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dictadura, El American

Otra dictadura a pocos kilómetros de Estados Unidos

Lo más preocupante es la pasividad del mundo. Desde los años ochenta que no había tres dictaduras en Latinoamérica. Y esto se traduce en más refugiados, más narcotráfico y mayor influencia de los enemigos de Estados Unidos

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No es noticia nueva, pero Nicaragua ya es una dictadura, obscena y clara. Y este domingo 7 de noviembre solo se terminó de consolidar, luego de uno de los procesos de purga más indecentes de los últimos años en nuestro hemisferio.

Daniel Ortega, el dictador nicaragüense, se encargó de, por varios meses, ir desapareciendo a cada uno de sus adversarios políticos. Todo potencial candidato presidencial para las elecciones amañadas de este domingo fue detenido u optó por el exilio. En total, 7 candidatos encarcelados, uno en el exilio y Cristiana Chamorro, la opositora más reconocida de Ortega, en arresto domiciliario luego de que el régimen le inventara un escándalo de corrupción.

Bajo ese panorama de intimidación, represión, torturas y amenazas, Ortega llegó con el camino pavimentado a las falsas elecciones presidenciales del pasado domingo. Todos los candidatos que le “disputaron” la presidencia a Ortega no fueron sino maniquíes dispuestos para el teatro. Jamás se opusieron a él. Lo contrario. Acompañaron su farsa electoral, para hacerle creer al mundo que en Nicaragua aún hay democracia.

Ortega “ganó” con 71.92 % de los votos, en lo que, de ser cierto el resultado, hubiera sido un abrumador triunfo para su partido, el comunista Frente Sandinista de Liberación Nacional. Pero, muy lejos de la realidad, no fue un triunfo, sino una adjudicación. Y, por cuarta vez consecutiva, Daniel Ortega se mantiene aferrado al poder.

Un comunista que ha gobernado su país con puño de hierro, junto a su esposa, la temible vicepresidente Rosario Murillo, constituyen la pareja presidencial más represiva y autoritaria de la región. Sus manos, por supuesto, empapadas de sangre por tantos manifestantes asesinados y otros, torturados. Con pólvora y balas ambos le han respondido a toda insurrección civil que busque la libertad en el país centroamericano.

Lo que es más preocupante, sin embargo, es la pasividad de la región y el mundo. Desde los años ochenta que no había tres dictaduras formales, constituidas e insolentes en Latinoamérica. Hoy están Cuba, Venezuela y Nicaragua. Y otros países, como Perú o Bolivia, descienden raudamente por el abismo del autoritarismo. Tres dictaduras latinoamericanas se traducen en más crisis de refugiados, más narcotráfico e influencia de los enemigos de Occidente en América. Mientras más robustas y envalentonadas las dictaduras en la región, más grande es la amenaza para la seguridad y estabilidad de Estados Unidos.

Han quedado atrás los tiempos de la doctrina Monroe o el corolario de Roosevelt, que amoldaron a Latinoamérica para mejor. Entonces, para el presidente Theodore Roosevelt era claro: si un país latinoamericano y del Caribe que estuviera bajo la influencia de Estados Unidos ponía en peligro los intereses de americanos, la Casa Blanca tenía la obligación de intervenir. El gran garrote, que puso en cintura a la región, más lejos que nunca. En consecuencia, Estados Unidos, como potencia, más frágil que nunca.

Es alarmante. Un mundo en el que Estados Unidos se rehúsa a imponerse como potencia es un mundo en el que sus enemigos, sobre todo China, Rusia e Irán, toman la batuta y amplían su margen de influencia. Y cada dictadura en la región, inevitablemente, por su empecinada voluntad antiamericana, se pone a merced de los enemigos de Estados Unidos. Ya es claro que Nicaragua es un satélite de Rusia e Irán.

Las ilegítimas elecciones de este domingo 7 de noviembre en Nicaragua consolidan el nacimiento de otra dictadura en América Latina. Hace varios meses, el exconsejero de Seguridad, John Bolton, les llamó “la troika del mal”. No se equivocó. Venezuela, Cuba y Nicaragua, articulados, le pueden hacer mucho daño a Estados Unidos. Subestimarlos sería un error garrafal, que el mundo pagará muy caro. Urgen políticos a la altura del desafío.

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