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Opinión │ Djokovic y el enorme peso de defender tus principios

Djokovic y el enorme peso de defender tus principios

El serbio no me produce otra cosa que respeto y admiración, porque muy pocos atletas están dispuestos a sacrificar su carrera y su imagen pública por defender una decisión o una postura individual

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“¿Por qué Novak? ¡¿Por qué!?”, preguntó insistente y sorprendido el periodista de la BBC, Amol Rajan, cuando Djokovic le reveló que estaba dispuesto a perderse torneos de Grand Slam por no vacunarse.

“Por que los principios de decisión sobre mi cuerpo son más importantes que cualquier título o cualquier otra cosa”, respondió tajante el serbio. “Intento estar en sintonía con mi cuerpo todo lo que puedo”, insistió, con palabras sobrias y precisas.

Djokovic y el enorme peso de defender tus principios
Novak Djokovic durante una entrevista con la BBC. (Captura de pantalla)

Se nota en la expresión y el tono de Rajan que no entiende a Djokovic. De hecho, millones no lo entienden. ¿Por qué dejar de ser el mejor tenista —estadísticamente— de todos los tiempos solo por no ponerte una dosis de la vacuna contra el COVID-19?, ¿por qué no hacerles caso a “los expertos” y vacunarte para poder competir?

Son preguntas que el espectador promedio se hace dejando de lado varios imponderables, entre ellos, que cada ser humano debería poder elegir recibir o no una vacuna sin ser discriminado por ello. Pero a Novak Djokovic, y a miles de ciudadanos en el mundo, se les ha tratado mal mediáticamente por decidir no vacunarse. Se les tachó de egoístas, antivacunas y de ser un mal ejemplo para la sociedad tan solo por defender sus principios de decidir sobre sus cuerpos. Se los condenó, en definitiva, por una decisión legítima.

Djokovic carga el peso de ser un villano y una leyenda

En el reciente episodio de Australia, donde Djokovic terminó siendo deportado por los poderes especiales del ministro de inmigración Alex Hawke, muchos tuvieron las agallas de desinformar o directamente mentir para dejar mal parado al serbio.

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Dijeron que Djokovic quería usar su estatus como número uno del mundo para saltarse las reglas, pero no es verdad. Desde el primer momento el serbio había sido claro: no iba a participar en el Abierto de Australia si las autoridades se lo impedían. Sin embargo, las leyes australianas establecían que una persona sin vacuna podía entrar al país con una exención médica válida. Y el serbio la tenía. ¡Incluso un juez le dio la razón! Aún así, lo echaron del país.

El colmo fue la incoherencia de quienes pedían la expulsión del serbio. Personas que, habitualmente, están en contra de los duros regímenes migratorios, de repente empezaron a aplaudir que un gobierno usara la fuerza del Estado para ir contra un ciudadano que tenía todo en regla y estaba sano.

Recuerdo, de hecho, que todo el circo político inició cuando el mundo se quejó de que Australia no dejara entrar a la tenista rusa Natalia Vikhlyantseva, quien estaba vacunada con Sputnik, fármaco no aceptado por las autoridades, pero sí a Djokovic. La verdad es que no querían justicia para ella, la intención era ver “pagar” a Djokovic, aunque eso generara una doble injusticia: que tampoco entraran los tenistas con exenciones medidas.



Es triste, porque muchos se pusieron del lado de un gobierno que ha perseguido y maltratado a sus ciudadanos con despóticas medidas sanitarias, pues en Australia se impuso un Estado de vigilancia bajo la excusa de mantener a raya el coronavirus. No muy diferente a lo que sucede en Canadá cuando se aplican los severos confinamientos provinciales.

Novak Djokovic, el aún mejor jugador del mundo. (EFE)

¿Por qué prefirieron apoyar las medidas autoritarias del Estado australiano? Porque del otro lado estaba Novak Djokovic, una figura que ha sido históricamente polarizadora y controvertida.

No es un secreto que a muchos no les agrada Djokovic. No les gusta su temperamento ni sus formas. Además, fue el hombre que irrumpió para romper con la dinastía Federer-Nadal, los dos jugadores más queridos del circuito. El relato tenístico elevó al serbio a la figura de villano y Djokovic aceptó ese papel; acostumbrándose a las críticas, los señalamientos y a tener muchas veces al público en contra.

Desafortunadamente, luego se forjó un relato alrededor de Djokovic que lo presentaba como un idiota, un mal tipo. Hubo ocasiones en las que se tergiversaba lo que decía y recibía ataques innecesarios y desubicados. Por ejemplo, cuando habló sobre el caso de Simone Biles y su retiro de los Juegos Olímpicos por salud mental. Él jamás cuestionó a Biles. De hecho, apoyó su decisión y dijo que él drenaba de otra maneras esa frustración y presión que implica estar en la élite.  


Los hechos aparentemente no importan. A las masas no les importa si Djokovic llevaba una exención médica válida a Australia, ni si tiene un problema de salud que le impide ponerse la vacuna o si su decisión tiene más que ver con creencias religiosas. Ya la mayoría tomó partido y atacará o apoyará al serbio según la versión de relato que crean. Muchos lo discriminarán por su decisión y otros lo apoyarán e incluso lo tomarán como referencia. También están los que, correctamente, no comparten, pero respetan al tenista.

Mientras los ciudadanos “normales” no tenemos que andar explicando habitualmente nuestras decisiones, las estrellas sí. Ese es el peso que acarrea ser una figura deportiva de élite. Tener sobre tu espalda una sociedad vigilante, muchas veces hipócrita, dispuesta a atacarte sin piedad si haces algo que no es correcto a los ojos de la mayoría. Por ello, el serbio no me produce otra cosa que respeto y admiración, porque muy pocos atletas están dispuestos a sacrificar su carrera y su imagen pública por defender una decisión o una postura individual.

En lo que respecta a lo deportivo, todo aquel que supere estadísticamente a Nole será bajo el asterisco de no haber competido contra él, quien es, hoy por hoy, el mejor del mundo y de la historia. Porque el tenis, y cualquier otro deporte, no debe ponderarse únicamente en datos fríos sin contexto.

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