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El movimiento #MeToo llega a Venezuela

Decenas de mujeres reaccionaron ante un gesto de valentía. Comenzó una insurrección contra todos aquellos que en algún momento abusaron de una mujer. Así es como empezó:

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«Esto para mí no fue algo de una vez. Esto sucedió durante años». El testimonio, anónimo, destapó una ola de historias. En ese entonces quien denuncia tenía 14 años. Según dice en su declaración, el abuso en su contra continuó hasta que cumplió 18. «El encuentro terminó con él obligándome a hacerle sexo oral sin dejarme respirar. Lloré en el acto por lo humillada que me sentía».

En menos de cuarenta y ocho horas más de 20 mujeres denunciaron que Alejandro Sojo, el vocalista de una banda caraqueña, mantuvo relaciones sexuales con ellas cuando eran menores de edad. Él tenía más de 23 años.

Aunque el ruido en torno a Sojo existe desde hace años en Twitter, el anuncio de un nuevo disco por parte del vocalista generó una sincronía de denuncias que fueron recopiladas por la cuenta de Instagram @alejandrosojoestupro. Este fue solo el detonante. Las denuncias sentaron las bases para que a Venezuela llegara el movimiento #MeToo.

En 2017 el #MeToo tomó Estados Unidos luego de una serie de acusaciones de abuso sexual contra el productor y magnate del cine Harvey Weinstein. Entonces, la actriz Alyssa Milano alentó a las mujeres a contar su historia utilizando el hashtag.

Fue una revolución y el movimiento empezó a ser alzado en Reino Unido, Italia, España, India o Pakistán. Miles de mujeres empezaron a revelar sus testimonios y agresores fueron apartados y despreciados. Roman Polanski, R. Kelly, Bill Cosby, Louis C.K., Dustin Hoffman, Ryan Adams, y más recientemente Marilyn Manson, han sido algunos de los famosos acusados, luego de que en Estados Unidos empezara un severísimo proceso penal contra Weinstein —hace meses sentenciado a 23 años en prisión—.

El movimiento ha generado todo tipo de reacciones. En un principio aplaudido, también ha sido precisado como indomable. Revolucionario al fin, el #MeToo sumió a Estados Unidos y a Europa en medio de una insurrección feminista, que tuvo eco en absolutamente todos los espacios.

Y aunque en Latinoamérica no encontró especial resonancia. Esta semana, finalmente, llegó a Venezuela.

«Lamento profundamente todo el daño que mis errores del pasado hayan podido causar (…) Ahora entiendo (…) que son una clara muestra de las máscaras de nuestra sociedad machista que deben terminar de caer. Lamento (…) todo el daño que he podido causar con mi comportamiento de muchacho ignorante e imprudente», publicó Alejandro Sojo en su cuenta de Instagram, poco antes de eliminarla ante la ola de insultos. Sojo finalmente cerró todas sus cuentas en redes sociales.

El caso de Sojo, resonando como no lo había hecho jamás, invitó a que más mujeres se sumaran al coraje de señalar a aquel que le empañó el pasado. Las denuncias siguieron apuntando contra la decaída escena musical venezolana. Tony Maestracci, baterista de la reconocida banda Tomates Fritos; Leonardo Jaramillo, guitarrista de Okills; y Daniel Landaeta, de LeCinema, le siguieron a Sojo.

Ninguno de los señalados negó las acusaciones, que en su mayoría se trataban de casos de estupro —un delito que consiste en tener relaciones sexuales con personas menores de edad, valiéndose de la superioridad y el engaño sobre la víctima—.

La escena musical reaccionó. La reconocida banda La Vida Boheme, ganadora de varios Grammy, publicó un comunicado: «Condenamos los actos denunciados en redes acerca de Alejandro Sojo e invitamos a todos nuestros colegas a hacer frente unido contra el abuso, el acoso y el daño físico, emocional y/o sexual».

Pero las denuncias trascendieron la industria musical venezolana. El 28 de abril, el escritor y editor Willy McKey publicó en su cuenta de Instagram un post titulado «Quizá yo también he sido un abusador». Varias horas después, pasó a reconocer un delito: «He cometido estupro». Su primer post fue la reacción al ruido que se estaba empezando a generar. El segundo, a una fortísima denuncia en su contra.

«He decidido finalmente hablar de mi experiencia de abuso con el escritor venezolano Willy McKey». Así empieza el hilo de “Pía”, una cuenta anónima que a las 2 de la tarde del 28 de abril decidió exponer a su agresor.

