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¿Cómo el socialismo destruyó a Venezuela? Parte II

Este experimento eternamente fracasado destruyó al otrora país más próspero de Hispanoamérica

En la entrega anterior resumía en una estrecha reseña la paradójica historia de cómo el éxito económico de una Venezuela que llegó a ser la primera economía de Hispanoamérica tuvo sus momentos más brillantes justo cuando la política, la academia y la sociedad venezolana en general adoptaban al socialismo en sentido amplio como cultura política dominante, entregando al marxismo revolucionario el control de la academia y los grandes medios de comunicación.

En medio de aquel contexto, la economía del país y el ingreso promedio de los venezolanos no habían dejado de crecer. Aquella bonanza se asoció –errónea o mentirosamente– no a las ideas y políticas que lo habían ocasionado, sino a las que comenzaban a ralentizarlo y finalmente lo destruirían.

La economía crecía, las finanzas públicas seguían relativamente sanas, la infraestructura y el desarrollo industrial eran notables y la democracia política venezolana era una excepción –con los estigmas que expliqué en la previa entrega– en aquella Hispanoamérica de dictaduras donde reinaba una pobreza incluso mayor.

Ya se podían ver los primeros síntomas del desastre que sobrevendría, en el dirigismo socialista de la economía, y su consecuentemente torpe manejo monetario y fiscal. Pero durante las primeras décadas del socialismo democrático moderado, incluso con ciertas convulsiones, la estabilidad del valor del bolívar hacía de la inflación y sus consecuencias un asunto realmente exótico para los venezolanos de entonces.

La Guerra Fría estaba en su apogeo. Fidel Castro se transformaba en una leyenda viviente del izquierdismo mundial y el dictador consentido de una intelectualidad mitómana, al que todo se lo justificará la envidia culpable hispanoamericana. Construyó una fortaleza marxista en las narices del coloso norteamericano. Fortaleza que todavía sobrevive –en buena parte por su parasitariamente eficaz posicionamiento como metrópoli ideológica y política del neo-socialismo venezolano– en medio de la destrucción material y moral en que ha terminado siempre el triste experimento socialista mil veces repetido.

Alineado del otro lado de la Guerra Fría por la fuerza de las circunstancias –aunque reclamando siempre su carácter de no-alineado y cofundador de la OPEP–, el moderado socialismo venezolano llegó a su apogeo el 29 de agosto de 1975, cuando el presidente Carlos Andrés Pérez firmó una historica Ley Orgánica de Reserva al Estado la Industria y el Comercio de los Hidrocarburos, que entraría en vigor el 1 de enero de 1976.

Estatizada la industria –no el petróleo pues el subsuelo y todo lo que en él hubiera siempre fue del Estado en Venezuela–. Nadando en la aparente abundancia de los precios petroleros, en una economía de comando con privilegios proteccionistas y créditos blandos para un sector privado obediente, crecieron los monopolios estatales, manejando directamente desde el petróleo y la industria pesada, hasta las telecomunicaciones. Y aquel Estado socialista multipropósito, fue desde banquero hasta promotor cultural.

Todo ello lucía muy bien para todos, o casi todos, mientras inadvertidamente se desaceleraba el histórico crecimiento del producto interno bruto por habitante, que en pocos años comenzaría a mostrar la tendencia hacia una caída que aún se mantiene.

Desde entonces, Venezuela se ha empobrecido como nadie hubiera imaginado; tenemos décadas, prácticamente sin interrupción, en esa caída sostenida del ingreso real de la población. Ello pese a vivir en un mundo que presenció el desmoronamiento del socialismo soviético, pudiendo constatar el brutal costo humano del fracasado experimento.

Fue irónicamente esta Venezuela petrolera empobrecida la que sirvió de laboratorio fatídico al nuevo experimento del neo-socialismo del siglo XXI, con un presidente que intentó asumir un papel aparentemente más retador –principal y casi exclusivamente en lo retórico– ante el coloso del norte, que el que le correspondió a Fidel Castro en su momento.

Discursos grandilocuentes y desastrosos resultados. Algo nuevo y excitante al principio, con programas sociales de alto impacto entre los sectores empobrecidos y olvidados del viejo socialismo venezolano. Los discursos van cayendo en la ineficacia, corrupción e incapacidad. Algo inevitable para todo Estado que intenta ser lo que es contrario de su naturaleza.

¿Qué extraña maldición nos ha impedido construir un país capitalista moderno a los venezolanos, cuando las condiciones materiales eran las más favorables posibles? Es difícil decirlo. Las circunstancias pesaron siempre. Y la tragedia de tener gobierno y oposición socialistas, sin alternativa ideológica real para elegir entre los mayores partidos políticos tenía ayer –y sigue teniendo hoy– consecuencias nefastas.

Pero fuimos nosotros y nuestras circunstancias. No había determinismo en ellas. Y en retrospectiva, es innegable que hubiéramos podido sobreponernos de haber actuado de otra forma. Lo que quizás sea decir tanto como: de haber sido otros. La verdad es que fuimos nosotros, porque no podemos ser sino quienes somos. Los venezolanos fuimos, y somos todavía –por acción los más y por omisión los menos– la causa fundamental del desastre.

Una circunstancia clave fue la de 1992, cuando un tímido intento de apertura económica fracasó políticamente en Venezuela. Era el momento de una rectificación profunda, de detener la inflación y cesar la manipulación cambiaria, de desandar el camino socialista que nos había colocado el borde del abismo. Pero no fue así.

La Venezuela de los años 90, sin duda alguna, estaba al borde del abismo. Y la Venezuela de los años 90 rechazó la economía de mercado con todo el resentimiento envidioso de su élite intelectual, comunicacional y política entera. Entregándose a un militar golpista que no se molestaba en ocultar sus simpatías e intenciones castro-comunistas. Esa Venezuela al borde del abismo ¡dio un gran paso al frente!

La lección es que para destruir materialmente un país prospero, primero hay que destruirlo intelectual y moralmente mediante la subversión ideológica socialista. La destrucción será inevitable desde que ya nadie, o casi nadie, defienda la institucionalidad.

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