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¿Un mal menor en las elecciones presidenciales de Colombia?

¿Un mal menor en las elecciones presidenciales de Colombia?

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Rodolfo Hernández, el contendor del ultraizquierdista Gustavo Petro para la segunda vuelta electoral del 19 de junio en Colombia, se va convirtiendo en el «mal menor» del impredecible proceso político colombiano.

El 30 de mayo, un día después de terminada la primera vuelta y ya sabiendo sobre su pase al balotaje, el «ingeniero Rodolfo» tuiteó aclarando y advirtiendo a sus compatriotas sobre las potenciales decisiones que tomaría de alcanzar la Presidencia.

La mezcla de planteamientos ha revoloteado los comentarios y los análisis. Hernández hace gala de un esquema general nebulosamente pragmático y populista. No hay brújula ideológica de fondo y sí un eclecticismo de corrientes que pretende convencer a diversos y contradictorios bolsones electorales. Si al candidato lo pusieran en una licuadora saldría un inidentificable surtido político de sabores y colores. Pronto se verá si la marquetera fórmula catch-all, «atrapalotodo», le otorga el triunfo.

El asunto es que, de una u otra forma, el también exalcalde de Bucaramanga es percibido por cada vez más colombianos como una apuesta de riesgo mucho menor que la que encarna el exguerrillero del M-19 y estatista Gustavo Petro. Un obvio franquiciado del castrochavismo transnacional con el cual trata de disimular distancia con limitado éxito. No hay pues en Petro ─como tampoco en el mandatario Pedro Castillo y su cogobernante Vladimir Cerrón en Perú─ «moderación» o «centrismo», tan solo coyuntural apariencia y cálculo electoralista para hacerse del sillón presidencial.

El licuado de planteamientos sociales, políticos y económicos de Hernández intenta agradar desde apolíticos a independientes, pasando por liberales, conservadores, progresistas hasta a mercantilistas, socialistas bolivarianos o comunistas (a estos últimos con la idea de recomponer relaciones que terminarán indirectamente ayudando a estabilizar al represivo régimen de Nicolás Maduro en Venezuela).

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Guardando distancias, y específicamente en su afán de aglutinar propuestas disímiles, se acerca a una suerte de Pedro Pablo Kuczynski (PPK), el expresidente peruano que intentó juntar a perro, pericote y gato, subestimando las tensiones internas y externas que ese forzado «consenso» pretendía. PPK era todo y nada a la vez. Al final sucumbió, entre otros factores, por obra del sectario fujimorismo conservador ─del keikismo en realidad─ y las estatistas izquierdas antiliberales.

«No coman cuento», dice Hernández

«No coman cuento. Aquí les dejo 20 diferencias que tengo con el uribismo». Con esa frase arranca el hilo que lanzó por Twitter el lunes 30 de mayo buscando desmarcarse del influjo del factor Álvaro Uribe; factor que sigue generando inacabados debates entre los que consideran que aún puede sumar o en todo caso restar apoyo electoral.

¿Qué propone Hernández? Sorprendiendo a tirios y troyanos ha hablado de reducir el tamaño del Estado, de ser austero, de no seguir despilfarrando el dinero de los contribuyentes como los gobiernos anteriores y de reducir el IVA (impuesto al valor agregado) del 19 % al 10 %. Ideas todas que cualquier liberal o libertario y hasta un minarquista y un conservador aplaudirían.

A ello se añade «un completo apoyo a la diversidad sexual y de género, incluyendo el matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo». Además, se muestra a favor de legalizar la marihuana medicinal y recreativa. Para el candidato, «lo más peligroso de las drogas, es la prohibición».

Rodolfo Hernández acepta la eutanasia y el suicidio asistido. Y con respecto al aborto, dice que en su gobierno «se sostendrá el apoyo al aborto dentro de los tiempos estipulados, la que tiene el derecho a decidir si aborta o no es la mujer».

Como la mayoría de candidatos en el continente, Hernández también se presenta como un guerrero anticorrupción. Este discurso ya ha sido utilizado por otros candidatos y gobernantes para vender frases trilladas de «lucha contra la corrupción caiga quien caiga». Al final, la falsa prédica termina exigiendo la aplicación de la ley solo a los enemigos, pero no a los amigos (ahí está el caso del «primer vacunado de la nación» y vacado expresidente Martín Vizcarra en Perú, por ejemplo). En este terreno los hechos hablarán más que las palabras.

Pero es ─coqueteando con el progresismo caviar o mamerto─ en relación con la narcoguerrilla ultraizquierdista ELN (Ejército de Liberación Nacional, que opera en suelo colombiano y venezolano) con quienes Hernández emprendería temerarias negociaciones para un «acuerdo de paz», y sobre la narcotiranía socialista de Nicolás Maduro en Venezuela con quien restablecería relaciones diplomáticas, donde las alarmas resuenan.

El ELN pretende conseguir un trato que replique lo que las FARC lograron en 2016 con auspicio de Juan Manuel Santos y el castrismo. El acuerdo fue quizás el mejor plan de jubilación del cabecilla Rodrigo Londoño, alias Timochenko, y la cúpula narcoguerrillera de las FARC. No solo quedaron impunes ─y millonarios─, también se hicieron de curules en la Cámara y en el Senado. Se gestó así un precedente nefasto en la región estableciendo incentivos perversos a futuros extremistas que sabrán que, sin importar los crímenes atroces contra los derechos humanos y las libertades que puedan cometer, podrían muy cómodos «negociar la paz» y contrabandearse al fin al sistema político legal. Lotería.

De ocurrir lo mismo con los del ELN, no debe dudarse que después aparecerán también sus propias «disidencias», como con las FARC, quienes proseguirán la lucha armada relanzando la violencia política, el terrorismo y el crimen como fuente de financiamiento (solo entre enero y marzo de 2022 el 74 % de ataques contra civiles han sido letales, con un saldo de 297 muertes reportadas por acciones terroristas y criminales perpetradas por el ELN, los «disidentes» de las FARC, el Clan El Golfo).

Mientras en política exterior el restablecimiento de relaciones con Maduro y el cívico militar Cartel de los Soles en Venezuela abona el camino para su anhelada estabilización en el poder y su impunidad total, ahondando el sufrimiento de millones de venezolanos ansiosos de justicia y libertad. Las selectivas políticas de «apaciguamiento» que dejan indemnes de castigo a tiranos y criminales generan precedentes nocivos que alentarán su repetición a manos de inescrupulosos imitadores.

¿Hernández se comerá también las lógicas delictivas del poder y el cuento de «la paz» y el negociado «diálogo» proimpunidad del ELN y de Nicolás Maduro?

El futuro social, político, económico y además la seguridad nacional de los colombianos se muestran inciertos. Intentar remedar lo que haría Petro para beneficiar sus alianzas bajo la mesa con las fuerzas dictatoriales y extremistas más peligrosas de la región, no alejará a Colombia del abismo. No hay «mal menor» en esa temeraria apuesta.

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