfraz que puedan abandonar los pueblos del mundo, para adoptar las visiones occidentales y convertirse “en blancos”. La gente tiene sus propias ideas, sus propios valores, sus propias prioridades y sus propias realidades, que no se pueden cambiar en automático, ni a golpe de drones o ni a golpe de dólares.

Sí, con 20 años de presencia, 200,000 muertes y cerca de 822,000 millones de dólares, Washington pudo comprar un “gobierno” y un “ejército afgano de 300,000 personas”, pero no le alcanzó para comprar la honestidad y eficiencia de ese gobierno, ni la lealtad de ese ejército. No formaron líderes o soldados, sino actores, que no están dispuestos a mantener la máscara mientras Washington se retira y los talibanes avanzan con la bendición de Pekín.

Las consecuencias

El siguiente amanecer de Kabul será un desastre para Washington. Los 300,000 soldados afganos y su equipamiento (pagados por el contribuyente americano) engrosarán las filas del Talibán, pero la peor parte de la tragedia será la de esos miles de traductores y colaboradores a quienes la administración Biden ha traicionado de forma imperdonable, atrasándoles la visa, condenándolos a quedarse atrás, a merced de los talibanes que los desprecian y muy probablemente los matarán.

Al final del día, la misma arrogancia tecnocrática, que todo lo quiere resolver con procesos y decretos, fue la que inspiró la invasión, inspiró el dispendio de la fallida “reconstrucción” e inspiró después la apresurada huida y la vergonzosa traición a quienes se quedan atrás.

Esa vergüenza permanecerá.

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