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El optimismo es cobardía

El establishment en pleno, neoconservadores incluidos, ha deseado sacudirse a Trump desde que descendió de aquellas escaleras mecánicas para estrellarse como una bola de demolición contra el edificio de la corrección política

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La noche-madrugada de las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos presentaba un panorama muy alentador para Donald Trump, pero los días posteriores, con el conteo de los votos anticipados y en desafío de la Ley de Benford, los estados bisagra se inclinaron a favor de su rival demócrata. Razones para desconfiar las hay, y muchas; sin embargo, ha sido ilusorio e irresponsable generar la expectativa de que la adjudicación de la victoria a la fórmula Biden-Harris sería revertida. A lo sumo, el GOP puede tomar previsiones para las midterms de 2022.

No culpéis a las Moiras…

Los mismos personajes que adquirieron notoriedad a fuerza de vender humo con la posibilidad de una intervención militar en Venezuela (llamémoslos afectuosamente “intervencionólogos”) se han dedicado, desde principios del pasado noviembre, a vender humo sobre la posibilidad de una victoria in extremis de Trump por la vía judicial. Las redes sociales que se habían abarrotado de sedicentes expertos geopolíticos, hoy lo hacen de “abogados electorales”.

Sin embargo, emplear medios alternativos no da pie a usar “hechos alternativos”. Las fuerzas que integran el campo conservador (en el sentido más amplio del término) deben enfrentar un escenario donde su máximo referente es desalojado del poder.

No se sugiere en modo alguno que la diferencia entre fraude y no fraude sea baladí, pues está en juego la legitimidad del propio sistema político americano, tan sólo se advierte contra aquello que pueden generar las falsas esperanzas. “Puedes negar la realidad, pero no puedes escapar de las consecuencias de negar la realidad”, dijo Ayn Rand en la que quizá sea su frase más afortunada.

Y la realidad actual, gústenos o no, es que los marines no desembarcarán en costas venezolanas y que Joseph Biden será juramentado como el 46° presidente de Estados Unidos. Decirlo no debería provocar reacciones hostiles. Después de todo, no nos molestamos con el médico que nos comunica un diagnostico desfavorable. “Las Moiras no son culpables de lo que anuncian. Son sólo mensajeras”, ha publicado recientemente en su cuenta de Twitter el escritor Fernando Sánchez Dragó.

Un sabotaje sostenido

No tiene caso preguntarse qué pasaría si la situación fuera la inversa. El progresismo es el sistema. Ni Trump ni ningún otro líder conservador podría hacer lo que hacen los demócratas. En definitiva, Biden no ganó, ganaron los poderes fácticos. El ex vicepresidente es sólo un anciano senil escogido para proyectar una imagen de moderación mientras los socialistas posmodernos se apoderan del otrora partido de Kennedy.

El “fraude” comienza en 2016, y aunque en ese entonces no alcanzó para robarle la elección a Trump, si puso seriamente en duda su legitimidad y limitó su margen de maniobra. A través de Russiagate, la teoría de conspiración más exitosa de la historia reciente, se truncó el intento de conseguir una nueva détente con Rusia. La política exterior que el empresario había prometido en su campaña nacía herida. El globalismo, mientras abogaba por China, conseguía que el oso ruso siguiera siendo la prioridad geopolítica. Se creó una excusa perfecta para forzar la salida de figuras incómodas como el General Flynn. El complejo industrial-militar se imponía a la voluntad popular.

Se ha perdido una batalla, no la guerra

Decir la verdad en contra del espíritu de la época y desafiar aquello que Scruton calificó como “hegemonía intelectual de la izquierda progresista” es una tarea que nunca se ha antojado fácil. El pesimismo es una actitud que nos induce a la parálisis y la inacción, que nos resigna a creer en un destino inescapable; pero el optimismo, amigos, no es mucho mejor. El optimismo, escribe lapidariamente Spengler en el pasaje final de El Hombre y la Técnica, es cobardía. Es prudente en una época como la nuestra —marcada por el coaching y la autoayuda—  advertir contra el segundo, mas ello no significa que debamos sucumbir al primero. La alternativa siempre será el realismo. Ese realismo que, en palabras de Miguel d’Ors, es lo que más creatividad requiere. Nada conseguiremos auto-engañándonos.

Trump aun obteniendo un resultado extraordinario (aumentó su popularidad con casi todos los grupos demográficos, excepto la clase blanca trabajadora) será un presidente de un sólo término. Breve pero trascendente. Su discurso ha puesto el acento en ‘lo nacional’, quebrando el consenso globalista; nos ha devuelto la distinción schmittiana amigo-enemigo tras décadas de despolitización del fin de la Historia “fukuyamico”; y ha sacado a la derecha de su economicismo zombie ochentista. Sin él, habría sido casi imposible el ascenso de líderes como Bolsonaro y Salvini.

Se ha perdido una batalla, pero no la guerra. La próxima será defender el paradigma trumpiano frente a quienes buscan restaurar el paradigma reaganita. Ese choque ya se está produciendo con debates como el que R.R. Reno ha protagonizado con Charles Cooke en las páginas de Newsweek.

La declaración anticipada por parte de la cadena Fox News de varios de los estados claves en la jornada del 3 de noviembre no es casualidad, como tampoco lo son las tempranas felicitaciones a Biden de personajes como Romney o los Bush. El establishment en pleno, neoconservadores incluidos, ha deseado sacudirse a Trump desde que descendió de aquellas escaleras mecánicas para estrellarse como una bola de demolición contra el edificio de la corrección política. Necesario es impedirlo. Si la derecha ha de tener un futuro, ese yace en el soberanismo. Trump pasará, pero el camino ha quedado marcado.

1 comment
  1. De impacto. Quizás premonitorio. Al parecer no son tiempos de peleas. No hay fuerza, está fue tomada y trabajada produciendo el daño que cabalgan los viejos políticos que pasan factura. Otro tendrá que recoger los vidrios rotos y avanzar como la bola que nombra el autor de este artículo y estrellarla contra los cimientos que aún no tiene el concreto para ser ultra-resistente. Solo hay es una amarre de cabillas, hay que ir soltando una a una.

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