«Me dijo que yo era su ‘cómplice’ y los cómplices eran el espacio seguro del otro. Bajo esa premisa consiguió mi silencio”, se lee en el hilo de Pía. «’Estallido’ era un eufemismo para eyaculación y ‘desorden’ era un eufemismo para excitación sexual. Cuando me decía que ‘estaba desordenado’, significaba que estaba horny».

«Poco a poco fue más insistente. Pocas veces tuve el valor de decirle que no. No me salvé de escucharlo masturbarse y acabar más de una vez. Yo creía que estaba bien, que era mi deber de ‘cómplice’».

Pía relata que McKey la masturbó y le practicó sexo oral en su primer encuentro con un hombre. Ella acababa de cumplir 16 años. Él tenía 35. «Durante el acto me tendí en la cama, inmóvil y con los ojos cerrados. Yo me sentía en una consulta médica, durante esos encuentros: desnuda, desconcertada y esperando que terminara rápido. Nunca lo dije, pero estaba incómoda. Todo se sentía incorrecto».

«Con el corazón en la mano», sigue Pía en su testimonio, «puedo decir que jamás me sentí ni sexual ni románticamente atraída por Willy Mckey. Tenía 16 años, por Dios. Mi fiesta de 15 años se acaba de celebrar».

«A raíz de esta experiencia (…) desarrollé vaginismo y tuve problemas por años para tener relaciones sexuales. Mi cuerpo entendió el trauma primero que yo».

El testimonio de Pía rompió el internet y generó el que hasta ahora ha sido el pico de este fenómeno en Venezuela. Willy McKey era un intelectual respetado, un escritor muy bien conectado con la élite intelectual y cultural de Caracas. Era editor de Prodavinci, un portal venezolano que reúne varias de las plumas más reconocidas de Venezuela.

McKey aceptó inmediatamente el episodio en su Instagram y le dio el peso de un crimen (estupro).

«Debo reconocer que este episodio tuvo lugar en un momento en el cual yo era una figura pública y estaba en una relación formal con quien hasta hoy ha sido mi pareja. De modo que además de pedirle perdón a la afectada, también debo hacerlo con quien hice vida, por nunca haberlo conversado con ella y anularlo en mi registro de pendientes, hasta verlo aparecer en un momento como este», escribió McKey en su cuenta de Instagram.

Los insultos aumentaron. Gente de la movida cultural venezolana se apartó, lo condenó y, aunque reconoció su cercanía con Mckey, aceptó avergonzarse de ello. El cantautor venezolano Ulises Hadjis, quien había compuesto temas junto al escritor, escribió en su cuenta de Twitter: «Siempre hablo de que se puede separar artista y obra, pero luego de la denuncia a Willy Mckey hoy, dudo que pueda volver a tocar el par de canciones que escribimos juntos».

Verónica Ruiz Del Vizo, empresaria venezolana, también escribió: «Sé que debes estar leyendo, Willy Mckey. Sabes la relación cercana y amigos en común. Desde mi profesión hablo, porque hoy tengo el corazón roto».

«Estoy triste, Willy. Tú sabes que de mí siempre recibiste cariños y abrazos. Tu forma lo que muestra es falta de empatía y eso me duele más».

El portal Prodavinci, hasta entonces casa profesional de Mckey, publicó un comunicado: «Hemos leído las gravísimas denuncias publicadas en redes sociales en contra de Willy McKey, en las que se le acusa de cometer estupro, abuso y acoso. Ante esta situación, hemos decidido cesar inmediatamente su relación de colaboración con Prodavinci».

El ánimo en las redes sociales es tenso. A la denuncia contra Mckey le sucedieron otras. No solo se trata de denuncias por parte de cuentas anónimas. Un testimonio de Claudia De Lima apuntó directamente contra el comediante venezolano Gabo Ruiz. En el texto, Ruiz es acusado de acoso.

«Hace tres años el comediante Gabo Ruiz abusó de mí y hasta hace poco no entendía qué era lo que había pasado. No quiero dar muchos detalles, pero básicamente después de que le dije que no quería y no me sentía cómoda teniendo sexo sin condón, procedió a ignorarme y seguir intentando tener relaciones conmigo. Tuve que decir muchas veces que no para que me dejara tranquila y eso no está bien».

Ivonne Harting, psicólogo, contó en sus redes sociales cómo había sido abusada varias veces.

«La primera vez que me pasó yo tenía cinco años», relata Harting. «El personaje que lo hizo es bien conocido (…) Él decidió que era chévere pasarme la lengua por la barriga y me preguntaba que qué sentía yo. Yo empecé a masturbarme compulsivamente. Me hacía daño. Mi mamá me juzgaba».

