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El dilema republicano

Sacrificar al Senado por tratar de resguardar una candidatura que no luce con mucha vida es condenar a Estados Unidos a ser tomado por completo por sus propios enemigos

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Estados Unidos vive momentos de tensión sin precedentes. Unas elecciones inusuales han desembocado en una peligrosa pugna por el poder.

Como históricamente ha sido, los medios proyectaron al ganador de las elecciones de este 3 de noviembre. Lo hicieron, sin embargo, pese a las numerosas inquietudes que había en torno al conteo de votos en diferentes estados. Y Joe Biden, favorecido por resultados sin acreditar, se dejó coronar por CNN y Fox News.

El hombre aspira a ser el líder de todo un país, como dijo en su discurso triunfal. Aspira a gobernar para demócratas y republicanos por igual, insistió. Sin embargo, hasta ahora sus palabras no dejan de ser solo retórica. Sus pasos desde el 3 de noviembre han distado de su presunta voluntad de ser el líder de más de 328 millones de personas.

Millones de americanos que votaron por el presidente Donald Trump tienen serias dudas sobre el proceso electoral. Se sienten robados. Aluden a una cantidad importante de irregularidades que se han presentado a lo largo del país. Y Biden, en vez de buscar ofrecerle respuestas o soluciones a los millones que se sienten estafados, ha optado por desoír los reclamos. Irresponsablemente, los ha ignorado. Tomó la corona que le dieron los medios y alardea pese a las sospechas.

Por otro lado, el señor Trump pretende mantener viva la pugna por la Casa Blanca. Aunque los resultados oficiales favorecieron rotundamente a Joe Biden, la campaña de su reelección se aferra a las irregularidades y a la problemática relación entre Dominion y Smartmatic para sostener que hubo fraude.

El llamado del presidente y la campaña por su reelección es a contar cada uno de los votos legales. Insiste: los legales, no los que fueron admitidos a espaldas de las normas electorales o aquellos que fueron manipulados. Su llamado también es claro: deben investigarse las irregularidades hasta el final. Esta es una demanda que debería de ser acompañada por Joe Biden. Pero es claro que, como dijimos, al demócrata no le interesa que millones de republicanos hayan perdido la confianza en la integridad de las instituciones americanas.

Hoy lo más preocupante, sin embargo, es el dilema en el que se encuentra el Partido Republicano. Por supuesto que también alarma la deriva radical en la que se encuentra el Partido Demócrata, ahora tomado por las pasiones más radicales y peligrosas. Sin embargo, sin un Partido Republicano fuerte, robusto y sensato, todo está perdido.

El próximo gran reto es Georgia. Ante una inminente presidencia de Joe Biden, perder el Senado para los republicanos sería una tragedia. Pero no solo una tragedia para el Grand Old Party; sino para todo el país, que se quedaría sin muro de contención ante una posible aplanadora radical, conducida por el dúo Biden-Harris. Todos los americanos deberían apostar al sano equilibrio de las instituciones. En consecuencia, el triunfo de Kelly Loeffler y de David Perdue en la segunda vuelta de Georgia es vital.

Fue irresponsable por parte del abogado de Trump, Lin Wood, tratar de disuadir a los republicanos en Georgia de apoyar a sus candidatos al Senado solo porque Loeffler y Perdue no han acompañado secamente las denuncias de fraude de la campaña del presidente. Sacrificar al Senado por tratar de resguardar una candidatura que no luce con mucha vida es condenar a Estados Unidos a ser tomado por completo por sus propios enemigos.

Enfocarse en ganar los dos escaños al Senado de Georgia debe ser hoy la prioridad del Partido Republicano. Esto, es importante recalcar, no implica darle la espalda a la cruzada del presidente por denunciar fraude. Georgia y la Casa Blanca no son mutuamente excluyentes.

Sin embargo, la compañía al presidente y sus denuncias debe ser vigilante y cautelosa. El Partido Demócrata invirtió cuatro años en cuesitonar la legitimidad de Trump a partir de irracionales teorías de conspiración que perfilaban al presidente como una marioneta del Kremlin. Esos delirios debemos dejárselos a los democratas.

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