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¿Cómo la ingeniería puede ayudar en la lucha por la libertad?

Por Salvador Suniaga *

Es de noche en Shangai. La oscuridad y contexto conformarían ya una diégesis simbólica. Un dron sobrevuela una urbanización y megáfono mediante le sugiere a los residentes de los edificios que «contengan sus deseos de libertad y que no abran las ventanas ni canten». Sucede que un rebrote del Covid-19 amenaza con expandirse de nuevo y el uso de panópticos voladores está justificado por el gobierno chino; así como la utilización de lentes térmicos por parte de los policías, para identificar fácilmente a quien tiene calenturas por encima de lo normal. Por ahora, dejemos de lado lo no-tecnológico, como la separación de los niños de sus padres, o la práctica de exterminar animales.

Si por ventura pensamos que la coacción tecnológica de libertades es asunto lejano y oriental, notemos que el gobierno canadiense admitió haber vigilado secretamente los desplazamientos de la población al rastrear 33 millones de teléfonos durante la pandemia. Anterior a esto, mientras transcurrían las protestas a razón del fallecimiento de George Floyd, agencias de seguridad de Minnesota pusieron a prueba la Operación Red Segura (Operation Safety Net), que consistió (y consiste) en la recopilación simultánea y secreta de imágenes faciales, datos de redes sociales y trazabilidad de llamadas telefónicas de los manifestantes. Que no escuchemos el zumbido del dron fuera de nuestra ventana no significa que no esté ahí.

Partamos maquiavélicamente, con sentido práctico: no somos libres, ni siquiera en las sociedades democráticas de nuestro hemisferio. Más aún, la gestión para combatir la pandemia demostró que son muchos los ciudadanos que prefieren la seguridad y el control a su libertad. La técnica, ejecutada metódicamente a través de la ingeniería, ha sido un instrumento para la coacción de libertades.

China libertad covid
A man has his swab sample collected for a Covid-19 test by a medical worker in a booth outside Beijing West railway station amid the coronavirus pandemic in Beijing, China, 09 August 2021.

Que la tecnología moldee la civilización ya es tema ampliamente conocido. Marx advertía que las relaciones tecnológicas pre-estructuran las relaciones socioeconómicas. Mumford, por su parte, posiciona el centro de gravedad de lo tecnológico en las sociedades, pues de ellas se espera primero un clima político apto para después adoptar tal o cual tecnología. Luego Foucault desenrrollaría la madeja de las tecnologías del yo; es decir, de cómo, en el afán de conocernos a nosotros mismos, pasamos de escribir diarios en la antigüedad a confesarnos cristianamente en la Edad Media; terminando ahora, voluntariamente, exhibiendo nuestra cotidianidad en las redes sociales o publicando, orgullosos y a la vista de todos, la constancia de una cuarta y quinta vacunación.

Si la relación entre tecnología y libertad, entre ingeniería y filosofía, es así de patente, ¿cómo es que, estando en sociedades democráticas, la corresponsabilidad ingenieril en el diseño de productos y servicios sigue siendo difusa?

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El ejercicio de la ingeniería presenta la peculiaridad del anonimato. Cuando un arquitecto diseña un edificio, todos sabemos que lo diseñó ese arquitecto. Lo mismo con una ilustración y el artista, o con una ortodoncia y el odontólogo. Cuando se construye un puente, sea que éste perdure o colapse, la responsabilidad recae principalmente sobre la consultora de ingeniería. Es lógico, en vista de que es un trabajo realizado por un equipo numeroso. También es cierto que cada plano y autorización está firmado por un ingeniero debidamente identificado, pero el elogio de la obra o su penalización va hacia la empresa, hacia el equipo de trabajo. La responsabilidad individual se diluye entre todos. La excepción que confirma la regla son los inventores y creadores de patentes, ya casi extintos.

Esto crea la ilusión marcial de que al ingeniero no debería importarle lo que diseñe, programe o fabrique. De que simplemente obedece órdenes. Se le cosifica y reduce al mismo nivel del artefacto técnico que está concibiendo. Pero, ¿será lo mismo construir un puente que fabricar un rifle? ¿O diseñar una máquina de diálisis que programar un dron de vigilancia? ¿Será que el equipo de diseñadores e ingenieros no tiene responsabilidad individual ética sobre el producto final, más allá de los procedimientos administrativos?

Tendríamos que recordar las lecciones de Ortega & Gasset en su Meditación de la Técnica, y resaltar dos principios racionalmente deducibles: primero, que, al contrario de lo que creemos, la técnica no consiste en satisfacer nuestras necesidades básicas sino en reconfigurar nuestra circunstancia para que dichas necesidades ya no existan; y así, por fin libres de las imposiciones de la naturaleza, nos dediquemos a ser humanos. Segundo, que el ser humano no está simplemente en el mundo, sino que su condición humana exige un bien-estar.

Con ese par de principios ya se puede trazar una directriz ética y política sobre la cuál pensar desde el mismo momento del diseño conceptual de un producto o desde la primera línea de programación. A través de la técnica, nos liberamos de la preocupación, inseguridad y coacción que la naturaleza le impone a los animales. Esa es la razón de la técnica misma. Por lo tanto, toda técnica que limite nuestras libertades, que nos imponga necesidades y preocupaciones, que nos rebaje del bien-estar a estar, es una técnica que terminará por desaparecer lo humano y a ella misma en el proceso.

Para que el profesional técnico no se distancie de su creación, sino que se adueñe y responsabilice de ella, sería menester romper con la primera alienación que ocurrió con la especialización —sin que esto implique polimatías— a través de una revisión crítica de la historia de los siglos XIX y XX; particularmente del paradigma del progreso, según el cual toda acción basada en la velocidad, utilidad y eficiencia es virtuosa. Esto implicaría, en términos de formación académica, contextualizar los problemas de ingeniería, añadiéndoles dimensión antropológica y social. No sólo saber qué se diseña, sino para quién y por qué. «Vean pues, los ingenieros cómo para ser ingeniero no basta con ser ingeniero. Mientras se están ocupando de su faena particular, la historia les quita el suelo de debajo de los pies», decía Ortega.

Desde la praxis ingenieril, habría que oponerse a la soberbia del especialista hipertrofiado, expertísimo en la minúscula parcela de conocimiento de su oficio, pero ignorante del océano de matices que le rodea, y al que orondo desdeña. Desde lo académico, igualmente habría que oponerse a la intención de retirar o sustituir la cátedra de filosofía. No vaya a ser que terminemos más angustiados y menos libres que aquellos hombres de Altamira, dizque primitivos, quienes después de cazar, abrigarse, hacer fuego, aún en su precariedad y rodeados de incesantes peligros, tuvieron tiempo para lo innecesario: poner sus manos en la roca y colorear el negativo de las mismas —qué es lo humano sino una constante negación—. Tal vez, mientras lo hacían, también les era lícito cantar.

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