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En defensa del individualismo

La hipocresía colectivista pretende ocultar resultados altamente negativos con un discurso mentiroso dirigido a conquistar a incautos y desprevenidos

Vivimos la era del colectivismo de la consecuente colectivización, la masificación y la paulatina desaparición de la persona como ser único e irrepetible en la historia de la humanidad. Entre las obras del doctor en bioquímica —y quien descubrió distintos aspectos de la vitamina B— William J. Rogers se encuentran dos de gran interés: You are Extraordinary y Free and Unequal donde detalla lo dicho de modo especialmente didáctico.

La diferenciación hace posible la cooperación social y la división del trabajo puesto que si no hubieran muy distintos talentos y vocaciones cada uno tendría las mismas inclinaciones y preferencias que su vecino, por lo que las actividades tenderían a concentrarse y no la necesaria dispersión. Incluso la conversación entre las personas carecería de todo interés puesto que la igualdad no tendría el atractivo del intercambio de gustos, especialidades y variadas experiencias. Y esto último sucede merced a que las personas son distintas desde la perspectiva anatómica, bioquímica y sobre todo psicológica.

Aldous Huxley en su libro Brave New World Revisited corrige algunas de sus observaciones en su trabajo original de 1932 y agrega reflexiones de gran interés en esta nueva presentación en 1958 que ya había parcialmente adelantado en su prólogo de 1948 al libro inicial. En su revisación advierte que el mayor peligro para el futuro de la humanidad es la manipulación genética que apunta a la uniformidad —ese esperpento que C. S. Lewis denominó “la abolición del hombre”— y la difusión de drogas que hagan de apoyo logístico para lograr el conformismo y sensaciones artificiales de felicidad para lograr un rebaño maloliente con que machacan no pocos políticos con el disfraz de la felicidad perfecta para manejar vidas y haciendas ajenas, mientras ellos se embolsan el fruto del trabajo ajeno.

Huxley resume sus preocupaciones en la alarmante moda de conceptos tales como la necesidad de adaptarse y ajustarse a los otros, al pensamiento grupal, a lo socialmente aceptado. En definitiva a la disolución de lo personal en aras de la masa. José Ortega y Gasset y Gustave Le Bon incursionaron en estos asuntos con gran disgusto por sus nefastas consecuencias y Friedrich Hayek explicó los inmensos beneficios del individualismo que no es más que respeto recíproco.

Esta última tradición opera en el contexto de la mayor apertura posible a los intercambios culturales, comerciales, médicos y comunicacionales entre los miembros de la comunidad local e internacional. Resulta en verdad curioso que los enemigos del individualismo son los mayores patrocinadores del aislamiento y el desconocimiento del aludido respeto puesto que invaden derechos vía la imposición del colectivismo con lo que entronizan por doquier la tragedia de los comunes, es decir, lo que es de todos no es de nadie con lo que, irremediablemente, irrumpen contraincentivos que conducen al despilfarro, lo cual inexorablemente reduce ingresos y salarios en términos reales de todos, pero muy especialmente de los más vulnerables que son los primeros en sufrir en carne propia el antedicho derroche.

Es curioso que los que usan la pantalla de la unión de todos en realidad separan y generan aislamiento y conflictos permanentes entre los miembros de la sociedad. Interfieren permanentemente en los arreglos voluntarios de sus integrantes. En definitiva alimentan una secuencia sin solución de continuidad de guerras sin cuartel de todos contra todos. Para recurrir a terminología de la teoría de los juegos, en lugar de abrir paso a la suma positiva donde ambas partes ganan en un acuerdo voluntario, provocan la suma cero. Los megalómanos de siempre intervienen en el mecanismo de precios con lo que indefectiblemente se generan faltantes y desajustes de todo tipo al tiempo que desdibujan los únicos indicadores con que se cuenta para saber dónde invertir y donde desinvertir al efecto de aprovechar del mejor modo los siempre escasos factores productivos.

El colectivismo, desafortunadamente tan en boga en la actualidad, insiste en una muy peculiar, incoherente y supuesta solidaridad social al imponer sus fórmulas, sin percatarse que la solidaridad es por definición voluntaria y ejercida con recursos propios. El uso de la fuerza para disponer del fruto del trabajo ajeno no es solidaridad sino que se trata de un atraco.

Son los individualistas, a saber, los que consideran sagradas las autonomías de las personas y la consecuente consideración a su dignidad, los que patrocinan a los cuatro vientos la apertura de las fronteras a contracorriente de las culturas alambradas que entronizan los colectivistas. Son los que proponen asociaciones libres y voluntarias, al contrario de afiliaciones y aportes coercitivos del espíritu colectivista. Son los que reiteran la importancia de la descentralización del poder político y el federalismo. Son los que rechazan de plano las cargas fiscales insoportables, deudas estatales astronómicas, inflaciones galopantes y gastos públicos desmesurados en el contexto de regulaciones que asfixian las libertades. Son los que consideran una estafa sideral sistemas denominados de seguridad social pero que son de llamativa inseguridad antisocial debido a la succión de ingresos de todos pero con especial saña contra los más débiles.

Las discusiones semánticas a veces no son constructivas pero como las palabras sirven para pensar y para comunicar pensamientos es a veces de interés detenerse en algunos vocablos clave. Estimamos que ese es el caso del individualismo tan vapuleado y poco comprendido en nuestra época.

