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Cruzazulear y sufrir

Cruzazulear, esa manía de América Latina

“Cruzazulear” significa perder aquello que ya estaba prácticamente ganado, y América Latina sigue cruzazuleando. Urge superar la adicción al subdesarrollo

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“Cruzazulear” significa perder aquello que ya estaba prácticamente ganado, cometer torpezas que lindan con lo inverosímil para arrancar la derrota de las garras de la victoria, convertir un triunfo casi seguro en un humillante fracaso, una y otra y otra vez.

El término surgió a partir del equipo mexicano Cruz Azul, que no solo lleva más de 20 años sin obtener un título de Liga, sino que en este tiempo ha acumulado una serie de derrotas que rozan el terreno de lo grotesco. La más reciente de ellas ocurrió el pasado 6 de diciembre: Cruz Azul llegaba a la vuelta de las semifinales con una ventaja de 4 goles sobre Pumas, ya prácticamente con pie y medio en la final. Bueno pues otra vez la cruzazulearon, perdieron 4-0 y quedaron eliminados.

Hay varias anécdotas por ese estilo, dentro de las que destacan la liguilla del 2003, cuando Cruz Azul tenía 4 goles de ventaja sobre Chivas, y perdieron; o la final del 2013, que perdieron en penales contra el América a pesar de que todavía al minuto 88 del partido llevaban una cómoda ventaja de 2 goles. La cruzazulearon.

Durante los últimos años este concepto se ha vuelto tan conocido en México e incluso en otros países, que hace un par de meses la Real Academia Española (RAE) incluyó al verbo “cruzazulear” como parte de su Observatorio de Palabras”, mientras que la Academia Mexicana de la Lengua lo define públicamente como “la acción de perder un partido luego de tener la victoria prácticamente asegurada.”

La esperanza antes de cruzazulear
(Flickr)

América Latina es el Cruz Azul

Más allá de lo patético de la anécdota deportiva, la vocación de cruzazulear es un elemento que comparten muchos países latinoamericanos, aquellos que están a punto del primer mundo, muy cerca del desarrollo, y que en el momento clave regresan a los viejos vicios del autoritarismo, el populismo socialista y la demagogia que los vuelve a hundir en la pobreza que maldicen.

Los ejemplos sobran. Quizá el más claro es el de Argentina, un país que llegó a contarse entre los más prósperos del mundo a finales del siglo 19 y principios del siglo 20 y se convirtió en tierra de oportunidades para miles de migrantes europeos. Los argentinos tenían todo para consolidarse como la gran potencia sudamericana y una historia de éxito similar a la que vemos, por ejemplo, en Nueva Zelanda.

Sin embargo, en ese momento, la cruzazulearon. El peronismo marca el inicio de un largo declive de la nación argentina, incluyendo dictaduras, crisis económicas, corralitos y tropiezos que llegan hasta la actualidad entre la tecnocracia mediocre de Macri y los francos caprichos izquierdistas de Fernández y Kirchner. En pleno 2020, el Gobierno presume clausurar comercios que no respetan leyes de “precio máximo”, pelea y suplica con el Fondo Monetario internacional y en términos generales parecieran haberse quedado atorados en los años setenta del siglo pasado, mientras Brasil les va quitando cada vez más espacio de liderazgo económico en América del Sur.

En Chile, tras el desastroso Salvador Allende y los erráticos primeros momentos de Pinochet, las reformas en materia de libertad económica, de educación y del sistema de pensiones posicionaron a esta nación como una de las esperanzas de éxito latinoamericano. Así permaneció cuando, tras el regreso a la democracia, los gobiernos de la concertación entendieron que (más allá de los defectos de Pinochet) esas reformas eran valiosas. El país siguió creciendo y acercándose a las puertas del primer mundo. Sin embargo, entonces la cruzazulearon.

La izquierda radical aprovechó la mediocridad crónica del gobierno de Piñera para destruir media capital e impulsar un proceso de renovación constitucional que casi garantiza que el país regrese a los vicios de la demagogia latinoamericana.

México, tras varias décadas de depender del petróleo, eventualmente entendió que el futuro estaba en integrarse a la economía global con algo más que materiales, y en un par de décadas logró modernizar su industria y convertirse en el primer gran país latinoamericano que no depende de las materias primas para sus exportaciones, además de construir una plataforma institucional que permitía soñar con grandes cosas en el futuro. Incluso lograron quitarse las anclas jurídicas y mentales que habían atado al país a un nefasto monopolio energético. Y luego la cruzazulearon.

Los mexicanos eligieron a Andrés Manuel López Obrador para que este esencialmente regrese al país a las viejas mañas de la época priísta: el presidencialismo absoluto, la demagogia soberanista, la apuesta insensata por el petróleo, la destrucción de las instituciones y el sometimiento de los argumentos técnicos al capricho político.

Ya ni hablemos de Venezuela y de sus oportunidades perdidas, que vienen desde mucho antes que el chavismo, o de Colombia, donde un supuesto acuerdo de paz se convirtió en el triunfo político de una guerrilla que debió ser plenamente derrotada.

Dejemos de cruzazulear

Algo nos pasa en Latinoamérica. Cuando parece que estamos listos para dejar de ser los niñatos de siempre, la sociedad y/o los políticos deciden que siempre, no. Que mejor nos quedamos como estamos, aunque nos quejemos de cómo estamos.

La cruzazuleamos, porque en lugar de entender que los procesos de modernización de nuestros países tienen defectos, que deben corregirse, optamos por condenarlos de plano y destruirlos por completo, aferrados a la esperanza de un modelo socialista y de revanchas mitológicas que no funcionan y nunca lo harán.

Así de sencillo: de todas las tragedias latinoamericanas, esa manía de cruzazulear es la peor.

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