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centrismo, enemigo, izquierda

El centrismo es el enemigo

La religión, la cultura, la alta moral, son obstáculos reaccionarios para el centrismo y como la izquierda considera lo mismo, una alianza natural ha de nacer

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Con esto no estoy haciendo una apología al extremismo, cabe anticipar. Aún así, mantengo esta tesis por más que muchos conservadores o liberales digan que «el comunismo» es, en realidad, el único gran enemigo; y pudiera discutirse, cómo no: cientos de millones de muertos, decenas de millones de vidas destruidas, países enteros llevados a la ruina. Ese es su legado y puede hacerse una tesis sólida sobre una cosmología del mal basada en el comunismo. Pero es mucho más complicado que decir «el que más mata es el peor» porque, pregunto, ¿es una mente maestra inocente de un crimen por no disparar una bala?

Para crear esta tesis me baso en esa misma pregunta, que responderemos al final de este artículo.

Neutralidad tecnológica, relativismo e izquierda mundial

Carl Schmitt creía que la neutralidad en la que cayó el mundo, luego de abandonar la dicotomía amigo-enemigo, era la razón de la «decadencia de Occidente». El «dominio neutral» al disolver la naturaleza del fenómeno político se encontró en la tecnología —más o menos concordando con Heidegger—, y con esto, el hombre pasó a creer en la tecnología. Esta creencia estaba basada «solamente en la proposición de que el campo neutral absoluto y definitivo había sido encontrado en la tecnología». Pero, argüía Schmitt, la tecnología es «culturalmente ciega», por lo que avances culturales o espirituales estaban fuera de la discusión.

Carl Schmitt creía que la neutralidad en la que cayó el mundo, luego de abandonar la dicotomía amigo-enemigo, era la razón de la «decadencia de Occidente» (LnA)

Sacando a la cultura y a la espiritualidad, el único «amigo» es irónicamente la tecnología. La única lógica válida será la del progreso y la de la liberación constante de los miembros, solo será lícita la privatización de la moral y, por tanto, la revuelta contra la misma tolerancia preconizada por los «liberales generosos» (como los llamó Strauss). La tecnicidad necesitaba de la tolerancia absoluta, de un avance acomodaticio y muchas veces, del silencio complaciente a la barbarie en nombre de la avancée.

Esto conllevaba irremediablemente al relativismo, a la demolición del «bien» y del «mal», y de las instituciones sociales que aseguraban el «bien común» contra la degeneración del tejido social. De esto se aprovecharon los teóricos de la Escuela de Frankfurt —cuyas consecuencias reales fueron trágicamente indetectadas por los liberales de la época y por muchos en la actualidad— quienes enfocaron los elementos marxianos de sus teorías hacia una destrucción total de todo aquello con valor positivo en la sociedad.

Inclusive, la mecánica dialéctica historicista de Hegel y de Marx fueron impactadas por el bombardeo de la dialéctica negativa de Adorno: la dialéctica hegeliana y la ortodoxia marxista, según los frankfurtianos, necesitaban negarse a sí mismas para corregir errores. Es decir, para ellos eran necesarias una absoluta negación y una implacable autodestrucción.

Con la tecnicalización de la sociedad y el derrocamiento de las instituciones sociales, solo quedará la economía como principio regulador. El capitalismo se había coronado como el sistema económico y, a la larga, fue eso lo único que quedó; las dinámicas políticas (y en gran parte, también las morales) pasaron a depender de este. Un buen ejemplo de ello es China: la moral y el sistema son los del Partido Comunista, aún cuando tuvo que abrirse a ciertas ideas del capitalismo para sustentar la revolución.