«El segundo caso es el más grave. Se lo dije a la persona que consideraba mi amiga, que es la hija del personaje. Ella me pidió que me callara y me dijo que se tuvo que meter a bañar del asco que le daba. Porque su papá, Andrés Abreu, cuando yo tenía quince años me hizo sexo oral en contra de mi voluntad. Y casi me viola».

También habló Andrea Levada, actriz. En su desgarrador testimonio en Instagram, cuenta: «Mi mayor impulso para hablar de esto es saber que después de mí, vino otra. Ojalá yo hubiese hablado a tiempo y nadie más hubiese pasado por esto».

«Hoy hablo de José Arceo, un director de teatro venezolano. Lo conocí en 2016, cuando me llamó para realizar mi primera obra profesional. Se imaginan la ilusión de una niña de 18 años cuyo mayor sueño era (y es) ser actriz».

«Ensayamos esta pieza durante un año, en su casa», cuenta Levada. «Le encantaba decir comentarios acerca de mi cuerpo y el de mis compañeras. Tocaba partes que no debía. Nos decía que para saber actuar ‘había que saber coger’. Él comentaba que así era el medio».

En un ensayo, cuenta Levada, Arceo le pidió a ella y a sus compañeras «que nos vendáramos los ojos, nos desnudáramos y nos tocáramos entre nosotras».

«Yo accedí, porque si él era capaz de pedirme eso, era capaz de cualquier cosa», dice Levada. «Esto pasó. Yo tenía 18 años pero no quería eso. Lo único que quería era cumplir un sueño».

Son muchas las voces con nombre y apellido. Y son otros los que han retomado declaraciones públicas de personalidades venezolanas que asoman conductas similares a las de los denunciados.

Un video de hace tiempo, donde aparece McKey hablando junto al reconocido comediante José Rafael Briceño, volvió a circular por Twitter. En la conversación, Briceño relata un escenario hipotético en el que, ante una pareja infiel, decide drogarla y hacerle creer que estuvo con otro hombre. El nombre de Briceño también se hizo viral este 29 de abril.

El hashtag #MeTooVenezuela empezó a hacerse viral. Las voces se amontonan y apuntan contra quienes señalan de agresores. Hasta ahora ninguno de los acusados ha negado alguna de las acusaciones. La mayoría de las voces piden, al unísono, justicia. Pero esto es sensible.

De acuerdo con World Justice Project, de 128 países estudiados, Venezuela ocupa el último lugar en cuanto a estado de Derecho, según la estimación del 2020. Esto, arroja el estudio, habla de la ausencia de garantías en cuanto a cualquier proceso judicial. Los venezolanos que claman justicia están, en últimas, desamparados. No solo ahora, que se trata de decenas de denuncias de acoso sexual. Desde hace años ha sido así. Persecuciones políticas, encarcelamientos injustos y todo tipo de atrocidades ha marcado el desarrollo del estado de Derecho en Venezuela.

Sin embargo, el fiscal del régimen chavista, Tarek William Saab, anunció la apertura de una investigación penal en respuesta a las denuncias en redes sociales. El Ministerio Público investigará a Willy Mckey, Alejandro Sojo y Tony Maestracci.

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A las 5 de la tarde del 29 de abril, Willy Mckey publicó en su cuenta de Twitter: «No sean esto. Crece por adentro y te mata. Perdón».

Dos horas después, periodistas en Buenos Aires confirmaron que el escritor saltó de un noveno piso. Murió.

En redes sociales resaltan que su suicidio no es responsabilidad de las denunciantes. El grito es a que los abusos, como de los que Willy era responsable, no vuelvan a ocurrir.

Silvia Gaviria, prestigiosa académica y psiquiatra colombiana, experta en salud mental de las mujeres y exrepresentante de los Andes ante la World Psychiatric Association, dijo a El American: “El tema del abuso sexual y del acoso ha estado en la historia hace muchos años, pero silenciado. Las mujeres, desde una posición de desventaja, no se atrevían a denunciar. Cuando aparece una persona valiente que lo hace, quienes se sienten identificada tratan de emular la conducta”.

“Lo que hacen estos movimientos es visibilizar un problema que está ahí, que está latente. Esto va a generar muchas reacciones, no solo de las mujeres sino de la comunidad. En ese sentido, es algo bueno. Siempre tiene que haber una primera persona que se atreva y que desactive el miedo para que otras lo hagan”.

Con respecto al suicidio de Mckey, agrega: “Quienes están denunciando o poniendo en evidencia esta situación no son responsable de las decisiones individuales del denunciado. Al final, al denunciar no se sabe cómo va a reaccionar el ofensor”.

“Quien denuncia tiene derechos. Tiene derechos de protegerse y proteger a otros. Esta no es una razón para parar una denuncia”.

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