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En defensa del pecado, entender que lo compartimos es básico para no caer en la tiranía. Imagen: Unsplash

En defensa del pecado

En defensa del pecado, rescatar la noción de que todos compartimos la tentación hacia el mal es el mejor dique contra la tiranía de los “puros”

Una defensa del pecado suena contraintuitiva. Después de todo, ¿no sería mejor un mundo sin que la noción del pecado influya en las instituciones y en las interacciones? ¿Es acaso el pecado un mero lastre de culpa y de vergüenza que atrasa a las sociedades? No necesariamente.

Aunque es cierto que un énfasis excesivo en los pecados propios y ajenos resulta en un puritanismo escrupuloso y temeroso, irse al otro extremo y extirparlo del diálogo social tiene efectos potencialmente peores, que se vuelven evidentes conforme nuestra civilización desarrolla una alergia cada vez más aguda incluso hacia la palabra “pecado”.

Este concepto se ha convertido en un punto incómodo en las conversaciones educadas, e incluso se evita en el ámbito religioso, incluyendo a la Iglesia Católica. En las 3 encíclicas publicadas por el papa Francisco (Lumen Fidei, Laudato Si y Fratellu Tutti), la palabra “pecado” aparece apenas 14 veces, a comparación de las 106 ocasiones en que se lee la palabra “ambiente”, 30 de “ecología”, 55 de “futuro” y 22 de “globalización” o sus derivadas. Y no es solo el Vaticano, en general hay una tendencia censurar el concepto de pecado, considerado como señal de “intolerancia” hacia los demás.

Ignorar el pecado implica dos problemas igualmente serios

El primero es que simplemente borrar dicha palabra del discurso no elimina la realidad de las conductas humanas. Los progres creen que aquello que se omite del discurso (se invisibiliza) deja de existir, pero están equivocados. El mundo real no se construye desde las palabras. El mundo real existe, incluso aunque lo ignoremos en el discurso. Y el pecado y el mal existe, aunque no lo mencionemos.

De hecho, la historia está repleta de “utopías” formadas solo por “gente buena” que más pronto que tarde derivan cuando menos en maldad estándar, (y cuando más, en genocidio), desde las más antiguas comunas hasta las violentas protestas por el caso George Floyd, que el año pasado derivaron en “zonas autónomas”, cuyos participantes comenzaron a dispararse entre sí.

El segundo problema de ignorar la existencia del pecado y de la concupiscencia natural a todos los seres humanos es que (irónicamente) ello genera el caldo de cultivo para el fortalecimiento de credos totalitarios.

Me explico: si, como afirma el mundo moderno, el mal surge desde afuera del ser humano, como una mera conducta social aprendida, entonces podemos extirparlo a través de la “reeducación” que elimine dichas conductas y factores sociales. Por lo tanto, una vez eliminadas las conductas y creencias “malas” todos seremos “buenos” y habremos construido el “paraíso”.

Si esa promesa de ser todos buenos por diseño y por decreto les apesta a campos de concentración, genocidio y apartheid, tienen razón. No en balde tanto los centros de extermino masivos de los totalitarismos del siglo pasado adoptaron motes de purificación por medio del trabajo o la reeducación como pretexto para liquidar a casi 200 millones de seres humanos que eran considerados como “malvados” por sus respectivos gobiernos de gente “buena”.

Los nazis creían que la maldad y la bondad estaban ligadas a la raza, los soviéticos consideraban que estaba ligada a la clase social; el Khemer Rouge que estaba ligada a la profesión (y por eso mataron a todos los que fueran profesionistas o tuvieran lentes); los turcos que estaba ligada a la religión. Todos ellos creían que el mal era resultado de una característica particular de ciertos grupos sociales y que, si los eliminaban, solo quedarían “los buenos”. Así que los mataron, sistemáticamente, por millones, como nunca antes en la historia.

El mundo reaccionó con horror ante aquellos crímenes. Sin embargo, esa maldad que tanto denunciamos en el nazi, el soviético o el joven turco, no es exclusiva de ellos, está al acecho en toda alma humana. Por lo tanto, está resurgiendo ahora, aunque bajo un nuevo disfraz progre que al mismo tiempo rechaza hablar de pecado y asume una postura cada vez más hostil hacia lo que considera pecaminoso.

