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¿De qué infierno salió la gran prensa propagandista que hoy asola los Estados Unidos?

Existe un complejo entramado de intereses, ideología y crimen que hoy asedia Estados Unidos para destruir la civilización occidental

¿Cómo y por qué se divorció gran parte de la prensa de Estados Unidos (y occidental  en general) de los hechos y abrazó la  propaganda? ¿De dónde salieron los periodistas radicales de trinchera empeñados en imponer –censura y mentira mediante– su revolucionaria “verdad”? ¿Por qué la gran prensa de Estados Unidos es una máquina de agitpro neomarxista? ¿De qué infierno salieron y a qué infierno nos empujan?

Teníamos prensa partidaria, canallas como Walter Duranty elevados a sus altares. Se colaba algo de agitación y propaganda enemiga en una prensa sesgada a izquierda. Pero era diferente a lo que vemos. Los hechos, mal que bien –cuando no prevalecía la influencia de los Duranty– estaban ahí, presentados con sesgo partidario, pero completos. Su análisis daría una u otra orientación teórica y  política. Pero ahora vemos una gran prensa en guerra contra los hechos, una guerra contra la realidad. Negar la realidad es, por definición, locura.

Jay Rosen: guerra al “bothsidesism

Si Jay Rosen hubiera sido profesor de periodismo en Vermont, quizás no habría sido tan influyente, pero su guerra al “bothsidesism” la adelantó desde la Universidad de Nueva York a un paso de algunos de los medios más influyentes de Estados Unidos. ¿Qué reclamaba  Rosen? A grandes rasgos, que presentar los dos lados, mediante hechos, hacía pésimo periodismo. Algo de razón tuvo –sobre banalidad y espectáculo al menos– pero poca, y la poca razón que tenía fue destruida por él y sus discípulos. Rosen es el padre intelectual del actual periodismo militante ultraizquierdista de Estados Unidos.

Lo que reclamó no fue realmente que un asunto pueda tener más de dos lados, o que la verdad de los hechos esté en un lado y no el otro, sino que habría un lado justo y uno injusto, uno bueno y uno malo. Su periodismo ciudadano toma partido, o al menos eso entendieron sus discípulos. Rosen dijo que en su periodismo: “Finalmente, el periodista es visto como un ciudadano ejemplar, que intenta dar algo de dignidad a la vida pública, tratando los asuntos de la democracia como un asunto serio, más que como un juego o un ajetreo”; que “reconocerse unos a otros que su objetivo no era solo hacer un buen periodismo, sino mejorar la democracia con el periodismo les pareció un gran avance”.

Esto suena bien. Pero “dar algo de dignidad a la vida pública” exige decidir cuál es el lado de la dignidad y cuál el de la indignidad, exige elevarse a supremo juez moral de la república y custodio de su pureza. Si le suena al discurso que justificó a infinidad de tiranos, tiene razón. Es Robespierre, representante de un puritanismo fanático y terror revolucionario en nombre de una “justicia” que no es tal, que es envidioso resentimiento revanchista sediento de sangre. Es eso, aunque parezca otra cosa.

Un periodismo realmente ciudadano se debe a los hechos, los que nos gustan y los que no. Los presenta enteros, antes de analizarlos y opinar. Aunque sea partidario, está obligado a informarse para informar. Implica ver al adversario como es, en hechos, en ideología, en teoría y en  prácticas, y no como lo imagina al entregarse a sus pasiones con dogmático fanatismo. Lo de Rosen prevaleció en una academia –signada por la hegemonía cultural neomarxista– paradójicamente convencida de la necesidad de destruir Estados Unidos.

La era del periodismo “marcusiano”

Hace años, por cada profesor de universidad conservador en Estados Unidos había dos o tres de izquierda progresista. Hoy es de uno a 30, uno a 60, o más. Con hegemonía cultural neomarxista, la ultraizquierda puede estar dentro de tal abrumadora mayoría progresista y guiarla como un niño conduce a un buey tomado del anillo en su nariz. Es casi un siglo de teoría y experiencia –está entre sus mayores obsesiones dogmáticas y prácticas– y una vez que lo logran, aplastan toda opinión contraria. Antes asesinato moral, hoy cancelación cultural. Lo mismo: amedrentamiento, persecución, censura y adoctrinamiento que justifican, y hace prácticamente automático, el control institucional: estudiantes adoctrinados gritando en neolengua, académicos comprometidos o atemorizados, universidades como soviets posmodernos con “recursos humanos” de policía política, chekismo políticamente correcto.

Ahí se formaron estos periodistas. De Rosen tomaron el periodismo “ciudadano” con doble moral socialista a lo Marcuse (para quien la “libertad” de expresión va hacia “los buenos”, así: libertad es liberación, un específico proceso histórico en la teoría y la práctica”). Si notó que esa liberación, la única “libertad” que admite, es la “liberación” que Lenin y Stalin aplicaron en Rusia, Mao en China, Pol Pot en Camboya y Castro en Cuba, entendió. Es la nueva marca, con nueva imagen, pero su objetivo real sigue siendo un totalitarismo socialista.

Adoctrinados en Marcuse, creen que la “tolerancia no puede ser indiscriminada e idéntica con respecto a los contenidos de expresión, ni de palabra ni de hecho; no puede proteger falsas palabras y acciones erróneas que de manera evidente contradicen y frustran las posibilidades de liberación […] la distinción entre […] progreso y regresión puede hacerse racionalmente sobre fundamentos empíricos […], es posible definir la dirección en que la generalidad de las instituciones, orientaciones políticas y opiniones tendrían que cambiar. La supresión de lo regresivo es un requisito previo para el fortalecimiento de lo progresivo. La tolerancia liberadora significaría intolerancia hacia los movimientos de la derecha, y tolerancia de movimientos de la izquierda […] y se extendería a la fase de acción lo mismo que de discusión y propaganda, de acción como de palabra”.

De ese caldero de brujas salió el brebaje que bebió el fanático periodismo de trinchera que domina al grueso de la gran prensa de Estados Unidos. No podría dominarla sin intereses corporativos  editoriales alineados y comprometidos, pero lo están. Por eso es que los contratan, por eso subvencionan esa academia. Y no son los únicos, pero son vitales en un complejo entramado de intereses, ideología y crimen que hoy asedia Estados Unidos para destruir la civilización occidental.

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