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Éric Zemmour, El American

Éric Zemmour y el alma de Europa ¿logrará reconquistar a Francia?

La aspiración realista de Zemmour es ampliar los límites del discurso permitido, poner el acento en los problemas existenciales

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Éric Zemmour, uno de los más notables pensadores de Francia, se presenta como candidato a la Presidencia de la República. El tertuliano televisivo, escritor best seller y provocador consumado hizo oficiales sus intenciones con un encendido llamamiento a sus compatriotas el pasado 30 de noviembre, poniendo así fin a meses de especulación.

En el video, pieza magistral de la comunicación política, se lo ve sentado en un escritorio, leyendo, con tono solemne y casi elegíaco, un texto sobre la decadencia que se propone revertir. La puesta en escena recuerda —mutatis mutandi— a las alocuciones del general de Gaulle, figura por la cual profesa gran admiración. Su retrato es el de una Francia irreconocible, engullida culturalmente por el mundo anglosajón y demográficamente por el norte de África, donde el modelo de convivencia hace aguas.

¿Quién es Éric Zemmour?

«Hoy proliferan palabras que terminan en el sufijo fobia: islamofobia, eurofobia, homofobia. Es una medicalización de la divergencia: todo problema es convertido en una patología de aquellos que lo denuncian. Me gustaría que las preguntas ¿quiénes somos? y ¿quiénes queremos ser o seguir siendo? sean planteadas por todos». —Alain Finkielkraut

Zemmour suele ser identificado como miembro de los “nuevos reaccionarios”, personajes de la vida cultural francesa que rechazan el paradigma progresista surgido de Mayo del 68. La etiqueta, sin duda infamemente, se las dio el ensayista Daniel Lindenberg en Le Rappel à l’ordre: Enquête sur les nouveaux réactionnaires. Ha sido aplicada al filósofo Luc Ferry, al politólogo Pierre Manent o incluso al célebre novelista Michel Houellebecq. Lejos de circunscribirse a un grupo homogéneo de figuras de extracción conservadora, incluye, por ejemplo, al teórico del foquismo y la guerrilla Régis Debray.

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Este campo es un campo de validación y debe quedar sin cambios.

Lo que une a los “nuevos reaccionarios” y su gran pecado al menos a ojos de los popes de la corrección política— es exponer las debilidades del modelo buenista que impera en las sociedades contemporáneas, con su disolución de las identidades nacionales, su presentismo y su falta de cohesión social.

El lugar de Zemmour entre estas voces críticas es de los más prominentes, ya que siempre ha contado con un espacio en el mainstream mediático. Aunque se lo ha llegado a comparar con el estridente antecesor de Joe Biden, en realidad es más una suerte de Tucker Carlson. Salvando las distancias intelectuales, claro. Desde CNews, un canal conservador que sirve como respuesta vernácula a Fox News, ha cautivado a millones de espectadores. En medio de gran hostilidad, su incursión a la arena política parte con la única ventaja de que sus principios —se compartan o no— son bien conocidos.

Aunque estamos en una época donde la identidad del sujeto enunciador es tan importante como el contenido de lo que enuncia, el origen judeo-bereber de Zemmour no lo ha blindado de la persecución judicial o de los señalamientos de los cazadores de fobias. Sus dichos en contra de la islamización de Francia lo meten en no pocos aprietos, incluidas un par de condenas por “delitos de odio”.



Quid est Europa?

«Europa será un parque temático de iglesias, museos, modernos restaurantes y putas, que disfrutarán chinos, musulmanes y rusos». — Fernando Sánchez Dragó

Según el tópico, Europa es la cuna de Occidente. ¿Y qué es Occidente? La suma de filosofía griega, derecho romano y religión cristiana. Si lo llevamos a una definición mínima, bastaría quedarse con la última parte: Occidente es el cristianismo. Zemmour, aunque no sea parte de la Iglesia, lo entiende perfectamente. Una vez habiendo abandonado esta religión y asumido las leyendas negras sobre sí mismo, ¿qué queda de él? Solo un espacio geográfico, sin una argamasa que lo una.

Escribió Pat Buchanan que cuando una fe muere algo más aparece para tomar su lugar, porque la naturaleza aborrece el vacío y el corazón de los hombres también. Ese vacío se ha llenado de momento con supercherías modernas: cientificismo, creencia en la inevitabilidad del progreso, obediencia ciega a los expertos, etcétera. ¿Puede eventualmente llenarlo el islam? ¿Puede desplazar una civilización a otra? 

Inmigración es guerra

Zemmour articula su discurso en torno a cuatro íes: identidad, inmigración, inseguridad e islam. Las cuatro están estrechamente ligadas entre sí, pero el banderín de enganche de su campaña es claramente el de la inmigración.


El volumen de inmigración que hoy recibe Francia, con una cultura debilitada y una honda crisis de natalidad, es simplemente abrumador. Si incluso los movimientos poblacionales masivos dentro de una misma región generan tensiones, no cuesta imaginar lo que puede desencadenarse cuando las diferencias son tan acusadas entre los países emisores y el país receptor. La posibilidad de una guerra civil ha sido deslizada tanto en obras de ficción (véase Sumisión, 2015), como en obras de ciencia política (véase Ethnic Apocalypse, 2019).

El debate migratorio no se trata de contraponer multiculturalismo y asimilacionismo. Al final es pura matemática, se reduce a los números. Como diría José Javier Esparza: “80 millones de nigerianos puestos en Alemania no hacen Alemania, hacen Nigeria”. Veinte mil magrebíes en París pueden constituir una dinámica y vibrante minoría, con coloridas costumbres y un enriquecimiento de la oferta gastronómica. Dos millones de magrebíes en París, en cambio, acabarían reproduciendo todos los problemas sociales de su tierra de origen. Una “tercermundización”, tomando prestado un palabro que le gusta a Zemmour.

¿Reconquista?

Reconquête, cuyo nombre es una clara alusión a la Reconquista española, es el partido que nuestro protagonista ha creado ad hoc para las elecciones, Suma algunos apoyos entre los políticos tradicionales y los miembros del ejército, pero parece no estar a la altura de su perfil público. En las encuestas oscila entre el tercer y cuarto lugar, y probablemente ni siquiera llegue a la segunda vuelta.

No hay que engañarse, el petimetre Macron es amplio favorito para permanecer en el Eliseo. Como político prototípico de la gobernanza tecnocrática impulsada por Bruselas y los organismos supranacionales, cuenta con el apoyo del establishment y los grandes medios.

La aspiración realista de Zemmour es ampliar los límites del discurso permitido, poner el acento en los problemas existenciales. No solo desplazar la ventana de Overton, sino hacerla volar por los aires. Robándole el monopolio de la defensa de los valores soberanistas al clan Le Pen, con una propuesta mucho más coherente y alturada.

El suyo es un primer paso en la dirección correcta, que puede abrirle la puerta a nuevos desarrollos y a una nueva concepción de la derecha. Porque no hay destino ineludible ni una historia escrita. Son los hombres, con sus acciones, quienes hacen y deshacen la historia.

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