No es casualidad que movimientos como antifa sean cada vez más violentos, ni que la prensa industrializada y el ecosistema progre en general sean cada vez más agresivos e intolerantes hacia todo lo que consideran retrógrada. Todavía no reabren los “campos de reeducación”, pero poco les falta. Y sí, también la derecha tiene sus propios iluminados, porque al final del día esta tentación de “ser bueno” puede seducirnos a todos.

En pocas palabras, como explicó Tyrion Lannister en el brillante (sí, brillante, lo dije) episodio final de Juego de Tronos, cuando explicó la locura de Daenerys: “A donde quiera que va, personas malvadas mueren, y la aclamamos por ello. Y ella se vuelve más poderosa y más segura de que es buena y de que tiene razón. Ella cree que su destino es construir un mundo mejor, para todos. Si tú lo creyeras, si realmente lo creyeras ¿no asesinarías a quien se interpusiera entre tú y el paraíso?”.

Y les hago la pregunta a ustedes: ¿Si estuvieran seguros de ser buenos y de poder eliminar al mal, para siempre, no matarían a quienes fuera necesario con tal de garantizar el paraíso permanente para todos los demás?

Una defensa del pecado como parte del diálogo social implica entender que todos somos pecadores y todos podemos ser mejores. Imagen: Unsplash
Una defensa del pecado como parte del diálogo social implica entender que todos somos pecadores y todos podemos ser mejores. ( Unsplash)

En defensa del pecado original

Por eso es tan importante rescatar al pecado de ese bote de basura inorgánica en que lo ha arrojado el consenso moderno y volverlo a posicionar en el diálogo público. Especialmente el “pecado original” que compartimos todos los seres humanos y que constituye una de las características más maravillosas, democráticas e igualitarias de la cosmovisión cristiana.

Chesterton lo explica de forma inmejorable: “El cristianismo predica una idea tan evidentemente poco atractiva como la del pecado original; pero si observamos sus resultados, vemos que son la compasión, la hermandad y una piedad y una alegría atronadoras, pues sólo con el pecado original podemos al mismo tiempo compadecer al mendigo y desconfiar del rey”.

“Sólo con el pecado original podemos al mismo tiempo compadecer al mendigo y desconfiar del rey”, porque todos los seres humanos, desde el papa en Roma hasta el Biden en la Casa Blanca, desde el más pobre de los mendigos hasta el más Bezos de los Jeffs, compartimos la mancha del pecado original y la concupiscencia que de este resulta.

En el silencio de nuestra conciencia todos sabemos, con San Pablo, que “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí”.

Más allá de las implicaciones teológicas, que le dejo a los teólogos, esta certeza tiene profundas implicaciones políticas.

  1. Significa que sin importar que tanto “purifiquemos” una sociedad, la realidad del mal es inescapable. No podemos extirparlo, tenemos que enfrentarlo permanentemente. Mientras el mundo sea mundo no descansaremos del pecado, ni siquiera aunque impusiéramos nuestra ideología en todos los rincones de la tierra.
  2. Significa que ningún ser humano puede alcanzar la plena pureza, sin importar su religión, su ideología, su raza, su cuenta bancaria (o la ausencia de esta). Nadie sobre la tierra es “bueno”. Todos estamos al mismo tiempo llamados a la santidad y tentados por la perdición. Toda persona puede ser maravillosa en la caridad o monstruosa en la ambición, y su rostro se formará con la suma de las decisiones que acumule en su camino.
  3. Significa que no podemos simplemente entregarle el gobierno de la sociedad y el rumbo de nuestras vidas a un grupo de iluminados. A diferencia del gnosticismo, que ofrece una salvación a través del conocimiento de lo oculto (o del victimismo interseccional, que ofrece pureza dependiendo del nivel de opresión) y necesariamente deriva en un sistema de castas, la visión cristiana de un pecado original compartido por todos significa que incluso el más sabio y el más poderoso pueden ser malvados. El rey cristiano no es un dios, sino un pecador con corona.

Y sí, también es cierto que los cristianos muchas veces han olvidado las implicaciones del pecado original, y han idolatrado a papas, a reyes y a cosas semejantes. Es normal, porque los cristianos también son pecadores, todos lo somos, y entenderlo es clave para resistir a la tentación de sentirnos “buenos”… y aplastar a los demás.

Por eso, al final del día, el peor pecado es la soberbia: creernos puros, dignos de decidir quién vive y quién muere, dioses “buenos”, con el derecho a construir el paraíso de nuestro capricho, que siempre será un infierno, para todos.

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