Pero el problema a mostrar no es que los comunistas sean comunistas o si se salen de su ortodoxia; estos entienden que hacer política sin ideología es «jugar fútbol sin balón» como dijo Olavo de Carvalho. El problema es que mientras el centrismo se ocupa de alcanzar el consenso total y poner a todo el mundo de acuerdo, los que sí tienen ideología —especialmente la izquierda— conquistan el poder. Los oligarcas del Woke Capital, centristas por excelencia y vicarios de la corrección política son los que se esconden tras la técnica financiera y la moderación retórica para darle paso al fenómeno que los ha enriquecido: el progresismo.

Endiosar la técnica democrática del acuerdo y la participación —acogiendo inclusive factores que buscan la destrucción del orden y de la ley—, moralizar en torno a la técnica de la producción de capital ha llevado al centrismo a ser un patógeno que criminaliza a la derecha y escolta a la izquierda en su camino al poder.

El centrismo es un operario para la izquierda

El centrismo, al execrar la ideología de sus dominios, pone sus esperanzas en el tecnicismo democrático y esto implica una aceptación absolutista de todos los factores, incluidos los que quieren destruir la Nación-Estado. La corrección política, en este contexto, es el método del centrismo para preservar el consenso, descartando que la izquierda aprovecha esta oportunidad para entrar al juego y hacerse con el Estado.

Y como el consenso es la mecánica fundamental del centrismo, el libre mercado y la democracia son las representaciones estructurales más importantes de consenso e intercambio pacífico de ideas y productos. No obstante, ignoran que los que capitanean el «libre mercado» son oligarcas que financian al progresismo o «corporatócratas» al servicio del Partido Comunista Chino.

Aprovechándose de esta inocencia del centrismo, la izquierda agita a las poblaciones y desata las fuerzas de la ley de la muchedumbre (mob rule), riesgo que temían los Padres Fundadores.

En el Federalista No. 10 James Madison reconoce que las facciones son naturales, pero afirma expresamente que es la «República» la que puede mantener a raya los efectos inevitables de la muchedumbre.

James Madison reconoce que las facciones son naturales, pero afirma expresamente que es la «República» la que puede mantener a raya los efectos inevitables de la muchedumbre. ( Britannica)

«Cierto número de ciudadanos, estén en mayoría o en minoría, que actúan movidos por el impulso de una pasión común, o por un interés adverso a los derechos de los demás ciudadanos o a los intereses permanentes de la comunidad considerada en conjunto». Así definía Madison a las facciones, y temía que las clases desposeídas armasen una que pusiera en peligro el orden. Irónicamente, no consideró —y no sabemos si era por espíritu aristócrata— que era mucho más probable que ocurriese al revés, como ocurrió en la Francia de 1789, cuando los burgueses lideraron una de las revoluciones más sangrientas de la historia.

El problema es que «quien pone el oro, pone las reglas» y los que tienen el oro, son los ricachones woke Siliconers que engordan con millones de dólares a las causas revolucionarias. Ninguno de los Padres Fundadores imaginaron que la República sufriría un complot desde dentro con ayuda de ciudadanos que hacían ejercicio de sus derechos de propiedad. Y no solo colaboraban con los enemigos internos de la República, sino que las apoyaban publicitaria y financieramente mientras incendiaban el país entero.

La religión, la cultura, la alta moral, son obstáculos reaccionarios para el centrismo y como la izquierda considera lo mismo, una alianza natural ha de nacer. Para ellos es mejor una prudencia distorsionada que raya en sumisión a la bulla de las hordas, es mejor la moderación retórica —esto es, filtrar ciertas opiniones—, es mejor la mirada complaciente al más salvaje por el simple hecho de que «tiene una opinión», es mejor idealizar un consenso absoluto que el realismo republicano.

Para finalmente responder la pregunta al inicio del artículo: así como el centrismo es responsable de la propagación de los males revolucionarios por inacción, ignorancia y condescendencia, el autor intelectual es tan responsable como el autor material en un crimen, incluso si no disparó una sola bala. En ambos casos se utilizó la razón para el mal, diseñándolo o permitiéndolo.

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