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Daniel Raisbeck: “Un triunfo de Petro sería el fracaso de la política de Estados Unidos hacia América Latina”

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A pocos días de primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia, El American habló con Daniel Raisbeck, analista de políticas públicas para América Latina del Cato Institute, historiador y prestigioso economista colombiano.

No hay certeza de qué ocurrirá. El candidato de la extrema izquierda, Gustavo Petro, lidera las encuestas, con una ventaja muy amplia sobre el segundo, el candidato de la centro-derecha, Federico Gutiérrez. Ante la inminente posibilidad de que por primera vez en la historia de Colombia un proyecto explícitamente socialista llegue al palacio presidencial de Nariño, se habla de estas elecciones como las más importantes de la historia contemporánea de Colombia.

El American conversó con Raisbeck al respecto. De los posibles escenarios para Colombia bajo Petro, de qué le esperaría a la región y, particularmente a Estados Unidos, y de qué chances hay de que el país se salve de ser tomado por el comunismo.

Según Raisbeck, si Petro llega a ganar la presidencia de Colombia, “sería un fiasco estratégico” para Estados Unidos, comparado a lo que ocurrió en Afganistán. Asimismo, Raisbeck aseguró que Petro amenaza “no solo la composición del próximo gobierno, sino todo un sistema constitucional”.

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“Que el petrismo aplicado conduce a la pobreza y a la fuga masiva de capitales no es especulación; sin ser presidente, sus propuestas ya han tenido un fuerte impacto negativo sobre el mercado de renta fija”, dijo Daniel Raisbeck a El American.

¿Qué tan importantes son estas elecciones para Colombia?

Estas elecciones presidenciales no tendrían que ser más importantes que algunas de las pasadas. El problema es que todos los candidatos respetan las reglas del juego excepto el que lidera las encuestas. Petro ha dicho en numerosas ocasiones que su “proyecto” requiere mucho más de cuatro años de gobierno, y está el precedente de sus aliados en la región, quienes cambiaron el arreglo constitucional para perpetuarse en el poder (lo cual también hizo Uribe en Colombia, pero al menos sólo se quedó durante dos períodos presidenciales).

Petro también ha anunciado su intención de convocar una asamblea constituyente porque la constitución actual, que está repleta de “derechos” positivos, no es lo suficientemente “pluralista” para él. Es decir, en estas elecciones no sólo está en juego la composición del próximo gobierno, sino todo un sistema de república constitucional que, en términos latinoamericanos y pese a todos sus problemas, ha sido bastante estable y longevo. 

La república colombiana ha perdurado porque, en medio de tremendas dificultades, logró resistir amenazas externas como las guerras libradas por carteles de la droga y grupos guerrilleros, entre ellos la organización violenta en la que Petro inició su vida pública. Petro, por cierto, aún se identifica como un revolucionario, lo que equivale a deslegitimar la República y sus formas. La novedad es que, en una potencial presidencia suya, el máximo poder del Estado no ejercería la debida resistencia contra las fuerzas subversivas, porque las fuerzas subsersivas ejercerían el máximo poder del Estado.

¿Qué tan probable ve el triunfo de Gustavo Petro?

El peor error que pudo cometer la clase empresarial y política en Colombia hace cuatro años fue asumir que el país estaba a salvo porque Petro perdió la segunda vuelta. El hecho de que Petro superara el 40 % de la votación en su derrota contra Iván Duque, por lejos el mejor resultado de la izquierda dura en la historia electoral colombiana, ha debido prender todas las alarmas. 

Como advertí en ese momento, eran necesarias unas reformas profundas porque las finanzas del país estaban muy maltrechas tras ocho años de gobierno de Juan Manuel Santos y su inoportuno, costosísimo y contraproducente acuerdo con las FARC. En los primeros seis meses de gobierno, Duque tenía que hacer todo lo posible por liberar el mercado —empezando por el mercado laboral y la educación pública—, reducir la burocracia, recortar el gasto estatal, reducir la deuda externa y frenar la devaluación del peso con algún tipo de dolarización (como Duque mismo propuso cuando era senador). Hubiera sido una agenda difícil, con mucha resistencia, inclusive violenta, pero a estas alturas hubiera rendido frutos. De todos modos, la izquierda dura pretendía —a punta de marchas, paros, paros armados y demás desmanes— impedir que Duque gobernara, como en efecto sucedió. De cierta manera, la audacia era la única opción segura.

