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La seducción del poder es el secreto de Dumbledore

La seducción del poder es el secreto de Dumbledore. Imagen; El American

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El 19 de octubre del 2007 J.K. Rowling le anunció al mundo que Albus Dumbledore, el icónico director de Hogwarts en las exitosas novelas de Harry Potter, era gay, revelación que este año llegó a la gran pantalla con “Los Secretos de Dumbledore“. El escándalo se desató ante lo que muchos calificaron como un gesto político de J.K. Rowling, para “quedar bien” con la agenda LGBT y asimilarse a la propaganda del entonces naciente movimiento “woke”. Estaban muy equivocados.

Primero, porque como ha quedado muy claro en los últimos años, Rowling no es alguien que hable por cobardía políticamente correcta, al contrario, ha resistido con una notable fortaleza el acoso y el “destierro” con que la progresía la castigó por no someterse a la narrativa trans. Segundo, porque la relación entre Albus Dumbledore y Gellert Grindelwald simplemente no cuaja en el molde de una mera propaganda. Por dos razones:

  • 1. Si Rowling hubiera querido incluir un personaje gay como parte de una aséptica estrategia de “inclusión” forzada estilo Disney, la opción natural no era Albus, sino Sirius Black, uno de los personajes más heroicos, queridos y “cool” de toda la saga, y que además siempre había sido soltero.
  • 2. Al anunciar a Dumbledore como homosexual, Rowling no le dio un romance color de rosa, definido por la felicidad y la alegría. No pintó una superficial imagen de romanticismo. Por el contrario, el gran amor de Albus era nada menos que Gellert Grindelwald, el nefasto villano de la primera mitad del siglo XX y el coprotagonista de la etapa más obscura en la vida de Dumbledore.

Sí, porque el amor entre Dumbledore y Grindelwald, tan breve como destructivo, estaba basado en la común ambición por controlar al mundo y someterlo a sus deseos, disfrazando de buenas intenciones la seducción del poder, en una parábola mucho más relevante y profunda de lo que parece a simple vista.

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En el séptimo libro de la saga de Harry Potter, Rowling revela que Dumbledore “acercándose a su décimo octavo cumpleaños…volvió al Valle de Godric, supuestamente para “cuidar” de su hermano menor y su hermana…Grindelwald decidió visitar a su tía abuela en Godric’s Hollow, y…formó una cercana amistad con nada menos que Albus Dumbledore”.

¿Qué implicaba esa “amistad”? Rowling pone la explicación en palabras directas de Albus Dumbledore:

“Amaba a mis padres. Amaba a mi hermano y a mi hermana, pero era egoísta, Harry” y continúa: “Grindelwald. No te puedes imaginar cómo sus ideas me atraparon, Harry, me emocionaron. Muggles forzados a la subordinación. Nosotros los magos, triunfantes. Grindelwald y yo, los gloriosos jóvenes líderes de la revolución”.

Ahí está, expuesto con ese candor que solo brinda la literatura, el cruce entre idealismo y ambición, del que nace la tiranía. Y va más allá, porque Rowling añade una carta de Dumbledore a Grindelwald, que vale la pena leer completa:

Gellert

Tu punto de vista acerca de que el dominio del Mago es POR EL PROPIO BIEN DE LOS MUGGLES…ese, creo yo, es el punto crucial.

Sí, se nos ha dado un poder y sí, ese poder nos da derecho a dominar, pero también nos otorga responsabilidades para con los gobernados. Debemos enfatizar ese punto, será la piedra angular sobre la que construiremos.

Donde encontremos opositores, como seguramente habrá, esta debe ser la base de todos nuestros contraargumentos.

Tomamos el control POR EL BIEN MAYOR, y de ello se desprende que en donde encontremos resistencia, debemos usar solo la fuerza necesaria y no más. (¡Ese fue tu error en Durmstrang! pero no me quejo, porque si no hubieras sido expulsado, nunca nos habríamos conocido).

-Albus

Controlar, imponer, someter, y engañarse a uno mismo proclamando que la tiranía es “por el bien” de aquellos cuya vida y destino pretende convertir en pretexto e instrumento de la propia ambición. ¿Les suena familiar? Seguro que sí, sin importar el país o la época.

Ahora bien. ¿Cuánto duró el idilio? La novela señala que “apenas dos meses después del comienzo de su nueva gran amistad, Dumblemore y Grindelwald se separaron, y nunca se volvieron a ver el uno al otro hasta que se encontraron en su legendario duelo (donde Albus derrota y encarcela a Grindelwald)”.

