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marxismo, El American

¡Es el marxismo, estúpido!

El marxismo tiene una fe común incuestionable en la que es claramente identificable como religión

El marxismo ha sido la doctrina totalitaria más influyente, resistente y maleable del mundo moderno. Una que se rehace tras cada derrota, elude su refutación teórica y práctica por el simple artificio de negarlas. Una que sobrevivió y prosperó tras el colapso de su imperio soviético. Fue erróneamente declarada derrotada y en extinción tras el colapso de la superpotencia que fue el primer imperio marxista de la tierra, pero lo cierto es que la influencia del marxismo no es menor –y de hecho probablemente es mayor–  hoy que en tiempos del poder soviético. Lo que prefiero definir como socialismo en sentido amplio ha sido la mayor amenaza intelectual y política a la libertad que hemos conocido, pero el marxismo ha sido núcleo central, su ala más radical y la clave de casi todos sus éxitos culturales y políticos.

 ¿Cómo sobrevive y prospera la doctrina marxista pese a su temprana refutación teórica y su posterior colapso histórico? ¿Cómo una doctrina criminal, responsable de los mayores genocidios de la historia contemporánea, es defendida por intelectuales, artistas y “jóvenes idealistas” en todo el mundo? ¿Cómo el socialismo totalitario de inspiración marxista atrae hoy en Occidente no solo a políticos radicales sino a corporaciones, a los ricos, y a buena parte de los líderes de la industria tecnológica? Lo primero a considerar es que se trata de una doctrina ampliamente defendida en donde menos se lo sufrió directamente, y eso ya nos dice mucho, pero no explica que con cien millones muertos a cuestas y habiendo dejado una estela de destrucción material y moral indescriptible tras su colapso, el marxismo reviva en hoy Occidente o establezca en Asia un nuevo imperio a la escala del perdido y sin sus mayores debilidades, o que, de hecho, sea marxista el ala de ultraizquierda radical que hoy define la agenda del Partido Demócrata de Estados Unidos. 

Los defensores de la libertad han estudiado y refutado ampliamente al marxismo en todas sus variantes y al socialismo en general. La Escuela Austriaca, nacida en la disputa del método contra la escuela histórica alemana de raigambre hegeliana, refutó tempranamente las dos fuentes claves de Marx, el historicismo filosófico de Hegel y la teoría del valor trabajo de la escuela clásica. Así lo hizo, en Principios de economía política, Menger en 1871. Böhm-Bawerk, por su parte, refutó en 1896 todo el sistema económico de Marx y la inevitabilidad del eventual colapso soviético se deducía de la teoría de la inviabilidad del socialismo de Mises de 1922.  Hayek, en La fatal arrogancia, analizó profundamente los errores del socialismo de 1990 sobre el atavismo moral  y error intelectual en que se fundamenta todo socialismo completó el panorama. Muchos han seguido sus pasos. Sabemos bien cómo y por qué el único producto del socialismo fue y será siempre la destrucción material y moral de las sociedades sobre las que imponga.  

Para cualquier persona medianamente culta en nuestros días es innegable la evidencia de las genocidas prácticas totalitarias del experimento socialista soviético, china o camboyano. La magnitud de sus crímenes inhumanos es tan abrumadora que la paradoja de su presente prestigio intelectual y político resulta aparentemente inexplicable. Así que, estando como estamos, mejor preparados teóricamente para ello: ¿entendemos los conservadores –y los libertarios– la paradoja marxista? Pues al parecer no. Y no la entenderemos si nos negamos a ver que lo que da luz a la paradoja marxista es el fenómeno de la fe.  

El socialismo en sentido amplio usa como axioma moral un instinto primario tan poderoso como la envidia. Eso es algo que sí explicaría la supervivencia de la aspiración atávica a la que se reduce finalmente todo socialismo, pero si fuera por nada más eso, tras refutaciones y fracasos la atávica e inviable idea reaparecería en versiones completamente nuevas. Y es lo que parece ocurrir, de hecho, pero es mera apariencia, disfraz o maquillaje: lo nuevo no llega para competir sino para integrarse a lo viejo, y rehacer las viejas justificaciones ampliamente refutadas por la teoría y la experiencia histórica. Hay algo más que resentimiento envidioso, y algo más que atavismo moral ahí. 

Una doctrina capaz de sobrevivir y prosperar tras la refutación teórica y el colapso histórico que ha sufrido el socialismo marxista no puede seguir siendo explicada únicamente como doctrina totalitaria, que lo es, sin dudas. Hay que entenderla como una religión en todo el sentido de la palabra. Como una fe, criminal y totalitaria, pero fe al fin. Admito que no es únicamente en nombre de la fe religiosa que puede el hombre civilizado racionalizar ante sí mismo el retroceder a la barbarie del exterminio del inocente.Sin necesidad de justificarse en una fe religiosa, se han empleado las herramientas de la civilización para las peores barbaries. Pero admitamos de una vez que la fe la única forma de pasar de una racionalización utilitarista, que depende por completo de endebles falacias, a la profunda, indiscutible e irrenunciable creencia trascendente, que francamente es la única forma de describir lo que observamos en el marxismo.

Variopinto como es, el marxismo tiene una fe común incuestionable en la que es claramente identificable como religión. Una que se origina en aquellos socialismos que el propio Marx calificaría despectivamente de utópicos, que hunde sus raíces más atrás, en las doctrinas mesiánicas de sectas heréticas milenaristas medievales y renacentistas. Otros, hoy olvidados, ya había iniciado antes que él lo que Marx concluyó con éxito, es decir, tomar la tradición intelectual, política y mesiánica revolucionaria del comunismo milenarista y sacarla de su contexto teológico cristiano, para darle un nuevo contexto universal propio de una “nueva” revelación “científica” en una nueva religión que introduce en la categoría de la fe no deísta la novedad de una fe atea entre cuyos dogmas está el de negar su naturaleza religiosa. Todo esto, con el objetivo de imponer como única su propia revelación incuestionable, proscribiendo cualquier otra posible fuente de transcendencia y denominando a eso “ciencia”. 

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