Pero el presidente optó por mantener el status quo. Perdió un año y medio de gobierno al satisfacer a los gremios, crear ministerios, complacer a la prensa socialdemócrata (que nunca dejó de despreciarlo) y ceder sin necesidad ante la presión callejera, que exigía aún más gasto público y ya lo tenía contra las cuerdas en diciembre del 2019. El tiempo se esfumaba y llegó la pandemia. El golpe económico fue peor de lo necesario dadas las medidas autoritarias del gobierno, que tiranizó al país con la excusa de la salubridad pública. 

El esfuerzo de vacunación fue exitoso, y la recuperación económica del último año ha sido alentadora. Colombia no deja de ser un país pujante. Pero el desempleo aún está muy por encima de los dos dígitos y la moneda tan devaluada como nunca. Además, la inflación es un problema por primera vez en varias décadas; el gobierno dirá que es un fenómeno global, pero la expansión monetaria local, el aumento desmedido del salario mínimo y la catarata de subsidios que soltó Duque en medio de sus cuarentenas la han exacerbado sin necesidad (nótese también la baja inflación en los países latinoamericanos dolarizados o anclados al dólar).

La pérdida gradual y sistemática de la capacidad de compra —ya sea con devaluación o inflación— genera un gran descontento en cualquier país del mundo. Además, al crear una base de dependencia con sus esquemas redistributivos, los últimos gobiernos crearon la base del petrismo.

Dado todo lo anterior, un triunfo de Petro, a quien le conviene el caos y lo promueve, no sería un cisne negro. Es más, a Petro lo ha beneficiado la complacencia de quien asume que lo que nunca ha sucedido acá pero sí en el resto del vecindario —concretamente la sumisión bajo un régimen “bolivariano”— no sucederá ipso facto. Por el contrario, había que entender que, como enseñaba Séneca el Joven, lo que padece alguien lo puede padecer cualquiera. Un país es excepcional hasta que deja de serlo.

En realidad, hemos llegado al punto en el que salvarse de una presidencia de Petro raya en lo milagroso, como una tragedia que resuelve algún deus ex machina. Pero cosas más raras se han visto en Colombia.   

¿Cuál es el peligro para Colombia de un triunfo de Gustavo Petro?

Aparte del peligro para el frágil orden institucional, está el gran peligro económico, que está bien diagnosticado. Por descabelladas y estrafalarias que parezcan las amenazas de un tirano en potencia, hay que tomarlas en serio. Acabar con la exploración de petróleo y gas es acabar con la principal exportación del país, justo al inicio de un ciclo alcista de materias primas. Tratar las cuentas individuales de ahorro pensional como propiedad del Estado equivale una expropiación a grandísima escala; los resultados ya se vieron en Argentina. Subir los aranceles sobre la comida importada es encarecer aún más los alimentos. Imprimir dinero sin límites significa terminar de destruir una moneda sin demanda más allá del territorio nacional. 

Que el petrismo aplicado conduce a la pobreza y a la fuga masiva de capitales no es especulación; sin ser presidente, sus propuestas ya han tenido un fuerte impacto negativo sobre el mercado de renta fija.

Sin embargo, igual de peligroso a Petro es la actitud que aún mantiene la mayor parte del establecimiento y la tecnocracia. Convencidos de que “Colombia no será Venezuela” porque las instituciones acá supuestamente son muy sólidas y fuertes, nunca tomaron las medidas que sí pueden proteger a la ciudadanía de un asalto económico desde la misma presidencia. Hay que tomar en cuenta lo que salvó a algunos países de los peores aspectos del bolivarianismo: en Ecuador, fue la dolarización. En Bolivia, el régimen fijó la moneda al dólar. Pero Petro está ad portas de la Casa de Nariño con ambiciones hiperinflacionarias y acá nunca dejaron tener el debate acerca de dolarizar. Mitificaron la eficacia y hasta la independencia del Banco de la República, el cual no es infranqueable ante un presidente hostil, como lo sería Petro. 

¿Petro representa un peligro para Estados Unidos?