Ciertamente no es una historia sencilla y tampoco es propaganda LGBT. Es una de las narraciones más profundas y brillantes que ha escrito Rowling, y que ahora se proyecta en la nueva película de “Los Secretos de Dumbledore”, donde la relación entre ambos personajes funciona como catalizador y telón de fondo para la historia que narra el ascenso del proyecto tiránico de Grindelwald, elevado desde las mazmorras hasta la breve respetabilidad política.

Con la historia de Dumbledore, Rowling dibuja una advertencia muy relevante sobre la seducción del poder. Imagen: EFE/ Neil Hall

La seducción del poder es el secreto de Dumbledore

Más allá de las imágenes por computadora, los chistes y los personajes diseñados para mantener el interés de la audiencia, la nueva película de Rowling está sustentada en una relación que trasciende el accidente de la orientación sexual y hace eco en la seducción más básica que enfrentamos los seres humanos: la idea de que capturando el poder podemos controlar al mundo y darle forma a un paraíso del que sólo nos separa la terca e ignorante voluntad de los demás.

Impulsado por ese delirio, Grindelwald construye una campaña de justicia para el mundo mágico, proyectado en sus discursos como una élite atrozmente sometida a los muggles ignorantes e inferiores; esa misma narrativa de víctimas y sed de revancha que podemos identificar en diversos matices de la izquierda y la derecha. Cada quien verá reflejados en el villano los peores rasgos de la ideología contraria, pero la incómoda verdad es que todos encontrarán al menos un pequeño resplandor de su propio reflejo.

Después de todo, la promesa de Grindelwald es una visión seductora. Promete certeza y tranquilidad, un santuario de orden en medio de un mundo que gira fuera de control; y es capaz de engañar incluso a Dumbledore, porque el sutil camino hacia el fanatismo no está reservado para los tontos y ordinarios. Por el contrario, es una seductora voz que puede envolver incluso a los sabios, llevándolos a aplaudir e incluso cometer crueldades de las que en circunstancias normales no se creerían capaces.

Y sobre ese engaño, la película añade otra pincelada brillante. Rowling retoma de la mitología China al Qilin una criatura que (spoiler alert) presagia el surgimiento un líder sabio y es utilizada por los Magos como instrumento de legitimidad en la elección de sus líderes. En el primer acto de la película nacen 2 de estas criaturas: una es rescatada por los protagonistas, la otra cae en manos de Grindelwald, que la mata y en el tercer acto la convierte en una especie de marioneta para que ella lo “elija” como nuevo líder (fin del spoiler).

Lo mismo ocurre en todos los bandos ideológicos con las banderas de lucha política, que lideres sin escrúpulos vacían de contenido e identidad para pasear sus cadáveres retóricos por el campo de batalla, convirtiendo en grito de guerra las convicciones que puedan serles útiles para manipular a la gente de a pie. Como el Quilin, desfilan y se mueven, pero si nos fijamos bien, confirmaremos que están muertas.

Locura y sueños crueles

En la película, Dumbledore y Grindelwald reconocen su amor juvenil y el juramento inquebrantable que se desprende de esa vieja lealtad. La séptima novela va más a fondo y en los capítulos finales Dumbledore explica: “Tuve unos pocos escrúpulos. Tranquilicé mi conciencia con palabras vacías. Todo sería para el bien mayor…¡Invencibles amos de la Muerte, Grindelwald y Dumbledore! Dos meses de locura, de sueños crueles, y de abandonar a los únicos dos miembros de mi familia que me quedaban”.

“Locura y sueños crueles”. Basta echar una ojeada a la historia o unos minutos a las redes sociales para comprobar como las visiones ideológicas, especialmente aquellas de tono absolutista están repletas de ambos elementos, promulgadas por predicadores absolutamente convencidos, no solo de su dominio de la verdad, sino del derecho que esa certeza les otorga para redefinir el mundo y destruir lo que sea necesario para construir su utopía.

¿Cómo enfrentar entonces esa seducción del poder? Quizá el primer paso para resistirla es dar un paso atrás, ser conscientes de nuestras debilidades y establecer límites. Nuevamente, en palabras de Dumbledore “a mi me ofrecieron el puesto de Ministro de Magia, no una, sino varias veces. Naturalmente, lo rechacé. Había aprendido que no se me podía confiar el poder…Había demostrado, siendo un hombre muy joven, que el poder era mi debilidad y mi tentación”.

Ningún ser humano es plenamente digno de confianza en el ejercicio del poder. Sin embargo, ya sea por negociaciones, estrategia, herencia o simple suerte, alguien tiene que mandar. Llegado el momento, más nos vale recordar que los demás seres humanos no son instrumentos de nuestro capricho y que, sin importar qué tan maravilloso sea el supuesto bien superior que pongamos de pretexto, si pretendemos someter el mundo a nuestro capricho nos convertiremos en tiranos.

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