Huxley sostiene que la importante y por cierto muy verdadera visión de Eric Blair —que como es sabido firmaba con el pseudónimo de George Orwell— se refiere a la acción imperturbable y maliciosa del Gran Hermano sobre las libertades individuales, en cambio el primer autor apunta a algo peor aún, es decir, al pedido de la gente para ser esclavizada con base a lo antes descrito y especialmente debido a una educación perversa donde más que educar se adoctrina con lo que las personas mutan a la condición de autómatas esclavizados.

He citado muchas veces un pensamiento muy sustancioso de Huxley de su Ends and Means que vuelvo a transcribir puesto que encierra una gran verdad y describe muy ajustadamente el aspecto medular de nuestros problemas: “En mayor o menor medida, entonces, todas las comunidades del mundo moderno están formadas por una pequeña clase de políticos corruptos por demasiado poder y por una muy extendida clase de súbditos corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”.

Tras el colectivismo se encuentran errores garrafales de concepto. Tal vez el principal radica en la incomprensión del origen de los salarios y el desempleo por lo que reitero lo dicho en otras oportunidades en la materia que se hacen necesarios en la línea argumental que estamos ahora considerando. Seguramente en muchos casos los errores del colectivismo se adoptan con la mejor de las intenciones y propósitos pero lo relevante en este campo son los resultados.

La única causa de salarios e ingresos en términos reales es la tasa de capitalización lo cual significa la inversión en equipos, instalaciones, maquinarias, tecnologías y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. No hay magias ni voluntarismos y aquellos resultados solo pueden lograrse en un clima donde imperan marcos institucionales que garanticen los derechos de las personas. A su vez, el derecho implica la facultad de usar y disponer de lo propio que en el ámbito de la sociedad libre obliga a los agentes a prestar debida atención a las necesidades ajenas al efecto de obtener ganancias. Quienes no dan en la tecla de los reclamos de su prójimo incurren en quebrantos. Esto ocurre en los mercados abiertos y no sucede cuando operan empresarios prebendarios que se alían con el poder para sacar partida a expensas de sus congéneres.

A su vez en este terreno los sindicatos se desempeñan como asociaciones libres y voluntarias y de ninguna manera como entidades que imponen representaciones y aportes forzosos ni huelgas que sean distintas al derecho a no trabajar para en vez imponer procedimientos violentos e intimidatorios para los que quieren seguir con sus tareas laborales.

En este razonamiento debe destacarse que las llamadas “conquistas sociales” como la entronización de salarios mínimos y equivalentes indefectiblemente provocan desempleo. Y debe tenerse en cuenta que la incorporación de nuevas tecnologías liberan recursos humanos y materiales para atender otras necesidades para lo cual los comerciantes son incentivados en la capacitación de personal al efecto de sacar partida de los nuevos arbitrajes que las circunstancia ofrecen.

Allí donde hay acuerdos libres entre las partes no hay tal cosa como sobrante de aquel factor indispensable para abastecer las ilimitadas necesidades de la gente. Poner palos en la rueda conduce al empobrecimiento. Cuando se dice que los gobiernos deben inmiscuirse en esta materia para equilibrar las fuerzas dispares en la contratación laboral, no se tiene presente que es del todo irrelevante el estado de la cuenta corriente de las dos partes, lo definitorio son las antedichas tasas de capitalización. Las partes podrán disponer de recursos suculentos o estar en la quiebra, esto es indistinto, lo trascendental es que el ingreso se establece por las tasas de capitalización y no por la voluntad y la condición de las partes.

Milton Friedman escribe la introducción a la colección de la revista The Individualist Review que se inauguró en abril de 1961 donde señala que siguió las huellas de una entidad anterior de 1953 fundada por Frank Chodorov bajo el nombre de Intercollegiate Society of Individualists. Friedman destaca lo consignado en el editorial del primer número de la referida revista académica que apuntaba a fortalecer los valores de “la empresa privada y libre y a la estricta imposición de límites al poder del gobierno” y anunciaba se abocaría al “compromiso con la libertad”, una publicación en la que Friedman formaba parte de su Consejo Editorial y también colaboraba con ensayos de su autoría junto con otros destacados colegas.

También en esa introducción Friedman apunta que el establecimiento de la Mont Pelerin Society en 1947 —la academia internacional como la denominaba Hayek— ayudó mucho a refutar las falacias tejidas en torno al individualismo y a explicar sus enormes beneficios respecto a su consideración por las autonomías individuales y el consiguiente estímulo a las más extendidas aperturas a las relaciones contractuales entre las personas de todo el globo.

En resumen, el individualismo resalta y resguarda la condición humana de cada cual en cuyo contexto la función de los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno deben cuidar y preservar el derecho de cada uno de los miembros en su jurisdicción y abstenerse de manejar el fruto del trabajo ajeno.

La hipocresía colectivista pretende ocultar resultados altamente negativos con un discurso mentiroso dirigido a conquistar a incautos y desprevenidos frente a la avalancha de miserias que invariablemente generan las granjas colectivas y equivalentes que siempre hundieron a la gente en las hambrunas y las miserias más desgarradoras.

Si no prestamos atención a la dignidad y unicidad del ser humano, las cosas terminan como había pronosticado Enrique Santos Discépolo en una parte poco recordada de Cambalache: “Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros”.

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