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Progresía devora. Imagen: Jay Way, El American

La progresía devora. No seamos el postre

La progresía devora reputaciones y conceptos, arrojándonos a todos en la incertidumbre de una cultura de linchamientos y fariseísmo. No seamos la cena

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Las esperanzas de un regreso a la normalidad tras la llegada de Joe Biden a la presencia de los Estados Unidos han sido rápidamente confirmadas como una mera fantasía. La progresía (los wokes, pues) no solo persevera en su odio hacia el ahora expresidente Donald Trump, sino en la lucha por callar cualquier voz que no mantenga el ritmo de su guerra hacia el extremismo.

Tan solo esta semana observamos casos como la censura de las grandes empresas tecnológicas en contra Project Veritas y Life Site News, el escándalo al interior del New York Times tras el despido (perdón, “renuncia”) de su reportero Donald McNeil por haber dicho una “mala palabra” y, por supuesto, el despido de la de la actriz Gina Carano, (Cara Dune en The Mandalorian) después de que se atrevió a publicar una un mensaje que puso a los progres ante el espejo de su propio totalitarismo, obligándolos a responder, bueno, como totalitarios.

Abriendo los ojos

A estas alturas, incluso muchos liberales (demócratas) y socialdemócratas se dan cuenta de lo que les veníamos advirtiendo desde hace años: que la progresía ha abandonado el terreno de la tolerancia a cambio de un camino de censura y de linchamiento sistemático que es incompatible con paradigma liberal e, incluso, con la propia sobrevivencia de la democracia y de la civilidad política. Lo que quizá en algún momento fue una lucha comprensible se ha convertido en cena de caníbales.

Esta cena de caníbales ha llegado al nivel actual porque durante años los liberales decidieron darle “vía libre” a los radicales, para utilizarlos como arma en contra de la derecha. Los “moderados” pensaban que, ya que ellos son tolerantes y modernos, no estaban en riesgo de que la turba woke eventualmente se volviera en su contra. Mientras los caníbales políticos afilaban sus dientes y aumentaban su poder, los liberales volvían la vista hacia otro lado y aprovecharon el sentimiento de superioridad moral de hacer equipo con los progres para denunciar a los conservadores. Recién ahora empiezan a darse cuenta de que ellos mismos son retrógradas a los ojos de la progresía a la que alimentaron.

La lección que ahora dolorosamente comienzan a aprender es que no importa qué tan liberal seas, nunca será lo suficientemente “progre” para los progres, a menos que estés dispuesto a asumir como propias las ideas más radicales y avanzar en forma permanente hacia la destrucción de lo que tú mismo creías unos años antes. Eso es lo que en la práctica implica el concepto de progresividad que, en términos políticos, es una ruta permanente e irrefrenable de destrucción de las certezas previas.

Quizá hace 10 años eras lo suficientemente igualitario, vegetariano, feminista y gluten free, pero ahora las mismas actitudes que te volvían de avanzada se convertirán en el pretexto para condenarte como racista, machista o especista. Y la única forma de evitar ese destino de oprobio consiste en dar muestras permanentes de absoluta sumisión a quienes marcan el ritmo de lo que está de moda.

Para acabar pronto, los progres presumen inspirarse en Luther King, pero en realidad están más cerca de las “Mean Girls” que controlan con puño de hierro la secundaria dictando que está de moda y qué no, mientras el resto de los alumnos se aferran a mantenerse a la moda, para no ser expulsados a tuitazos del club de los “chiques populares”.

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La progresía mezcla activismo político, pasión religiosa y obsesión con el conflicto. Imagen: (Flickr)

¿Cómo evitar convertirnos en el postre de la progresía?

El primer punto es entender que el caballo de la progresía está desbocado, y quienes se suban sin entender de qué se trata terminarán decepcionados y aplastados. ¿Qué impulsa a ese potro sin frenos? Dos cosas: Un ecosistema político y la adictiva sensación de lucha y liberación.

Los progres, por definición se lanzarán permanentemente a nuevas conquistas, hasta que todo el mundo quede liberado (o sea, deconstruido y en cenizas). Sus primeros enemigos son los conservadores, pero una vez que acaben con ellos, o simplemente cuando están aburridos, no tienen ningún empacho en dirigir sus baterías contra los liberales, porque también los consideran opresores.

Si tú, amigo liberal, no estás dispuesto a ceder completamente tú opinión y tu mente al colectivismo totalitario de la progresía, entonces deja de hacerle el juego y entiende que para ellos tú también eres un enemigo y un potencial platillo. El hecho de que en ese momento están muy ocupados devorándose a alguien más, no significa que estés a salvo.

Para no ser el postre de esta cena es necesario ponerle un alto a la cultura de la cancelación y generar presión en sentido inverso, para que quienes (por inercia burocrática o franca cobardía) le siguen el juego a las turbas progres, se den cuenta de que caer en la cultura de la cancelación también tendrá consecuencias para ellos.

En general, urge un consenso de sensatez y de certeza que deje de lado la demencia de la progresividad y refrende el derecho a disentir sin dejar de existir. De otro modo, todos seguiremos en el menú.

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