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Dune llegó para salvar al género de ciencia ficción

La película de Villeneuve es un aliciente. Una superproducción también puede ser bella y cuidadosamente armada. Hacía falta una película que rescatara la grandeza de las óperas espaciales y ese ecosistema abrumador que te hunde y absorbe

Las películas de Marvel me habían desencantado del género de ciencia ficción. Simples, apegadas a una fórmula para niños, pedagógicas, como si la audiencia fuera idiota; repetitivas y molestas. Lo único en lo que reposaba todo era en los millones de la producción. Un elenco de primera, con superestrellas y grandes logros tecnológicos. Nada más. Pero no todo es así. Apareció Dune, de Villeneuve, y hay esperanza.

No he leído la novela de Frank Herbert. Mi única aproximación a Dune fue a través del ambicioso proyecto que nunca fue de Jodorowski. Por otro lado, aunque David Lynch es uno de mis directores favoritos, por la mala reputación de su versión siempre la eludí. Con Villeneuve todo fue distinto desde que se anunció su versión.

Arrival fue un hito en el cine de ciencia ficción y Blade Runner 2049 ha sido de lo mejor que se ha hecho este siglo; incluso superando, para mí, la versión de Ridley Scott. No era fácil. Scott es un maestro del género. Villeneuve tiene poco en la industria, pero su talento es tangible. Me quedó claro desde Enemy, en el 2013.

Primero, un cast cuidadosamente seleccionado. Entiendo que se apega fielmente a las descripciones de Herbert. Cada actor encajó a la perfección con su personaje. Incluso Josh Brolin y Jason Momoa, quienes me preocupaban. Sobresale Rebecca Ferguson. Una actuación brillante e imponente. Timothée Chalamet estuvo a la altura, consagrándose una vez más como el gran actor de las próximas generaciones. Oscar Isaac fue impecable y deja con ganas de que siga en pantalla por mucho más.

Dune es lo que le hacía falta a la ciencia ficción. Cuando uno piensa en una buena ópera espacial, épica y majestuosa, se debe referir a esto. Sus méritos son dos: la sutileza con la que arma una historia absorbente y su belleza. En ese sentido, la música de Hans Zimmer marca el tono grandioso de la obra de Villeneuve. Sin duda entre sus mejores bandas sonoras. Esta vez Zimmer logra apartarse de su fórmula certera y conjuga sonidos tribales y étnicos con un ambiente futurista y distópico. Le sigue la escenografía. Esa belleza amplísima y densa a la que Villeneuve ya nos tiene acostumbrados y que nos mostró muy bien en Blade Runner, pero enmarcada en una superproducción mucho más épica y pomposa. El brutalismo –arquitectura insigne del futuro con valor estético– se impone y construye un mundo que cautiva pero que, al mismo tiempo, aterra.

El vestuario es el otro gran logro. Bellísimo, acertado y elegante. Tienes la construcción de un producto delicadamente tejido a partir de la recolección de elementos completamente opuestos. La fineza de acabados monárquicos y la tosquedad de un mundo áspero, sumido en el desierto más implacable y cruel.

Luego, la historia. Me dicen que los guiños al conflicto medioriental son más delicados en la novela. Pero no hacía falta esa sutileza a la hora de edificar un mundo consumido por guerras alzadas sobre las mismas pugnas de nosotros, hoy. En Dune el conflicto parece algo cercano, presente, pero no idéntico. Es clara la semejanza. La especia es el petróleo. Arrakis es Arabia y los fremen son los árabes. O, mejor dicho, podrían ser, porque no lo son y esa es la genialidad de la historia construida por Villeneuve y basada en la obra de Herbert. Porque además del conflicto, que es claramente el leitmotiv de la obra, tienes todo un universo del que sí somos completamente ajenos. Una mitología que nos presentan, pero que no nos explican. Y está bien. Basta del cine for dummies.

Elementos mediorientales, pero también bíblicos. Y este es el otro gran logro de Villeneuve. El cine de ciencia ficción se había enfrascado en someter toda producción al recurso trillado de lo mesiánico. Un recurso que contrasta dramáticamente con los mundos distópicos de las historias de ciencia ficción, donde el presente y el futuro son caos, todo está perdido y no hay salvación. En Dune el elemento mesiánico está presente, pero sin caer en el error de ofrecerse como una salvación en medio de un mundo perdido. Es lo contrario. Esta vez, el mesías llega, pero para ofrecernos un futuro colmado de lágrimas, sangre y muerte. Es el destino que anuncia la llegada del mesías y, quizá, al final habrá, no salvación, pero equilibrio.

Dune es un aliciente. Tiempo sin ver una película de ciencia ficción que me emocionara tanto. De hecho, desde Blade Runner, también de Villeneuve. Podría ser el futuro del género, lo que tranquiliza enormemente. Una superproducción también puede ser bella y cuidadosamente armada. Hacía falta una película que rescatara la grandeza de las óperas espaciales y ese ecosistema abrumador que te hunde y absorbe. Un clásico instantáneo. Ahí, de una, al salón donde están Solaris, A New Hope, Mad Max, Blade Runner o 2001. La obra que le hacía falta al género y que, aunque quizá no desplace por completo la producción en masa de las películas de mucha plata pero pésima calidad, llega para marcar el norte de lo que deberían ser las grandes producciones de ciencia ficción.

P.S.: sobra aclarar que sería un crimen no ver la película en un buen cine.

1 comment
  1. Me alegra que por fin hicieran esta película como corresponde. Aunque a decir verdad, no puedo parar de pensar en la obra de Jodorowsky, sus ideas influyeron demasiado en el cine de ciencia ficción y fantasía hollywoodense de los 70, 80 y 90. Sería un referente como Kubrick, Spielberg o Lucas aunque más “intelectualoide” y difícil de digerir.

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