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La conspiración aplaudida

La estabilidad de una democracia no puede depender de maniobras arbitrarias, manipuladoras y mezquinas, con el único propósito de favorecer a una facción política. Nosotros no creemos en eso. Eso no es un juego limpio

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Está mal conspirar en contra del curso natural de los procesos electorales en Estados Unidos. Terrible, a menos que lo haga el Partido Demócrata, en contra de Donald Trump. Entonces, es laudable, deseable. Entonces, es una conspiración aplaudida.

Por meses la campaña del expresidente Trump denunció la conjugación de fuerzas para, de manera abusiva, arrebatarle la presidencia. Hoy la revista TIME publica un extenso reportaje en el que, de alguna manera, le da la razón al expresidente y a su campaña. No se trata de fraude. Se trata de la manipulación obscena para apuntalar la campaña del contrincante de Donald Trump; en este caso, Joe Biden.

En el reportaje, la periodista Molly Ball escribe sobre «La historia secreta de la campaña en las sombras que salvó las elecciones de 2020». Hablamos, según relata Ball, de cómo «una camarilla bien financiada de personas poderosas, de diferentes sectores e ideologías, trabajó junta, entre bastidores, para influir en las percepciones, cambiar las normas y las leyes, dirigir la cobertura de los medios de comunicación y controlar el flujo de información».

«Su trabajo (el de la camarilla), tocó cada aspecto de la elección. Lograron que los estados cambiaran el sistema de votación y las leyes y ayudaron a conseguir cientos de millones de dólares en fondos públicos y privados. Se defendieron de las demandas por supresión de votantes, reclutaron ejércitos de trabajadores electorales y consiguieron que millones de personas votaran por correo por primera vez. Presionaron con éxito a las compañías de redes sociales para que adoptaran una línea más dura contra la desinformación y utilizaron estrategias basadas en datos para luchar contra las difamaciones virales. Llevaron a cabo campañas nacionales de concienciación pública que ayudaron a americanos a entender cómo se desarrollaría el recuento de votos a lo largo de días o semanas».

Lo que leemos en el reportaje de TIME es alarmante. Lo anterior es solo una pequeña síntesis de los esfuerzos. La manipulación fue amplia. La periodista perfila a Mike Podhozer, el asesor principal del presidente de la AFL-CIO, la mayor federación sindical, como el gran arquitecto de la conspiración. Pero son muchos los rostros; entre ellos, el de Mark Zuckerberg. Se concretó, a espaldas de millones de americanos, una conjura orquestada gracias a una alianza entre «activistas de izquierda y titanes empresariales».

Sin embargo, lo más aterrador de todo es que no se trata de una profunda investigación periodística. Los mismos protagonistas acudieron a TIME para, orgullosos, relatar sus testimonios. «Cada intento de interferir con el desarrollo de las elecciones fue neutralizado. Es muy importante que el país entienda que esto no ocurrió accidentalmente. El sistema no funcionó por arte de magia. La democracia no se ejecuta por sí misma», dice a la revista Ian Bassis, cofundador de Protect Democracy, un grupo no partidista que se denomina defensor del Estado de derecho. Y es, por esa razón, según escribe la periodista, que los autores quisieron relatar su historia: «No estaban amañando las elecciones, sino fortaleciéndolas. Y creen que el público debe comprender la fragilidad del sistema para garantizar que la democracia en Estados Unidos perdure».

Prepotentes, sin duda alguna. Y muy peligroso. La estabilidad de una democracia no puede depender de maniobras arbitrarias, manipuladoras y mezquinas, con el único propósito de favorecer a una facción política. Nosotros no creemos en eso. Eso no es un juego limpio.

Conspirar no es ilegal, es cierto. Tampoco lo es censurar, desaparecer al presidente de Estados Unidos de todas las plataformas de redes sociales, mentir, manipular, alterar las reglas y las normas, neutralizar la información que desfavorezca a un candidato y ocultar la corrupción de su hijo. Pero es bajo. Es inmoral y no debe ser legitimado por los americanos que confiamos en las instituciones de Estados Unidos.

Los americanos deben rechazar con energía los esfuerzos de quienes pretenden entrometerse en la labor que le corresponde a las instituciones y la Constitución. Avalar esta conspiración, revelada por TIME y perfilada como un impulso encomiable, es dejar el país en manos de las élites cuyo único propósito es resguardar sus intereses. Aunque los medios mainstream traten de mercadearlo de esa manera, no se trata de una conspiración plausible. Un grupo de poderosos ha cambiado, para provecho propio, el curso natural de los hechos.

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