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Enfrentar a Putin es lo correcto. EFE/EPA/Andrzej Lange

Enfrentar a Putin es lo correcto

Enfrentar a Putin es lo correcto, incluso a riesgo de que escalen las hostilidades. Es momento de Occidente actúe en forma prudente, pero decidida

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Sí, enfrentar a Putin es lo correcto. Es necesario, es urgente. No con temeridad, pero sí con contundencia, porque Vladimir ha dejado muy claro que no solo quiere seguir sometiendo a Rusia, sino que también pretende someter, al menos, a Europa.

Y no, no es mero amarillismo. La invasión rusa de Ucrania llega a rebasar una línea casi irreversible, y colocar al régimen de Moscú en una ruta de colisión directa con los poderes europeos y con los Estados Unidos. Es cierto que en las décadas previas Rusia había invadido Georgia y Chechenia, además de intervenir en Siria, pero ninguna de esas intervenciones alteraba el equilibrio europeo. La de Ucrania sí, con todo lo que ello implica.

¿La razón? Si Rusia se sale con la suya y aplasta a los ucranianos, incrementará su control del Mar Negro y colocará una cuña sobre toda Europa oriental, poniendo en alerta a todas las republicas que alguna vez vivieron bajo el terror del imperio soviético. Polonia, Rumania, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, países que hoy forman parte de las alianzas occidentales, pero a los que Putin considera suyos, y que quiere recuperar. Y ni siquiera lo ocultan, la maquinaria propagandística de Putin ya habla directamente de “desnazificar” Polonia. Sí, el mismo pretexto que usaron con Ucrania.

La disrupción resultante en los equilibrios europeos nos dejaría a todos a las puertas de una III Guerra Mundial; o al menos de una confrontación continental a gran escala. Básicamente, conforme la situación en Ucrania se vuelve más compleja, Occidente se va quedando con tan solo dos opciones: enfrentar con todo a Putin, a riesgo de una guerra mundial; o ceder ante Putin, a riesgo de que tiranice a millones… Y luego lance de todos modos una guerra mundial.

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El resbaladizo camino a la guerra

Los conflictos globales no se declaran de la noche a la mañana, se cocinan durante mucho tiempo, acumulando señales y rencores, y eso pareciera estar ocurriendo ahora, mientras los tambores de guerra aumentan su intensidad, no solo en las ciudades de Ucrania, sino también en el ámbito internacional. El 16 de marzo Rusia fue formalmente expulsada del “Consejo de Europa”. Un día antes, el 15 de marzo, el Senado de los Estados Unidos declaró unánimemente a Vladimir Putin como un criminal de guerra, apenas horas después de que el gobierno ruso hubiera “sancionado” oficialmente al presidente Biden.

Pero, ¿eso en serio abre las puertas a un riesgo de guerra a gran escala, incluso nuclear? La respuesta es: sí. De hecho, el propio Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, señaló directamente que: “el prospecto del conflicto nuclear, que alguna vez fue impensable, está de regreso en el terreno de las posibilidades”.

Sí, va otra vez, para que quede claro: la guerra nuclear “está de regreso en el terreno de las posibilidades”.  Y esto es clave.



Tras las detonaciones atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el mundo tuvo muy claro que la guerra había cambiado para siempre. Las armas nucleares, con su potencia para vaporizar ciudades enteras, alteraron radicalmente los cálculos de la estrategia militar. Después de todo, cuando basta un puñado de misiles para carbonizar un país, el resto de las armas palidece en comparación.

Terminó la II Guerra Mundial y comenzó la Guerra Fría. Los soviéticos se robaron los planos de la bomba, y en apenas un par de décadas nos deslizamos hasta el punto de la “MAD” (destrucción mutua asegurada), visualmente encarnada en las constantes pruebas de armas nucleares cada vez más sofisticadas que se mantenían presentes en la conversación.

Nuestros abuelos y nuestros padres lo vivieron. Los simulacros y las conversaciones, la “crisis de los misiles” en Cuba, el temor latente a que, más pronto que tarde, la URSS y los Estados Unidos entraran en guerra directa, zumbaran los misiles y muriera la humanidad. Luego, a finales de los 80s, cayó el muro de Berlín, y colapsó la “cortina de hierro”. La Unión Soviética se derrumbó en pedazos, y con ella se desplomó en nuestras mentes el riesgo del apocalipsis.

Sin embargo, los arsenales no desaparecieron tras el final de la Guerra Fría. Efectivamente hubo algunos programas de desarme, pero en términos generales las capacidades destructivas de las armas nucleares siguieron presentes, aunque el mundo decidió dejar de pensar en ellas.


El riesgo no desapareció, simplemente cerramos los ojos. Así llegamos al 2022, cuando la crisis de Ucrania nos hizo despertar como el proverbial personaje de Monterroso, para voltear a nuestro alrededor y descubrir con pánico que, al igual que el dinosaurio del cuento, las bombas nucleares y las visiones imperiales de Rusia “seguían allí”.

Enfrentar a Putin es lo correcto, incluso a riesgo de la guerra. Imagen: Birmingham Museums Trust via Unsplash
Enfrentar a Putin es lo correcto, incluso a riesgo de la guerra. Imagen: Birmingham Museums Trust via Unsplash

Enfrentar a Putin es lo correcto

Entonces ¿cedemos ante el tirano de Moscú, con la vana esperanza de que sacie sus ambiciones en la sangre de la república de Ucrania? ¿Y luego, en 3 o 5, o 10 años, cuando se lance contra Polonia o contra las republicas bálticas, volvemos a ceder? ¿Le regalamos Europa a Putin, y (aprovechando el viaje) Asia a la dictadura China? No son preguntas fáciles, pero me parece que a estas alturas, el ceder es meramente aplazar; sería, parafraseando aquella cita atribuida a Churchill, quedarnos con la humillación y (eventualmente) con la guerra.

Hace unos días, Bret Stephens escribió en un imperdible artículo para The New York Times, donde asegura que “nuestra vocal aversión a la confrontación” invita a la escalada rusa, en lugar de disuadirla. Lo normal, añade, es que Vladimir “redoble sus ataques”, incluso utilizando armas químicas o nucleares de poca potencia, para ganar rápidamente, aterrorizar a Occidente y consolidar su poder, en especial considerando que, incluso en dicho escenario, las sanciones en su contra serían apenas “marginalmente más graves que las que ya se han aplicado”.

En términos generales coincido con este diagnóstico. Putin ha roto muchos diques diplomáticos, y está dispuesto a romper más. Para enfrentarlo, Occidente debe ser al mismo tiempo prudente y efectivo. Rusia no debe obtener una victoria completa en Ucrania, incluso si ello implica respaldar a los defensores con tropas occidentales, conscientes de que ceder ante Vladimir no eliminará el riesgo de una III Guerra Mundial; al contrario, alimentará la voracidad de Moscú y les mostrará a todos los poderes nucleares el camino para cumplir sus caprichos.

Sí, enfrtentar a Putin en Ucrania puede provocar represalias de Moscú, pero ese riesgo no debería paralizarnos. Y no es algo nuevo, la guerra es una sombra que los propios humanos construimos y de la que no podemos escapar. Solo queda, simplemente, hacer lo correcto.

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