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Económicas, consecuencias, Biden

Las consecuencias económicas de dormir con el enemigo

La imprudente acumulación de deuda pública, problema de larga data que creció exponencialmente con la pandemia, es más peligrosa en una economía que sufre una caída del ahorro nacional

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Más incluso que la propia pandemia –y sus efectos económicos– es la infinita torpeza –sanitaria y económica– del grueso de gobiernos –incluso de países desarrollados– ante la misma, la que ha  descoordinado mercados nacionales, regionales y globales. Los efectos sobre la estructura dinámica del capital –cuya importancia demasiados economistas prefiere ignorar– serán devastadores. 

Los Estados Unidos son el mayor mercado de consumo del planeta y la economía más integrada en redes globales de comercio y finanzas. Y en los Estados Unidos –como en el resto de economías desarrolladas– se está camuflado algo que amenaza con ocasionar estragos durante varias décadas. Es más importante en los Estados Unidos porque el impacto, negativo o positivo de su economía en la recuperación del resto del mundo será enorme. 

Con déficit récord, en 2020 el ahorro de los americanos alcanzó niveles negativos. La Reserva Federal indica que la tasa de ahorro nacional neto –ahorro interno de hogares, empresas y gobierno– fue de -0.9% al segundo trimestre de 2020. Desde 2009, cuando cayó al -2.7% no veíamos tasa negativa. Y en 2009 fue en medio de una recesión global. La imprudente acumulación de deuda pública, problema de larga data que creció exponencialmente con la pandemia, es más peligrosa en una economía que sufre una caída del ahorro nacional.

Macroeconomía convencional

Había signos claros de recuperación –re-despegue de hecho– de la economía de los Estados Unidos a finales de 2020. Pero la nueva administración revertirá las políticas fiscales, regulatorias y energéticas que sostenían esa recuperación. Razonablemente sana. Y con eso, podríamos ver una caída de la tasa de ahorro acelerando el debilitamiento del dólar. Una expansión del déficit comercial estadounidense. Junto a más y más endeudamiento de Washington. Pero para que viésemos más endeudamiento, un dólar débil y déficits comerciales crecientes juntos, tal vez tendríamos que ver también una tasa de ahorro negativa, más o menos sostenida. Es macroeconomía convencional y tiene serias deficiencias teóricas, pero en este caso apunta a lo probable.

Cuestión de ahorro e inversión

Recortando impuestos y regulaciones, la administración Trump logró el retorno de capitales americanos del extranjero, más inversiones foráneas y nueva creación de empleo industrial sostenible, en sectores antes dados por irrecuperables. Pero los inversionistas saben que eso llegó a su fin con la administración Biden. En sus primeras horas en la Casa Blanca, Biden destruyó mil empleos directos en el sector energético. Y con la misma medida que hizo eso condenó, casi seguramente, otros 42 mil empleos –entre directos e indirectos– mientras las agencias de Agitprop disfrazadas de “fact checkers” pretenden cancelar dicha realidad factual de Internet.

El problema que la macroeconomía convencional no puede ver es que se destruirán inversiones –y empleos– sostenibles en una economía sana, mientras se fomenta un crecimiento artificial –con gasto público deficitario, subvenciones y privilegios mercantilistas– a capricho de Washington. Es una burbuja insostenible, sustituyendo la inversión y empleo sostenible. Y si la economía carece de  suficiente financiamiento desde el ahorro interno, requerirá mayores entradas netas del exterior.

Y con lo que ya inició la administración Biden en Estados Unidos, requerirá capital extranjero para financiarla. Capital diferente y que no irá hacia donde se orientaba con los exitosos recortes de impuestos y regulaciones de la administración Trump.

¿De dónde vendría este capital extranjero? Pues de repetir el “América last” inconfesado de la administración Obama –como obviamente desean, Biden y el grueso del partido demócrata– con altos déficits comerciales que atraerían hacia los Estados Unidos al capital chino que la administración Trump prefirió alejar. Por motivos geoestratégicos y de seguridad nacional. Y por motivos estrictamente económicos. Aunque lo de puertas abiertas al totalitarismo de Beijing no será tan simple para Biden como fue para Obama.

Bajo la sombra de Trump

La administración Trump enmarcó su conflicto comercial con Beijing en una amplia contención de la proyección de poder global de la nueva superpotencia totalitaria china. Una nueva guerra fría tan diferente a la anterior que denominarla guerra fría –aunque lo es– puede incluso confundirnos. 

Trump fue firme enfrentando las prácticas comerciales proteccionistas, la manipulación monetaria y el robo de tecnología por Beijing. Incluso con aranceles más altos a productos chinos por más de 360 mil millones de dólares. Redujo el superávit comercial chino, que se había disparado cuando la administración Obama fue complaciente con el doble juego de Beijing, para atraer capital chino al costo de destruir empleos e inversiones locales. Ya no será tan simple. 

De una parte porque a pesar de los esfuerzos de cancelación y persecución, en lo que únicamente puede ser descrito como la colusión político-mercantilista de grandes tecnológicas –y otras grandes corporaciones– con un poder socialista en un proyecto totalitario compartido, la oposición conservadora de los Estados Unidos existe en el mundo real y en el escenario político e institucional. 

Es medio país, o más. Y ya no será cancelada sin resistencia –como en ocurrió en las universidades, el grueso de la gran prensa tradicional, la mayor parte de la cultura, el entretenimiento y las grandes tecnológicas– y esa oposición ya no creerá en la inevitabilidad de la deslocalización de empleo industrial hacia china, a cambio del crecimiento concentrado en servicios y tecnología. Y de la compra china de deuda americana –pública y privada– junto a una creciente inversión china en los Estados Unidos. 

La administración Trump demostró que no era inevitable. Que era reversible. Y que la economía americana podía crecer mientras competía con Beijing en el terreno industrial. En las filas de la gran colusión social-mercantilista están notando que las corporaciones chinas no son ya mediocres imitadores. Que a partir del robo de tecnología, el proteccionismo de su enorme mercado interno y su propia investigación y desarrollo, ahora son competidores formidables.

Por el propio mercado americano –y global– en condiciones ventajosas –manipulaciones comerciales y monetarias– y no una simple factoría esclavista de alquiler, para fabricar con mano de obra barata y sojuzgada –y sin regulaciones ambientales– los productos físicos que venden esas grandes tecnológicas. Y otras corporaciones occidentales. 

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