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El mundo debe actuar a la medida que Australia desciende al despotismo

El gobierno de Scott Morrison debe pagar por estas flagrantes violaciones de los derechos humanos.

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Como alguien que nunca ha visitado Australia y nunca ha tenido relaciones estrechas a largo plazo con los australianos, sería fácil argumentar que no entiendo suficientemente el país como para emitir un juicio sobre las impactantes escenas e informes que han surgido en todo el país en las últimas semanas y meses.

Sin embargo, como alguien que proviene de un país de la Commonwealth (el Reino Unido), entiendo a Australia lo suficiente como para saber que lo que ha ocurrido en este antiguo puesto colonial no es normal ni aceptable. De hecho, el comportamiento del gobierno australiano y su aparato de seguridad ha violado abiertamente los derechos más fundamentales de sus ciudadanos.

Australia ha sido reconocida durante mucho tiempo como una de las democracias liberales más estables del mundo, que funciona bajo una monarquía constitucional parlamentaria federal con importantes competencias transferidas a sus seis estados y diez territorios.

Es un país desarrollado que siempre ha ocupado un lugar destacado en todos los ámbitos, desde la educación hasta las libertades civiles, y un estudio de la ONU realizado en 2015 lo determinó como el segundo país con mayor calidad de vida del mundo, por delante de países como Suiza y Dinamarca, superado únicamente por Noruega.

Entonces, ¿qué es lo que ha ido tan mal? Las autoridades australianas han convertido la pandemia en una excusa para crear un estado de bioseguridad autoritario, aunque sus motivaciones para hacerlo siguen siendo poco claras. A pesar de registrar poco más de 1.000 muertes por la pandemia, la severidad y la duración de sus cierres ha conmocionado a observadores de todo el mundo, y el país se parece más a un estado autoritario que a una democracia liberal.

En algunas regiones, las autoridades están creando incluso un sistema orwelliano de reconocimiento facial y seguimiento de la geolocalización para imponer cuarentenas de 14 días en los viajes nacionales e internacionales. Como era de esperar, están planeando la introducción de pasaportes con vacunas, lo que significa que aquellos que no estén dispuestos a recibir la vacuna se convertirán en ciudadanos de segunda clase dentro de su propio país. También se obligará a los niños de tan sólo cinco años a vacunarse, a pesar de las escasas pruebas de que ello sea beneficioso.

A muchos australianos también se les está impidiendo ver a sus familiares en medio de amplias prohibiciones de viajes tanto nacionales como internacionales. Miles de personas se encuentran actualmente atrapadas en el extranjero, sin que se hagan excepciones ni siquiera para quienes tienen familiares moribundos. También está el daño incalculable a la economía del país, siendo las clases más bajas las más afectadas. Todo esto a instancias del Primer Ministro Scott Morrison, un hombre que de alguna manera tiene el descaro de llamarse a sí mismo el líder del “Partido Liberal de Australia”.

Mientras tanto, las protestas han sido respondidas con fuerza bruta por las fuerzas de seguridad, la mayoría de las cuales parecen ajenas a cualquier noción de que su respuesta pueda ser de mano dura. El sábado, la policía detuvo a otras 270 personas tras un nuevo día de manifestaciones contra el bloqueo en todo el país, con imágenes impactantes de violencia que circularon por las redes sociales.

Todo ello en una semana en la que el gobierno australiano anunció una asociación con Estados Unidos y el Reino Unido en un pacto estratégico destinado a frenar la creciente amenaza del comunismo chino. Aunque esta medida es sin duda encomiable, resulta un tanto irónica si se tiene en cuenta que en China, donde la vida ha vuelto en gran medida a la normalidad, el pueblo chino tiene actualmente más libertad que sus homólogos australianos.

Australia está llamada a ser uno de los líderes del mundo libre y, por tanto, debe tener un nivel de exigencia aún mayor que el de los países con una historia de despotismo. Ya sea en forma de boicots, advertencias diplomáticas o incluso sanciones selectivas contra los funcionarios responsables, hay que dejar clara una cuestión muy sencilla: el mundo libre no permanecerá en silencio mientras los derechos humanos del pueblo australiano son socavados de forma tan agresiva.

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