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Chile

El precio de la polarización, o cómo perdimos a Chile

Sorpresivamente para algunos, Chile optó por el retroceso y el subdesarrollo. Pero quizás esta elección es simplemente el despertar de un monstruo que no supimos identificar

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En medio de lo que pareciera ser un shock regional, sé que voy a ir a contracorriente, pero el resultado electoral del pasado domingo 19 de las presidenciales de Chile no me sorprende en absoluto. 

Viví en Chile, es un país que creo conocer bastante bien. Aún tengo allí amistades entrañables: algunos con apellido francés, los más con apellidos españoles, algún puño de germano-descendientes y otros tantos mapuches. Supe disfrutar las fiestas dieciocheras impulsadas por algún terremoto de más. Intenté, sin éxito, dejarme seducir por la piscola, y en innumerables ocasiones me fui de compras al Alto Las Condes (aunque cuando mi prioridad era el volumen, por supuesto que iba a Patronato). Siempre gravité en Santiago: viví unos meses en Las Condes, luego en Ñuñoa y me despedí de la capital chilena en un cómodo apartamento en Vitacura. Tenía una hamaca paraguaya en el balcón.

Chile tiene una característica que considero única, no solo en América Latina sino en el mundo entero: la profundidad de la ruptura social (eso que los argentinos llaman “la grieta”) no tiene paralelo. Es, de verdad, la sociedad más disociada que conozco (y por supuesto que estoy incluyendo en mi apreciación a todos los elementos que llevaron a la victoria de Donald Trump en 2016 y a la de Joe Biden en 2020).

Mucho se ha hablado de las sociedades desunidas en las que grupos enteros parecen estar en las antípodas de sus conciudadanos. Tal característica es, en cualquier nación del globo, una bomba de tiempo, ya que esa fractura es raíz, alimento y motor de todo populismo. Y es exactamente eso lo que se observó en Chile el 19 de diciembre: la materialización de un fanatismo que maceraba, desde hacía ya tiempo, en las tripas de sus ciudadanos.

Es perfectamente natural que los países elijan gobernantes de distintas tonalidades políticas. Normalmente, allí donde la reelección es posible, hay un máximo de tres períodos de un mismo gobierno. Luego, lo sigue su antítesis. En una democracia madura y republicana, tal sucesión no conduce nunca a desastres irreparables. La particularidad de Chile, no obstante, es que esas “tonalidades” son llevadas a su paroxismo, a su manifestación más aguda y radical. 

En este contexto, no hay sorpresas: una sociedad extremista solo puede parir candidatos extremistas. Lagos, y recientemente Piñera, con sus luces y sombras, han sido por lejos las opciones más “moderadas” que Chile ha sabido dar.

Hablando con chilenos, esta polarización se ve en su lectura maniquea de su atroz historia reciente: por un lado, están quienes reivindican a Pinochet (no al Pinochet que contrató a Friedman, sino al que torturó y asesinó) y por otro, aquellos que babean incluso hoy por Salvador Allende, obviando que sus políticas “redistributivas” no solo lograron la universalización de la miseria, sino que fueron el disparador de las horas más oscuras del país.

José Antonio Kast, triste alternativa a Gabriel Boric, no fue la excepción. Kast no supo desprenderse del dilema histórico que parte en dos a la ciudadanía; y como si eso fuese poco, se dio el lujo de hacer manifestaciones xenofóbicas inaceptables, muy particularmente contra inmigrantes venezolanos, víctimas de ese mismo socialismo que Boric intentará implementar una vez que asuma como presidente. 

Aun así, tanto se jugaba Chile, tanto tenía que perder el (por lo pronto) país más próspero de la región, que incluso la victoria de este hombre pacato y de formas exacerbadas era deseable a lo que sucedió el domingo 19. 

Si Boric consolida su programa, Chile caerá en las mismas garras comunistas que devoraron a Cuba, a Venezuela y a Argentina. Se perderán avances que hacían de Chile un país literalmente sobresaliente. De la inteligencia y mesura de las fuerzas opositoras dependerán todos los chilenos, sea cual sea el lado del abanico en el que se encuentren.

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