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¿Es el individualismo vs. el colectivismo la nueva izquierda vs. la derecha?

En lugar de mapear las ideologías en función de sus creencias sociales, deberíamos mapear las ideologías en función de cuánto buscan imponer sus creencias sociales sobre los demás

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Por Nicholas Baum

Cuando pensamos en el “espectro político”, nos imaginamos una escala lineal que se extiende en direcciones opuestas. El lado izquierdo lo consideramos “liberal” o “progresista”, y el lado derecho “conservador”.

Nos gusta utilizar este mapa unidimensional como una forma de comparar y contrastar diferentes ideologías y creencias, simplificando las complejidades de la política en una herramienta ordenada y directa.

Además de todos los problemas obvios al simplificar las ideologías en una sola escala, hay otra complicación importante que es menos obvia. El espectro izquierda-derecha considera que lo conservador y el progresismo son opuestos. Pero, en realidad, los dos bandos tienden a compartir un importante punto en común: los adeptos de ambos lados del espectro ideológico suelen tratar de imponer sus puntos de vista personales al resto de la sociedad.

Por ello, propongo un enfoque diferente.

En lugar de mapear las ideologías en función de sus creencias sociales, deberíamos mapear las ideologías en función de la medida en que tratan de imponer sus creencias sociales a los demás. En otras palabras, las ideas deberían juzgarse en función de cuánta elección le dejan al ciudadano y cuánto le permiten a los individuos vivir según su estilo de vida y su moral. Un lado de este espectro propuesto le permite a los individuos vivir según sus acuerdos e ideales, mientras que el otro busca imponer sus propios juicios en las vidas de los demás.

Individualismo

El primer lado de este espectro se conoce como “individualismo”. Como escribe Ayn Rand, “el individualismo considera al hombre… como una entidad independiente y soberana que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional”.

El individualismo cree que todas las personas, por ser racionales e iguales, son seres independientes con derecho al mayor dominio posible sobre la libertad. Esta libertad de elección y de acción sólo se detiene cuando entra en conflicto directo con la capacidad de los demás para hacer lo mismo, principalmente si atenta contra su vida, su libertad o su propiedad.

Para un individualista, el papel máximo del gobierno es proteger nuestras vidas, nuestra libertad y nuestra propiedad. Si el gobierno realizara una tarea adicional, ya sea con fines “progresistas” o “conservadores”, sería, en palabras de Frédéric Bastiat, un “saqueo legalizado”.

Dado que el gobierno se financia con los impuestos, y los impuestos son la confiscación forzosa de parte de nuestra propiedad, el individualista cree que el gobierno debería, como mucho, realizar tareas que defiendan y permitan la libertad individual.

En definitiva, el individualismo es la idea de que no debemos imponer una forma de vida o ciertas ideas al resto de la sociedad. Cree que los humanos son una especie diversa e intrincada que debe tener la libertad de tomar sus propias decisiones. Deberíamos ser libres de elegir y actuar como nos apetezca, siempre que esas elecciones no entren en conflicto directo con el derecho de los demás a hacer lo mismo.

Colectivismo


El otro lado de este espectro es el “colectivismo”, y abarca la mayoría de las creencias a las que estamos comúnmente expuestos. Ya sea el conservadurismo, el progresismo o el socialismo, el colectivismo implica la imposición de una determinada creencia o punto de vista al resto de la sociedad.

Mientras que el principio clave del individualismo es la maximización de la libertad para vivir según la propia moral, un principio clave de las ideologías colectivistas es la voluntad de utilizar medios coercitivos para promover un programa social o económico deseado. Esto puede presentarse de dos formas. El gobierno puede subvencionar actividades que apoyen, o puede restringir la libertad de las personas mediante la regulación de actividades que desaprueban.

Desgraciadamente, esta tendencia es omnipresente en nuestro panorama político actual, inherente a ambos lados del espectro izquierda-derecha.

El lado derecho del espectro político moderno, aunque tiende a valorar ideas individualistas como el constitucionalismo y la libertad económica, se siente atraído por ciertas tendencias colectivistas. Los conservadores han apoyado los aranceles, han ampliado el poder militar, han apoyado la criminalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y han abrazado políticas como la Guerra contra las Drogas.

Dicho esto, el lado izquierdo del espectro es posiblemente peor, ya que defiende la sanidad universal, la universidad “gratuita”, la ampliación del Estado de beneficios, las medidas de control de armas y, en consecuencia, el aumento de los impuestos. La cuestión es que tanto las causas conservadoras como las progresistas a menudo implican la imposición de una idea sobre toda la población, ya sea obligando al público a pagar por una política o restringiendo su libertad de elección.

La sanidad universal, la universidad “gratuita”, la expansión del poder militar, etc., son todas colectivistas porque buscan promover el “bien común” obligando a los ciudadanos a pagar por ello. Esto significa que menos de su dinero se destina a la compra de las cosas que realmente quieren, y en su lugar se destina a la financiación de cosas que no quieren o con las cuales no se benefician.

La dicotomía final

Uno puede tener la tentación de asumir que el individualismo es una forma de egoísmo. Pero en su obra clásica Camino a la Servidumbre, Friedrich Hayek señala que no es así.

“(El individualismo) parte simplemente del hecho indiscutible de que los límites de nuestra capacidad de imaginación hacen imposible incluir en nuestra escala de valores más que un sector de las necesidades de toda la sociedad”, observó Hayek.

Nosotros, como individuos, queremos promover nuestros propios intereses, y se nos debe conceder la mayor libertad posible para lograr este fin.

Nuestras libertades no pueden ser recortadas por alguna variante del “bien común”, porque eso infiere necesariamente que alguien decide lo que es el “bien común” y permite que sus decisiones triunfen sobre los derechos de los individuos, cuya protección es el propósito mismo del gobierno.

George Orwell, el autor de 1984 y uno de los grandes profetas del siglo XX, observó una vez que la dicotomía izquierda versus derecha ya no servía en el mundo moderno.

“La verdadera división no es entre conservadores y revolucionarios, sino entre autoritarios y libertarios”, escribió Orwell en una carta de 1948 a Malcolm Muggeridge.

Orwell tenía razón. Y de cara al futuro, deberíamos reconocer las tendencias colectivistas de nuestra política.

Este simple reconocimiento es el primer paso hacia un objetivo humano universal: vivir según los ideales que nos parezcan razonables, establecer nuestras propias normas, acatar nuestros propios principios y no ser restringidos o desposeídos por quienes creen saber lo que es mejor para nosotros.

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