Más que un peligro para Estados Unidos, un triunfo de Petro significaría el fracaso de la piedra angular de la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina. Desde la presidencia de Andrés Pastrana, Washington ha girado USD $12 mil millones en el contexto del Plan Colombia y los programas sucesores de “ayuda bilateral”, los cuales se han centrado en la lucha contra el narcotráfico. El resultado fue que, en el 2020, había más hectáreas sembradas de coca que dos décadas atrás. Durante los últimos años, se ha vuelto evidente que las llamadas “disidencias” de las FARC y el ELN, ambos grupos narcotraficantes, controlan una buena parte del territorio en el sur del país y en la zona fronteriza con Venezuela, mientras que otros grupos armados y también narcotraficantes, aliados con carteles mexicanos, controlan partes del Chocó, del Urabá y de la costa caribe. Como advertimos algunos pocos en medio de la euforia que causó el acuerdo Santos-Farc, este sólo traería más luchas territoriales, más desorden y más violencia. El problema de fondo es el prohibicionismo.

Hoy, la inestabilidad que causa un Estado de derecho menguante es uno de los factores que ha impulsado a Petro, cuya potencial presidencia significaría el fin de la alianza con Estados Unidos y el ingreso de Colombia al eje regional de La Habana, Caracas y Managua. Me parece que, desde el punto de vista de Washington, este sería un fiasco estratégico quizá comparable al de Afganistán. Como mínimo y en la medida de lo posible, habría que replantear los supuestos de la fallida guerra contra las drogas.

— ¿Qué piensa de Fico Gutiérrez?

Me parece que Gutiérrez es un político de carrera carismático, pero poco sobresaliente, con pocas ideas y sin una visión clara de un destino atractivo para el país. De cierta manera, la falta de entusiasmo con su campaña refleja la pobreza del discurso de la llamada derecha durante los últimos veinte años. El peligro de basar todo un movimiento político alrededor de una persona —por eso “la derecha” se asocia inmediatamente con el “uribismo”— es que cuando esa persona está ausente, muere o cae en desgracia, todo el edificio colapsa. Por eso son esenciales las ideas, pero, a diferencia de la izquierda dura, la clase empresarial y política nunca quiso entender este punto. 

Tampoco dudo que un gobierno de Gutiérrez, que le sumaría a una larga lista de gobernantes mediocres, pero no desastrosos, es infinitamente preferible a uno de Petro. 

— Hace un par de días Alejandro Gaviria expresó su apoyo por Gustavo Petro, ¿qué piensa al respecto?

Escribí un breve artículo acerca de Alejandro Gaviria cuando se lanzó a la presidencia, y no tengo mucho que agregar al respecto. Sólo agregaría lo siguiente: supongo que la parte del sector empresarial que apoyó y financió su campaña, brindándole una estocada temprana pero mortal a la candidatura mucho más viable de Sergio Fajardo, nunca pensó que terminaría con el apoyo de Gaviria a Petro en el Financial Times. Veo algo similar con los sectores urbanos de altos ingresos y altos niveles de educación formal —lo cual no equivale altos niveles de inteligencia— que apoyan a Petro pensando que es una especie de socialdemócrata nórdico. No sé qué tanto les agrade vivir bajo un régimen autoritario y en medio de privaciones. Definitivamente, el biempensantismo puede generar instintos suicidas.   

— De ocurrir una segunda vuelta entre Gutiérrez y Petro, ¿para qué candidato irían los votos de Sergio Fajardo? ¿Para qué candidato irían los votos de Rodolfo Hernández?

El gran problema de Gutiérrez es que, si en efecto pasa a una segunda vuelta y se mantiene la tendencia de las encuestas, necesitaría prácticamente todos los votos de los demás candidatos para vencer a Petro. No obstante, el sentimiento anti-gobierno y anti-uribista es tal que parece improbable que eso suceda.

— ¿Es optimista?

En el mundo de las inversiones se dice que los pesimistas dicen cosas inteligentes, mientras que los optimistas ganan dinero. Yo soy optimista frente al futuro de Colombia en el largo plazo. La pregunta es qué tan bajo tenemos que caer durante los próximos años hasta que se forme un consenso alrededor de lo que realmente necesitamos para salir adelante: mucho más ahorro, más inversión, más comercio interno y con el resto del mundo, una moneda más fuerte, menos derroche estatal, menos aranceles y menos intervencionismo inútil. Por ahora es suficiente decir que Petro ofrece todo lo contrario.

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