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Dictadura sanitaria, El American

Sistema de crédito social chino: el sueño de los que piden dictadura sanitaria

No convirtamos a Occidente en una sociedad pre-totalitaria donde el Estado rastrea nuestro comportamiento hasta en los aspectos más privados

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No solo políticos sino también ciudadanos obsesionados con culpar al Covid de casi todas las desgracias que ocurren en el mundo, alzan su voz para pedir medidas cada vez más draconianas contra aquellos que no están vacunados y establecer una especie de dictadura sanitaria. Es como si de repente, el sistema de crédito social chino, tan temido y criticado por Occidente, se convirtiera en el sueño de muchos.

En China llevan años desarrollando un sistema de crédito social. El régimen chino, basado en un modelo digital de control y puntuación -que clasifica y evalúa a individuos y empresas-, castiga lo que considera “mal comportamiento” mientras premia a quienes actúen de manera “ideal”. 

Si bien aún no han logrado aplicar este sistema de manera regular en todo el país, ya se utiliza por regiones -algunas están más avanzadas que otras-, de modo que hay lugares en China donde, por ejemplo, para que un trabajador sea ascendido se revisa el sistema y se evalúa los “puntos” del aplicante. Por lo que alguien que se haya atrevido, quizás, a hablar mal del régimen, sin importar lo bueno que sea en su trabajo, no tiene posibilidad de ser ascendido.

Los puntos se suman o se restan teniendo en cuenta antecedentes penales, historial crediticio, pero también cuestiones tan personales como actividad en redes sociales, compras en línea, si la persona se manifiesta en contra del Gobierno, hábitos alimenticios y “evaluación” de sus superiores o arrendatarios influyen en la puntuación.

Quien tenga un mal puntaje puede ser castigado, por ejemplo, con bajas velocidades de internet, acceso restringido a restaurantes, prohibición para viajar al extranjero o ser retirado del trabajo. El régimen chino dice que este sistema, que evidentemente es profundamente invasivo, es deseable porque moldea el comportamiento de los individuos convirtiéndolos en buenos ciudadanos al corregir en una fase temprana los comportamientos que el Estado considera negativos.

En el estado de Nueva York ya ocurre que quienes no se han vacunado no puede entrar a restaurantes, y el Gobierno acaba de anunciar que todos los empleados federales deberán estar vacunados y las empresas privadas con más de 100 empleados deberán exigir a su personal que se vacune o que se haga una prueba semanal. Además, es probable que el Gobierno avance en medidas cada vez más extremas para conseguir, por ejemplo, que colegios y aerolíneas requieran vacunación a sus clientes.

¿Está bien que un Gobierno permita o impida a la gente trabajar, estudiar o viajar dependiendo de si se ha vacunado o no? La respuesta de todos aquellos que defendemos la libertad debe ser un rotundo “no”. 

Y que no se confunda el asunto, estar a favor de la vacunación y creer en la ciencia no es lo mismo que abogar por un mundo totalitario casi copiado de lo que ocurre en lugares como China, en el que la gente pierda sus empleos o se vea relegado por no inyectarse algo en su cuerpo.

Es claro que hay mucha gente asustada, que muchos están cansados de las restricciones impuestas por los Gobiernos, pero instaurar un sistema en el que se aniquila la vida social y laboral de quien decide no vacunarse, no solo es una locura propia de regímenes totalitarios, sino que es abrirle la puerta al control social y a un sistema de datos en el que se pueda registrar y hacer seguimiento a aspectos íntimos de las personas -en este caso una decisión médica- para castigarlos si no se comportan de la manera que algunos políticos consideran “adecuada”.

A quienes les dan miedo los no-vacunados, la vacuna está ahí disponible y es efectiva, está precisamente para protegerlo de la muerte, que no del contagio porque la vacuna no previene ni que se contagie ni que contagie a otros, pero sí de la muerte. Entonces, vacúnese y esté tranquilo. 

A quienes están cansados de los cierres y las restricciones, la solución no es pedir peores restricciones y castigos para quien no se vacune, sino pedir que los políticos paren sus medidas draconianas.

No convirtamos a Occidente en un lugar donde, al estilo de China, el Estado impide al individuo trabajar, estudiar, viajar o ir a un restaurante si no hace lo que unos políticos creen correcto. No convirtamos a Occidente en una sociedad pre-totalitaria donde el Estado rastrea nuestro comportamiento hasta en los aspectos más privados.

Que el miedo y el cansancio no nos hagan anhelar un régimen totalitario.

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